Rafael García Santos
Catedrático de Filosofía y doctor en Filología
Del Estado sano al Estado afiebrado,
origen de la guerra
S
La idea de comunidad pone siempre el todo por encima de las partes,
la comunidad sobre la sociedad y, por fin, la humanidad sobre el todo.
Sabréis que, en esta ciudad, sois hermanos.
Nemo dicat proprio a Deo percimus omnia: mendacii verba sunt meum et tuum.
Nadie diga con propiedad que de Dios lo recibimos todo:
son palabras de mentiroso: “mío” y “tuyo”.
Si duo de nostris tollas pronomina rebus, Praelia cessarent, pax sine lite foret.
Si de nuestras cosas quitas dos pronombres (tuyo y mío) cesarían
las guerras y habría una paz sin disensiones.
ócrates, como cazador, procura cobrar una pieza
valiosísima, la justicia, pero, aunque el resultado
del discurso sobre lo justo haya resultado ser infructuoso,
no por ello cesará hasta haberla alcanzado.
La investigación continúa de este modo: si
se prescribiera leer desde lejos letras pequeñas a
quienes no tienen una vista muy aguda, y alguien
se percatara de que las mismas letras se hayan en
un tamaño mayor en un lugar más grande, parecería
un regalo del cielo el reconocer primeramente
las letras más grandes, para observar después si
las pequeñas son semejantes.
La similitud entre eso y la indagación socrática
sería esta: hay una justicia propia del individuo y
otra justicia propia del Estado; y el Estado es más
grande que ningún individuo. Quizás en lo más
grande haya más justicia y más fácil de aprender.
Habrá que investigar cómo es la justicia en el Estado;
y después, del mismo modo, inspeccionar
también en cada individuo, prestando atención a
la semejanza de los grandes en la figura de lo más
pequeño.
En tal caso, si se contemplara en teoría un Estado
que nace, se vería también la justicia y la injusticia
que nacen en él.
No hay paz sin guardianes de la paz.
El Estado nace cuando una persona no se autoabastece,
sino que necesita de muchas cosas.
Cuando un hombre se asocia con otro por una necesidad,
habiendo necesidad de muchas cosas, llegan
a congregarse en una sola morada muchos
hombres para auxiliarse. A tal asociación se le da
el nombre de ‘Estado’.
Cuando alguien intercambia algo con otro, ya
sea donando o tomando, lo hace pensando que es
lo mejor para él, según sus necesidades. Y éstas
son en primer término las biológicas, la necesidad
de provisión de alimentos, de vivienda, de vestidos,
de calzado y otras de esta índole.
Para satisfacer la provisión de tales necesidades
en un Estado hace falta un labrador, para la primera,
al menos; para la segunda, un constructor; y,
para la tercera, un tejedor, un fabricante de calzado
y cualquier otro de los que asisten al cuerpo. Un
Estado que satisfaga las necesidades mínimas
constará, pues, de cuatro o cinco hombres.
Cada uno de ellos debe contribuir con su propio
trabajo a la comunidad de todos, de modo que, por
ejemplo, un solo labrador surta de alimentos a los
cuatro y dedique el cuádruple de su tiempo y esfuerzo a proveerlos de granos, asociándose
con los demás.
S
No tendría sentido que el labrador sólo
se preocupara de sí mismo y dedicara la
cuarta parte de su tiempo a producir la
cuarta parte de grano, y pasara las tres
cuartas partes restantes en proveerse de
casa, vesti- menta y calzado, sin producir
cosas que comparte con los demás, sino
obrando por sí solo en lo que él necesita.
Cada uno no tiene las mismas dotes que
los demás, sino que es diferente en cuanto
a su disposición natural: uno es apto para
realizar una tarea, otro para otra. Entonces
será mejor que cada uno ejercite un
solo

mo el vecino deberá hacerlo con sus colindantes, en cuanto se abandona a un fin ilimitado de posesión de riqueza, sobrepasando el límite de sus necesidades. Y después de esto la guerra.
Este sería el origen de la guerra, aquello a partir
de lo cual se producen las mayores calamidades,
tanto privadas como públicas. Entonces el Estado
debe agrandarse aún más, añadiendo un ejército que
pueda marchar en defensa de toda la riqueza propia,
combatiendo a los invasores.
Los artesanos, arriba mencionados, no se bastarían
a ellos mismos y, por esta razón, habrá que crear un
ejército, si se ha convenido, cuando se moldeaba el
Estado, en que una persona no ejercita bien muchas
artes a la vez.
Notas sobre la idea de “espacio vital” y el origen
de la Segunda Guerra Mundial
por Juan Antonio Matador de Matos, Profesor de
Geografía e Historia
Leídas en nuestra época, estas consideraciones de
Platón sobre el origen de las guerras entre estados
“afiebrados”, que se ven obligados a amputar el territorio
de sus vecinos si quieren contar con tierras
suficientes para pastorear y cultivar, evocan necesariamente
el discurso nazi del “espacio vital” y el estallido
de la Segunda Guerra Mundial. Mi colega y
amigo Rafael me pide que escriba unas notas sobre
este particular, cosa que hago con mucho gusto.
Una de las obsesiones de Adolf Hitler y del régimen
nacionalsocialista que se estableció en Alemania
a partir de 1933, era la idea de que la nación
alemana estaba legitimada para apoderarse de aquellos
territorios que le permitiesen disponer del “espacio
vital” (Lebensraum) que supuestamente
necesitaba para cubrir sus necesidades materiales y
desarrollar todo su potencial. Estos territorios no ha bría que buscarlos en el ámbito colonial, sino en el
este de Europa. En base a esta necesidad, se justificaba
la política de agresión que llevó a cabo la Alemania
nazi y que contribuyó a desencadenar la
Segunda Guerra Mundial.
La aspiración nazi a conseguir el “espacio vital” superaba
los objetivos expansionistas e imperialistas
tradicionales de Alemania. Desde el siglo XIX, el
pangermanismo pretendía reunir a todos los pueblos
de lengua y cultura alemana dentro de las fronteras
de un mismo estado. Por su parte, el movimiento revisionista
del Tratado de Versalles, que marcó el debate
político durante los años de la República de
Weimar y que tanto tiene
que ver con el ascenso al
poder del nazismo, se
había fijado como objetivos
rectificar fronteras y
librar al país de ciertas servidumbres
consideradas
humillantes o que hacían
imposible su recuperación
económica. Hitler demostró
enseguida que no iba a
conformarse con la reunificación
de todos los alemanes.
Los nazis, como
ha señalado el profesor
Stanley G. Payne, fueron
mucho más allá e intentaron
una reestructuración
racial revolucionaria de
Europa.
No obstante, el concepto de “espacio vital” no fue una invención de Hitler, sino que su origen se remonta bastantes años atrás. En principio, el término equivale a “biotopo” o “hábitat”, conceptos propios de las Ciencias Naturales. En 1901, el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, influido por las tesis del determinismo geográfico y por el darwinismo social, consideraba al estado como un organismo vivo, que, en competencia con otros estados, necesitaba un espacio vital para garantizar su supervivencia. En aquellos años, los teóricos del “espacio vital” pensaban que Alemania, a imitación de Francia y Gran Bretaña, debía extender su imperio colonial en ultramar, con vistas a disponer de territorios en los que colocar un posible excedente de población.
En los años siguientes, la idea del “espacio vital”
fue retomada por autores como el general e historiador
militar Friedrich von Bernhardi y el general y
geógrafo Karl Haushofer. Bernhardi, en su libro
Deutschland und der nächste Krieg (Alemania y la
próxima guerra, 1911), consideraba la guerra una
“necesidad biológica” para la regeneración cultural
y económica de Alemania, y señaló por primera vez
a la Europa del Este como escenario de la futura expansión
alemana. Haushofer, amigo de Rudolf Hess,
aplicó las ideas de Ratzel al análisis de la situación
en la que había quedado Alemania tras la Paz de Versalles
e influyó en el pensamiento de Adolf Hitler, al
que conoció en 1921.
La aplicación práctica de la política del Lebensraum comenzó a partir de la invasión de Polonia en 1939. En junio de 1941, cuando Hitler ordenó la invasión de la Unión Soviética por medio de la Ope-
ración
Barbarroja, creía estar
abriendo el camino para
la culminación de su
sueño. Los planes del gobierno
nazi incluían la
creación de Reichsko- mmisariate
en los territorios
conquistados, así como
desplazamiento progresivo
de los rusos y otras
poblaciones eslavas, que
serían reem- plazados por
colonos alemanes. Hitler
veía a Rusia como un territorio
vasto y fértil habitado
por hombres de una
raza inferior (Unter- menschen)
dirigidos por unos
una banda de sangrientos
revolucionarios judíos.
La política exterior
agresiva del nazismo fue
ante todo consecuencia de la ideología. Se ha discutido
mucho sobre el carácter moderno o antimoderno
(en el sentido de antirracionalista) de la ideología
nazi. El citado profesor Payne se adhiere a la tesis
de que el hitlerismo fue un producto sintomático del
mundo moderno. Su racismo y sus concep- ciones
sobre “espacio vital” estaban arraigadas en el cientifismo
moderno de la biología y el darwinismo social.
Igualmente moderno y antitradicional sería el
culto a la voluntad, así como la búsqueda nazi de la
extrema autonomía, de la libertad radical para el pueblo
alemán.
oficio. Además es obvio que, si se
deja pasar el momento propicio para una
tarea, la obra se estropee. Consiguientemente,
se producirán más cosas y mejores
y más fácilmente, si cada uno trabaja en el momento
oportuno y acorde con sus aptitudes naturales, liberándolo
de las demás ocupaciones.
Si cada uno ha de hacer aquello para lo cual está
mejor dotado, el labrador no fabricará su arado, al
menos, si, quiere que esté bien hecho, ni su azada, ni
las demás herramientas que conciernen a la agricultura;
tampoco el constructor, a quien también le
hacen falta muchas cosas, ni el tejedor, ni el fabricante
de calzados.
He aquí, pues, la necesidad de mano de obra de
carpinteros, herreros y muchos artesanos de esa índole
que, al convertirse en asociados en el pequeño
Estado, aumentarán su población y habrá que añadir
boyeros, pastores y cuidadores de diversos tipos de
ganados, para que el labrador tenga bueyes y pueda
arar, y también para que los constructores dispongan
de la ayuda de bueyes que sirvan al traslado de los
materiales; y, no menos, el ganado debe servir para
la provisión de cuero y lana a los tejedores y fabricantes
de calzado.
Y, además, sería prácticamente imposible fundar
el Estado en un lugar de tal índole que no tuviera necesidad
de importar nada. Requeriría, pues, también
gente que se ocupara de traer de los otros Estados lo
que hace falta. Pero, si el encargado de ese trabajo va
con las manos vacías, sin llevar nada de lo que necesitan
importar aquellos Estados para satisfacer sus
propias necesidades, regresaría de ellos con las
manos también vacías.
Por consiguiente, se debe producir en el país no
sólo los bienes suficientes para la propia gente, sino
también del tipo y cantidad requerida por aquéllos
con los cuales se necesita intercambiar bienes. Entonces,
habría que aumentar el número de labradores
y demás artesanos y habría que sumar el de comerciantes.
Y, si este comercio se realiza por mar, harán
falta muchos otros hombres conocedores de las tareas
marítimas.
Pero, en el seno del propio Estado, los ciudadanos
intercambiarían aquello que cada uno ha producido,
por medio de la compra y de la venta; entonces, surgirá
un mercado y un signo monetario, con mira al
intercambio. Pues con vistas a eso surge la sociedad
y se funda el Estado.
En el caso de que el labrador o cualquier otro artesano
lleve al mercado lo que fabrica, no en el
tiempo en el que lo necesitan intercambiar otros, no
dejará de trabajar en su propio oficio, permaneciendo
sentado en el mercado. De ningún modo, porque
existen mercaderes que deben permanecer en el mercado
y adquirir, a cambio de plata, lo que unos necesitan
vender y vender ellos también, a cambio de
plata, lo que otros necesitan comprar.
Por último, hay otros tipos de servidores, que no son
muy valiosos en inteligencia para el Estado, pero poseen
la fuerza suficiente para las tareas pesadas. Porque
ponen a venta el uso de su fuerza corporal y denominan
salario a su precio, son llamados asalariados.
Si vis pacem, para bellum
(Si quieres la paz, prepárate para la guerra)
Obsérvese de que modo viven los que así se han
organizado. No producirán otra cosa que granos,
vinos, vestimentas y calzados. Construidas sus casas,
trabajarán en verano, desnudos y descalzos. En invierno,
en cambio, arropados y calzados suficientemente.
Se alimentarán con harina de trigo o cebada;
tras amasarla y cocerla, servirán ricas tortas y panes
sobre juncos o sobre hojas limpias, recostados en lechos formados por hojas desparramadas de nuerzas y
mirtos; festejarán ellos y sus hijos bebiendo vino,
con las cabezas coronadas y cantando himnos a los
dioses. No tendrán hijos por encima de sus recursos,
para precaverse de la pobreza o de la guerra. Se les
aderezará la comida con condimentos. De este modo,
pasarán la vida en paz y con salud, y será natural que
lleguen a la vejez y transmitan a sus descendientes
una manera de vivir semejante.
Siendo más exigentes, habría que pedir camas para
recostarse y no sufrir molestias; y comer sobre mesas
postres y manjares, pero entonces ya no se trataría
de examinar cómo nace un Estado, sino cómo nace
un Estado lujoso.
Tal vez, no esté de más examinar como nace un
Estado lujoso; pues al estudiar un Estado de esa índole,
probablemente se perciba como echan raíces
en el Estado la justicia y la injusticia.
Hay que distinguir entre Estado sano y Estado afiebrado.
En el primero estarían cubiertas las denominadas
necesidades básicas y primarias, en sentido
puramente biológico. Satisfechas éstas, habría que
añadir motivaciones de lujo y hedonistas.
En este Estado, para algunos no bastarán estas comodidades,
pedirán además perfumes, inciensos,
cortesanas y golosinas. Y no se considerarán ya
como necesidades sólo la vivienda, el vestido y el
calzado, sino que surgirán otras transbiológicas,
como la pintura y el bordado y habrá que adquirir
oro, marfil y todo lo demás.
El Estado sano no será ya suficiente, sino que debe
aumentarse y llenarlo con una multitud de gente que
no tiene ya en vista las necesidades del Estado. Por
ejemplo, toda clase de cazadores y de imitadores,
tanto los que se ocupan de las figuras y colores, como
los que se ocupan de la música; los poetas y los auxiliares:
rapsoda, actores y bailarines; y los artesanos
fabricantes de toda variedad de artículos. También se
necesitan pedagogos, nodrizas, institutrices, modistas,
peluqueros, confi- teros, etc. Éstos no existían en
el Estado sano, pues allí no hacía falta nada de eso,
pero en el Estado afiebrado será necesario. Y con este
régimen de vida harán falta más médicos también.
El territorio, que era suficiente para alimen- tar a la
gente, ahora resultará insuficiente. En tal caso, habrá
que amputar el territorio vecino, si se quiere contar
con tierras suficientes para pastorear y cultivar; así
co-