que aquella guerra tuvo de adelantada en progresos españoles, en patente
del genio español. Piensa lo que hubiera sido la guerra de Cuba disponiendo España de dos docenas de
submarinos Peral, como fueron adelantados nuestros pilotos en Marruecos de la guerra en el aire, y de los puentes
aéreos y el bombardeo en picado y el bombardeo con pan y la guerra de propaganda.
En este diccionario se reúnen 452 vocablos y muchos más derivados, parientes y prójimos típicos, castizos
y expresivos, del argot de aquella guerra, en ambos bandos, esto es lo destacable , con el mismo interés
para unos y para otros. Es muy posible que el rápido éxito de esta quinta edición hubiese animado al autor
a editar su segundo tomo ya preparado, con unas trescientas papeletas nuevas, lo que daría a su Diccionario
un valor extraordinario, con nada menos que un total de unas 750 voces de campaña, típicas y desenvueltas,
aguerridas y camperas, que le hiciesen digno del patrocinio de la Real Academia, no se si de la lengua o de
la Historia, seguramente de ambas a la vez, porque a ambas les cuadraría el empeño.
Por si fuera poco la intención y el tratamiento del tema atendiendo a ambos bandos por igual, el autor, al
terminar su nuevo prólogo nos dice:
“Quede claro que mantengo en todos sus términos la dedicatoria de las dos primera ediciones. Siempre
intenté comprender y amar al enemigo, dentro de su orden, porque sabía que luego, con suerte habríamos
de vivir juntos”. Y ciertamente esa característica la recogieron todos los críticos de la primera edición, como
La Cierva, Fernández Almagro, Antonio Valencia, quienes destacaban que entre las citas de autoridad figuraban
igual Barea y Tomás Borrás, como Indalecio Prieto y Queipo de Llano y, muy destacadamente, Ramón
Sender, a quien el autor nuestra especial admiración.
El Diccionario para un macuto viene a equivaler como una ducha de agua fría sobre la espesa, caliente y
farragosa literatura de la guerra del 36. Hacían falta el Diccionario y el macuto, con su cúmulo de palabras
espolvoreadas como un desinfectante de trinchera para fáciles libros de retaguardia, de tertulia de café o de
exilio rencoroso. Y esa necesidad pocos podrían llenarla como García Serrano, que sabe muchísimo de la letra
menuda de aquella guerra. La Historia grande se escribe desde arriba, desde las causas, los móviles, los objetivos
y los resultados, pero el anecdotario, la sabrosa intrahistoria, la pequeña miscelánea, había que escribirla
así, en un diccionario donde las voces no siguen orden alfabético, sino el desbarajuste que hay dentro
de un macuto de combate. Ahí está viva la salpicada, la salpimentada, la complicada fraseología con que los
combatientes rebozaban y aliñaban las cosas desagradables, trágicas y obsesivas, en un revuelto metafórico
que solía darles aire culinario, cocineril y casi un olorcillo gastronómico, cuando el combate se llamaba
“cacao” si se ponía serio, y se organizaba el “tomate”, la “ensalada de tiros” y el “fregao de los gordos”, si
no se le llamaba la “juerga” o la “verbena”; y se citaba la muerte con el desgarro de decir “palmar” o “cascar”
y el muerto era el “fiambre” al que se ponía “er pijama de maera”. Cuando en una descripción bélica,
los “ratas” atacan a las “pavas”, mientras que en tierra, los carros disparan su “chispun” y la artillería sus “pepinazos”,
y un chinazo bien administrado es un tiro “de suerte”.
Todo eso era lenguaje vivo en aquella guerra, que García Serrano explica en papeletas iniciadas con citas
académicas y las glosa con anécdotas vivas. Así su Diccionario viene a ser un diccionario de autoridades,
cuyas autoridades son los combatientes de uno y otro bando. Con tal riqueza anecdótica que sin ser novela,
el libro vale por un mar de historias, con sólo imaginar pequeñas tramas.
El autor explica su propósito, opuesto al que algunos supondrían: “Recoger con piedad y comprensión, con
amor y camaradería, con alegre y generosa memoria, el lenguaje de mis amigos muertos y de mis enemigos
muertos”. Aclara la necesidad de una especie de mercado negro entre las palabras y nosotros, sin el cual iba
a ser muy difícil entendernos; para cierto aldeano navarro, la batalla del Ebro era la riñica. Y el autor nos
añade que aquel vocabulario era el vehículo cordial del improperio y del laude, que nos lleva al insulto de
trinchera a trinchera, pero también nos llevaba al diálogo.
Ha manejado García Serrano, para ilustrar sus voces, gran parte de nuestra literatura de guerra y va dando
las gracias a los escritores de quienes procede el beneficio de sus citas, uno tras otros, “nacionales” y “rojos”:
“Gracias a todos estos amigos o enemigos –en definitiva, amigos todos, porque entre todos hicimos lo que
había que hacer– creo que he pedido honorablemente, a través de una simple junta de vocablos, dar la impresión
de que aquella nuestra guerra fue tal como fue, y no como algunos quisieran que hubiese sido para
que sonase mejor la campanilla de su particular caja registradora . No soy objetivo, pero sí leal, y amo a mis
antiguos enemigos como a mí mismo, y hasta procuré defenderles justamente de algunos que –con los amigos
y aliados que nos disfrutamos en el campo nacional– fueron son y serán nuestros peores enemigos”.
Ese lenguaje crudo y palpitante, gráfico y expresivo, que emplea Rafael García Serrano, no extrañará por
cierto a los excombatientes, a los supervivientes de aquella guerra, pese a insistir, quizá demasiado en lo
atrevidillo, lo crudo y lo picante , con un claro interés de realismo. Tampoco escandalizará a los lectores jóvenes
de hoy, de uno y otro sexo en quienes, sin la supuesta disculpa del clima de guerra, es usual aquel
argot y otros más arrabaleros y tabernarios, por muy niñas de colegio de pago que sean las hispanohablantes.
El Diccionario vuelve aparecer, cuando aquella guerra se desdibuja en la penumbra, en un momento próximo
ya al siglo de lejanía que le da un aire romántico de especial atractivo.
Sin ser una novela. El Diccionario de García Serrano brinda ambiente para muchas novelas. Sin ser una
historia, es un mar de historias, algo mucho más vivo aún.
A los quince años de su aparición, en 1964, y de sus dos ediciones cortas de Editora Nacional, emprendió la editorial Planeta el gran lanzamiento del Diccionario para un macuto de Rafael García Serrano, de modo que recibido como una obra nueva, en el momento justo de renacer la apetencia por el tema, se agotaron dos ediciones en cuatro meses, con 16.000 ejemplares vendidos y hoy, 52 años después, vuelve a renacer. La novedad de este hecho demuestra que el interés de las nuevas generaciones vuelve sobre la guerra del 36, acaso no tanto sobre lo que supuso en sí misma, como sobre el ambiente, el clima y el aspecto social de aquellos años turbulentos. García Serrano, al constatar el hecho, alude con su típico desenfado, con su expresivo lenguaje, tan del tiempo, tan castellanísimo, a quienes no fueron fieles a sí mismos, o a sus ideales después de muchos años de posguerra, pero también a lo