(No escribo para mis compañeros veteranos
que saben más que yo, y mucho menos para los
militares en activo, pues sería una osadía imperdonable
por mi parte, ni siquiera me dirijo a los
cadetes de primer curso que recibirán estas enseñanzas
en las Academias como las recibimos
todos los que tuvimos el honor de vestir uniforme
militar, escribo para aquellos civiles que por avatares
del destino o por deseo propio, se encuentran,
en ocasiones, en la obligación de mandar,
más penosa, como dije, que la de obedecer, “porque
obedecer es fácil –escribió Maurice Marsal–
y cualquiera que tenga disposición para ello lo consigue sin gran esfuerzo. Mandar ya no lo es
tanto, y la aptitud para hacerlo no va incluida, necesariamente,
en el gusto e incluso la pasión por
la Autoridad”).
Yo añadiría que la pasión por mandar puede ser
un obstáculo, pues los que desean mandar para
satisfacer una ambición personal nunca son buenos
jefes, pues anteponen el interés propio al de
la organización. Aquel que no considere el mando
como un servicio no es apto para ejercerlo.
Es cierto que las dotes de mando son innatas.
Mandar es un arte y no todos somos agraciados,
al nacer, con dotes artísticas, pero, como todo
arte, tiene mucho de oficio, y el oficio se aprende.
Y, desde la pareja a la
más compleja organización
social la condición
indispensable para alcanzar
el objetivo marcado
es que cada miembro del
conjunto respete el orden
previamente establecido.
El orden supone jerarquía,
y la jerarquía lleva
implícito el mando y la
obediencia, que no son más que dos facetas de la misma actividad: servir.
El que no sea consciente de que el mando no es
un privilegio sino una servidumbre será un mal
subordinado y estará incapacitado para mandar.
Mandar es un servicio, una forma de obediencia,
más ardua, a veces, que cumplir órdenes,
pero más importante. Eludir el deber de mandar
es una falta más grave que la desobediencia.
l primer mandato que recibe toda criatura es el de
sobrevivir. Y para sobrevivir, la criatura humana
necesita asociarse a otros hombres, pues individualmente
es débil, precisa unirse para ser fuerte.
Y la unión requiere orden, jerarquía y disciplina.
Estos fueron los primeros inventos de los primitivos
pobladores del planeta Tierra. Antes que el
hacha de silex, y milenios antes que la rueda –artilugio
desconocido en la América precolombina
cuyos pueblos disponían de ejércitos poderosos–
el hombre inventó la jerarquía, fundamento del
orden.
El segundo mandato es el de conservar la especie.
Que no se rompa la cadena. Y en virtud de
este segundo mandato se crea, la organización
humana elemental: la pareja. Ésta da lugar a la
familia y la agrupación de familias a la sociedad
humana. Una sucesión de empresas colectivas
que se van superponiendo como las capas de la
cebolla y cuyo objetivo final es vivir más y vivir
mejor, física y espiritualmente. Y si contemplamos
la historia de la Humanidad
con una amplia
perspectiva vemos que
este objetivo se va cumpliendo
gracias al don de
la inteligencia que los humanos
tenemos en exclusiva.
Y si uno tiene vocación de servicio, conoce sus
propias limitaciones, y es fiel a sí mismo, aceptará
que no ha nacido para ejercer el mando al
máximo nivel, –ser el general en jefe hablando
en lenguaje militar–, y ya sabrá algo importante,
y si su vocación es verdadera podrá ser un magnifico
mando en el nivel que le corresponda que,
por modesto que sea, tendrá la gran trascendencia
de que el material que maneja para ejercer su oficio
no es barro de alfarero, son hombres. Y esto
vale para las autoridades militares y para las autoridades
civiles, lo cual, a veces, se olvida.
Pues en España, por desgracia, la asignatura
“Organización y Mando” figura en muy pocos
Planes de Estudio civiles y, por otra parte, precisa
de práctica que no es posible adquirir en un
aula, y como consecuencia nos encontramos, a
veces, con personas que con escasa aptitud y absolutamente
ayunas de experiencia
han sido designadas para
ocupar importantes puestos de
mando con grave perjuicio para
la Nación.
La solución no es fácil y, por
supuesto, yo no la tengo, y se
que llevar al papel estas ideas,
que no son originales sino
aprendidas, es cómo escribir en
la arena, pero en mis ratos de
optimismo, que son muchos,
pienso que alguien puede leer lo
aquí escrito antes de que lo borren
las olas, e incluso meditarlo
un poco.
Como escribí más arriba,
mandar es el oficio más importante
porque se ejerce sobre
seres humanos, la materia más
preciosa que existe. Mandar es
conducir, actuar sobre la conducta de las personas
que están a
nuestras órdenes, y que no son nuestras,
son un depósito sagrado.
Y no importa el número de personas que uno
tenga a sus órdenes. Todo subordinado encarna
un principio, la Disciplina, igual que todo jefe representa
el principio de Autoridad.
Cada hombre es importante y con esta convicción
se redactó
el Artículo nº 5 de las Ordenanzas del Cabo –ya
en tiempos de Carlos III (hoy se conserva con
otro número)– que es el resumen más completo y
claro del Arte de Mandar, y que, en la versión original,
dice así:
“El cabo como jefe más inmediato del soldado
se hará querer y respetar de él; no le disimulará
jamás las faltas de subordinación; infundirá en
los de su escuadra amor al oficio y mucha exactitud
en el desempeño de sus obligaciones; será
firme en el mando, graciable en lo que pueda,
castigará sin cólera y será comedido en sus palabras,
aún cuando reprenda”.
Que parece inspirada en la aplicación de las
cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia,
Fortaleza y Templanza.
El cariño de los subordinados hacia el jefe es
importante, pero no se puede ganar con halagos.
Se gana obrando con justicia y siendo siempre el
primero en el esfuerzo y el sacrificio.
Dar órdenes y hacerlas cumplir es fácil, pero
eso no basta, es importante hacerlas cumplir de
buen grado. Y fomentar la iniciativa en lo posible,
conviene recordar que “el hombre privado de su
personalidad es como el árbol convertido en leño,
arderá para vosotros pero no volverá a producir
flores ni frutos”.
Pero una vez dada una orden se debe exigir su
cumplimiento pues toda orden que no se cumple
desacredita al que la imparte.
Y será firme en el mando pues son la firmeza
con la inteligencia y el sentido de la justicia cualidades
indispensables para un buen jefe. La indecisión
es un defecto que incapacita absolutamente para mandar. “Pensar despacio y ejecutar presto”
decía Baltasar Gracián.
No deben disimularse las faltas de subordinación
porque no son una falta de respeto al que
manda, son un atentado contra la Disciplina. Pero
toda reprensión debe ser más una lección que un
castigo. El que manda no debe eludir el deber de
castigar pero antes ha de reflexionar acerca de la
gravedad de la culpa para no excederse en la aplicación
del castigo.
Y siempre será comedido en sus palabras pues
cómo nos enseñaba el hidalgo de la Mancha “si
añades la injuria al castigo estás castigando dos
veces”.
Y graciable en lo que pueda ya que los sacrificios
sólo están justificados cuando son indispensables
para el cumplimiento de la misión.
Y cualquiera que mande, desde el cabo a la más
alta autoridad nacional, nunca debe olvidar que
toda autoridad –incluso la más alta– es una autoridad
delegada. Y que los poderosos deberán rendir
cuentas más exactas que los humildes.
Aunque no sepamos el día en que han de cumplirse,
ni las veamos cómo las vio el Rey Baltasar
escritas ante sí cuando estaba en medio del
festín, aquellas enigmáticas palabras de advertencia
se escribieron también para cada uno de
nosotros: MENÉ, TECEL, PHARES (Daniel 5-
26, 27, 28).