MANDAR
Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
E

(No escribo para mis compañeros veteranos que saben más que yo, y mucho menos para los militares en activo, pues sería una osadía imperdonable por mi parte, ni siquiera me dirijo a los cadetes de primer curso que recibirán estas enseñanzas en las Academias como las recibimos todos los que tuvimos el honor de vestir uniforme militar, escribo para aquellos civiles que por avatares del destino o por deseo propio, se encuentran, en ocasiones, en la obligación de mandar, más penosa, como dije, que la de obedecer, “porque obedecer es fácil –escribió Maurice Marsal– y cualquiera que tenga disposición para ello lo consigue sin gran esfuerzo. Mandar ya no lo es tanto, y la aptitud para hacerlo no va incluida, necesariamente, en el gusto e incluso la pasión por la Autoridad”).

Yo añadiría que la pasión por mandar puede ser un obstáculo, pues los que desean mandar para satisfacer una ambición personal nunca son buenos jefes, pues anteponen el interés propio al de la organización. Aquel que no considere el mando como un servicio no es apto para ejercerlo.

Es cierto que las dotes de mando son innatas. Mandar es un arte y no todos somos agraciados, al nacer, con dotes artísticas, pero, como todo arte, tiene mucho de oficio, y el oficio se aprende.

Y, desde la pareja a la más compleja organización social la condición indispensable para alcanzar el objetivo marcado es que cada miembro del conjunto respete el orden previamente establecido.

El orden supone jerarquía, y la jerarquía lleva implícito el mando y la obediencia, que no son más que dos facetas de la misma actividad: servir. El que no sea consciente de que el mando no es un privilegio sino una servidumbre será un mal subordinado y estará incapacitado para mandar.

Mandar es un servicio, una forma de obediencia, más ardua, a veces, que cumplir órdenes, pero más importante. Eludir el deber de mandar es una falta más grave que la desobediencia.

es
SERVIR
es
SERVIR
l primer mandato que recibe toda criatura es el de sobrevivir. Y para sobrevivir, la criatura humana necesita asociarse a otros hombres, pues individualmente es débil, precisa unirse para ser fuerte. Y la unión requiere orden, jerarquía y disciplina. Estos fueron los primeros inventos de los primitivos pobladores del planeta Tierra. Antes que el hacha de silex, y milenios antes que la rueda –artilugio desconocido en la América precolombina cuyos pueblos disponían de ejércitos poderosos– el hombre inventó la jerarquía, fundamento del orden.

El segundo mandato es el de conservar la especie. Que no se rompa la cadena. Y en virtud de este segundo mandato se crea, la organización humana elemental: la pareja. Ésta da lugar a la familia y la agrupación de familias a la sociedad humana. Una sucesión de empresas colectivas que se van superponiendo como las capas de la cebolla y cuyo objetivo final es vivir más y vivir mejor, física y espiritualmente. Y si contemplamos la historia de la Humanidad con una amplia perspectiva vemos que este objetivo se va cumpliendo gracias al don de la inteligencia que los humanos tenemos en exclusiva.
MANDAR
Y si uno tiene vocación de servicio, conoce sus propias limitaciones, y es fiel a sí mismo, aceptará que no ha nacido para ejercer el mando al máximo nivel, –ser el general en jefe hablando en lenguaje militar–, y ya sabrá algo importante, y si su vocación es verdadera podrá ser un magnifico mando en el nivel que le corresponda que, por modesto que sea, tendrá la gran trascendencia de que el material que maneja para ejercer su oficio no es barro de alfarero, son hombres. Y esto vale para las autoridades militares y para las autoridades civiles, lo cual, a veces, se olvida.

Pues en España, por desgracia, la asignatura “Organización y Mando” figura en muy pocos Planes de Estudio civiles y, por otra parte, precisa de práctica que no es posible adquirir en un aula, y como consecuencia nos encontramos, a veces, con personas                          que con escasa aptitud y                          absolutamente ayunas de experiencia                          han sido designadas para ocupar                          importantes puestos de mando con                          grave perjuicio para la Nación.

                         La solución no es fácil y, por                          supuesto, yo no la tengo, y se que                          llevar al papel estas ideas, que no son                          originales sino aprendidas, es cómo                          escribir en la arena, pero en mis ratos                          de optimismo, que son muchos,                          pienso que alguien puede leer lo aquí                          escrito antes de que lo borren las                          olas, e incluso meditarlo un poco.

                         Como escribí más arriba, mandar es                          el oficio más importante porque se                          ejerce sobre seres humanos, la                          materia más preciosa que existe.                          Mandar es conducir, actuar sobre la                          conducta de las  personas que están a
nuestras órdenes, y que no son nuestras, son un depósito sagrado.

Y no importa el número de personas que uno tenga a sus órdenes. Todo subordinado encarna un principio, la Disciplina, igual que todo jefe representa el principio de Autoridad.

Cada hombre es importante y con esta convicción se redactó el Artículo nº 5 de las Ordenanzas del Cabo –ya en tiempos de Carlos III (hoy se conserva con otro número)– que es el resumen más completo y claro del Arte de Mandar, y que, en la versión original, dice así:

“El cabo como jefe más inmediato del soldado se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las faltas de subordinación; infundirá en los de su escuadra amor al oficio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que pueda, castigará sin cólera y será comedido en sus palabras, aún cuando reprenda”.

Que parece inspirada en la aplicación de las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.

El cariño de los subordinados hacia el jefe es importante, pero no se puede ganar con halagos. Se gana obrando con justicia y siendo siempre el primero en el esfuerzo y el sacrificio.

Dar órdenes y hacerlas cumplir es fácil, pero eso no basta, es importante hacerlas cumplir de buen grado. Y fomentar la iniciativa en lo posible, conviene recordar que “el hombre privado de su personalidad es como el árbol convertido en leño, arderá para vosotros pero no volverá a producir flores ni frutos”.

Pero una vez dada una orden se debe exigir su cumplimiento pues toda orden que no se cumple desacredita al que la imparte.

Y será firme en el mando pues son la firmeza con la inteligencia y el sentido de la justicia cualidades indispensables para un buen jefe. La indecisión es un defecto que incapacita absolutamente para mandar. “Pensar despacio y ejecutar presto” decía Baltasar Gracián.

No deben disimularse las faltas de subordinación porque no son una falta de respeto al que manda, son un atentado contra la Disciplina. Pero toda reprensión debe ser más una lección que un castigo. El que manda no debe eludir el deber de castigar pero antes ha de reflexionar acerca de la gravedad de la culpa para no excederse en la aplicación del castigo.

Y siempre será comedido en sus palabras pues cómo nos enseñaba el hidalgo de la Mancha “si añades la injuria al castigo estás castigando dos veces”.

Y graciable en lo que pueda ya que los sacrificios sólo están justificados cuando son indispensables para el cumplimiento de la misión.

Y cualquiera que mande, desde el cabo a la más alta autoridad nacional, nunca debe olvidar que toda autoridad –incluso la más alta– es una autoridad delegada. Y que los poderosos deberán rendir cuentas más exactas que los humildes.

Aunque no sepamos el día en que han de cumplirse, ni las veamos cómo las vio el Rey Baltasar escritas ante sí cuando estaba en medio del festín, aquellas enigmáticas palabras de advertencia se escribieron también para cada uno de nosotros: MENÉ, TECEL, PHARES (Daniel 5- 26, 27, 28).