Aspectos geo-políticos
África subsahariana también denominada África
Negra, es un término que abarca a los países del
continente africano a excepción de aquellos que
limitan con el mar Mediterráneo y Rojo. Sin referencias
políticas, el término determina aquellas
partes del continente africano habitadas mayoritariamente
por individuos negros, que comprenden
en torno al 85% de su superficie total. Otra
clasificación señala el Trópico de Cáncer como límite
norte aproximado del África Subsahariana.
África Subsahariana, principalmente su área
oriental es la cuna de la especie humana, desde
donde se inició el hecho de poblar la Tierra probablemente
en Etiopía o Tanzania. Asimismo es
la cuna de algunas de las primeras civilizaciones
del mundo y una fuente de creatividad artística
que ha fecundado en otros continentes gracias a
las migraciones forzosas o voluntarias de sus habitantes.
África negra es fuente de grandes riquezas
mineras como el petróleo, cobre, oro, estaño,
cobalto, cromo, uranio, coltán y diamantes. Dispone
de un enorme potencial energético, solar, eólico,
fluvial y de bio-combustibles. Sin embargo
en la actualidad África negra es considerada generalmente
como la región más empobrecida del
planeta, sufriendo los graves legados del colonialismo,
el neocolonialismo, los conflictos étnicos
e inestabilidad política. En ésta región se ubican
algunos de los países del planeta con menor índice
de desarrollo humano, su media no alcanza el
0,60.
Poco sabemos, en efecto, de la enorme creatividad
y dinamismo de las sociedades africanas, de
sus diversos experimentos de convivencia multiétnica
y multicultural, de su solidaridad y hospitalidad.
Desconocemos los intentos por
actualizar los sistemas de gobierno al uso occidental
que ha afectado, en mayor o menor medida,
a más de 36 estados africanos; o de la suerte que
han corrido países como Mozambique o Etiopía
cuando han salido de largas guerras civiles. Poco
sabemos (recordamos su campeonato del mundo
de Fútbol) de Sudáfrica y su intento de desmantelar
de forma pacífica el régimen del apartheid. A
veces, estas tierras sólo reaparecen en nuestros televisores
cuando ocurren inundaciones, guerras,
catástrofes o epidemias.
Las guerras aparecen como la visión dominante
que tenemos de África. Los medios de comunicación
social nos hablan de esa realidad continental.
Así conocemos que países como Angola, Burundi, el Chad, Congo Brazaville, Liberia, la
República Democrática del Congo, Ruanda, Sierra
Leona, Somalia, Sudán, se han visto sacudidos
por cruentas guerras civiles. Algunos han
visto, incluso, derrumbarse sus instituciones estatales.
Otros como el Chad, Costa de Marfil,
Kenia, Nigeria o Uganda se han sido víctimas de
conflictos violentos de menor intensidad. Crisis
que sin duda tienen un coste terrible para las sociedades
africanas en términos de vidas humanas,
destrucción de infraestructuras, costes económicos,
etc. A pesar de las noticias que recibimos,
nuestro conocimiento sobre las causas y dinámicas
de los conflictos
africanos es muy escaso.
Se limita además a ciertos
tipos de análisis en
los que abundan los estereotipos
y las simplificaciones.
De esta forma se
distorsiona la realidad, se
seleccionan algunos aspectos
de la misma y se
ocultan otros, por ejemplo,
determinadas responsabilidades
de africanos y
otros actores externos. Y
con ello, de forma consciente
o inconsciente, se
legitiman determinadas
acciones políticas. Por
ello creemos que es importante
reflexionar, aunque
sea brevemente,
sobre las informaciones
que nos llegan sobre los
conflictos bélicos africanos.
Hora es, pues, de incorporar a cualquier análisis
de los conflictos africanos a las propias naciones
africanas y sus singula- ridades como
protagonista de su Historia, estos Países, no son
pasivos, ante cualquier contexto socio-político se
posicionan, se mueven, se acomodan, en especial
cuando algo les afecta estrechamente como es el
caso de un conflicto armado. En todos los factores
analizados aparecen causas para la guerra. No obstante desde el primer momento de una crisis,
la gente africana es protagonista de su destino,
salvando estereotipos, se pone en marcha,
unos se sitúan a un lado u otro del conflicto, se suman a una facción armada; al mismo tiempo
otros aparecen redes para proteger a las víctimas.
Otros argumentos son los mecanismos y recursos
que dispon- gan para ello. Pero casi nunca se han
quedado pasivos, esperando que alguien venga
desde fuera a salvarlos. Es necesario reconocer
su propia entidad espiritual que tanta importancia
genera en su comporta- miento familiar y social.
Hora es también para que los medios de comunicación
social en cualquier catástrofe africana
dejen de mostrarnos siempre a un soldado blanco
salvando a una niña en un árbol en las inundaciones
de Mozambique o atendiendo a estos en
campamentos de emer- gencias y que empiece a
mostrarnos a los propios africanos dirigiendo la
columna hu- mana que cruza un río o atiendo a sus com-
Los análisis de las guerras africanas centrados
en las diferencias étnicas son discutibles. Y lo son
porque, nos parece que estas definiciones, están
vinculadas y construidas desde un discurso racial
y de determinismo sociológico. Dicho discurso
ya no se adorna de antiguas influencias coloniales
que jerarquizaban a las sociedades en civilizadas
o salvajes. Más bien, al contrario, acepta la
realidad del pluralismo cultural. Se admite, con
dificultad, que una cultura
no es esencialmente
mejor que otra.
Sin embargo considera
que son diferentes y, lo
que es más importante,
que en dicha diferencia
está la causa del conflicto,
el antagonismo y
la violencia.
Se tiende a naturalizar
las identidades étnicas
entendiéndolas
como primarias, innatas
e irracionales pero
la realidad es que han
sido formadas y moderadas
a lo largo del
tiempo. Por otra parte,
este discurso explica
los conflictos y la violencia
por la mera existencia
de diferentes e
irreductibles identidades
étnicas, religiosas o
culturales. Ello oscurece
el carácter dinámico, multifacético e interactivo
de las identidades étnicas, así como la
capacidad de muchos grupos étnico-culturales de
convivir pacíficamente en gran parte de África.
Y, sobre todo, esconde la actuación y responsabilidad
de diferentes actores y grupos sociales (africanos
e internacionales) que, en su lucha por el
poder y los recursos, instrumentalizan las identidades
étnicas y sus culturas para movilizar a la
población a favor de sus intereses.
A pesar de ello, su mensaje simplificador produce
una poderosa literatura que extiende y refuerza
el tópico del África salvaje y bárbara. Sin
a asumir todo lo anteriormente expuesto si que
reconocemos que en esos párrafos aparecen razones que explotadas por intereses espurios pueden
desencadenar una guerra.
El Factor Social
Una segunda corriente de análisis considera que la
causa de los conflictos bélicos africanos es el Subdesarrollo.
Así se defiende que éstos se deben a la
pobreza existente, al deterioro medioambiental y
al supuesto crecimiento “incontrolado” de la población
en un continente con grandes espacios
deshabitados. También se alude, como origen de
la violencia, al aumento de la exclusión social y la
marginalidad, a la corrupción de las elites y al militarismo
de las sociedades africanas. Mientras
unos inciden en los factores internos, otros, los
menos, resaltan las condiciones estructurales
como: la dependencia exterior, la deuda externa
la marginalidad de África en la economía mundial.
Otros, comparten la idea de que la modernización,
la urbanización, la alfabetización y las
mejores condiciones de vida producen menores
posibilidades de conflicto.
La presunción en que el subdesarrollo representa
uno de los riesgos de desencadenamiento
de un conflicto armado, domina el discurso de los
integrantes de la Cooperación al Desarrollo. De
esta forma se replantea “la seguridad en términos
de que el subdesarrollo es peligroso y, a través
de su radicalización, se reinventa el papel del
desarrollo”. Por ello se encuentran nuevas legitimaciones
(la del desarrollo como prevención de
los conflictos) para un discurso, el de la Cooperación,
que va perdiendo “fuerza” tras varias décadas
de fracasos y de fatiga de los donantes.
El Factor Económico
La escasez de recursos y mala distribución agudiza
el conflicto inherente a cualquier relación de
poder y dominación como la existente en las sociedades
africanas y en cualquier otro lugar del
mundo. Sin embargo, tiene un poder justificativo
limitado y esconde más que desvela los factores
que desencadenan los conflictos.
En los últimos años ha surgido otra corriente
que explica los conflictos africanos. Están contenidos
en las numerosas publicaciones habidas
sobre la economía política de la guerra. En ellas
se intenta justificar y definir por ciertas elites políticas
y económicas los argumentos para integrar
y justificar sus ganancias de forma legal en la
economía mundial; a este cúmulo de razones le
denominamos factor económico que brevemente
exponemos a continuación.
La hipótesis centra el análisis en la crisis de legitimidad
que sufrió el Estado postcolonial africano
a finales de la década de los ochenta.
Diversos parámetros fueron los causantes: la
caída del precio de las materias primas, los Planes
de Ajuste Estructural y el final de la Guerra Fría.
Estos factores habrían provocado la reducción de
las principales fuentes de financiación del Estado
resultante, aquéllas con las que las elites africanas
nutrían a sus apoyos políticos y mantenían el estatus
quo y la represión. De esta forma, el Estado
poscolonial perdía su utilidad y legitimidad para
algunas elites que se dedicaron a buscar nuevas
fuentes de autoridad, privilegios y beneficios materiales.
Para ello, algunos emprendían procesos
de democratización. Otros los encontraban en la
economía de la guerra: en el control de los recursos
naturales, el tráfico de armas, u otras actividades
económicas ilegales.
En efecto, las publicaciones de la economía política
de la guerra han tratado con cierta profundidad
los flujos económicos que se producen en
las llamadas guerras por los recursos Así se estima
que, en Angola, la UNITA consiguió, gracias
al comercio de diamantes, más de 350
millones de euros anuales aproximadamente ente
1992 y 2002. El comercio de esta piedra preciosa
aportó también grandes beneficios en Sierra
Leona tanto a los señores de la guerra liberianos
como a los rebeldes del RUF. Se calcula que obtuvieron,
a lo largo de los noventa, entre 20 y 12
millones de euros anuales. La denuncia de estas
dinámicas trascendió el mundo académico. Llegó
a los medios y sirvió, en parte, para que el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas ordenase
un embargo internacional, en gran medida ineficaz,
sobre el comercio de diamantes de Sierra
Leona.
Otro ejemplo clave es la guerra de la República
Democrática del Congo en la que se han visto involucrados
más de siete países africanos. En los
últimos tiempos muchas voces se han alzado para
denunciar el saqueo que están sufriendo los recursos
naturales de este inmenso y rico país: diamantes,
oro, cobalto, cobre, madera, café. Y en
especial, del coltán, mineral (de escaso valor
hasta hace poco) que al parecer se ha convertido
en elemento estratégico para la elaboración de los
teléfonos móviles de uso mundial.
En este sentido se pronunciaba en el año 2002
la Comisión de Expertos creado por el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas para estudiar
“la explotación ilegal de los recursos naturales y
otras formas de riqueza de la República Democrática del Congo”. Su estudio concluyó que la
explotación ilegal del país sigue, a pesar del proceso
de paz a que has sido sometido y donde España
ha sido un protagonista eficaz pese a las
dificultades encontradas. El informe reconoce la
intervención de tres grandes redes político-económicas
africanas. Por un lado, está la red de intereses
políticos, militares y comerciales del
Gobierno congoleño y del de Zimbabwe; por
otro, la controlada por el Gobierno de Ruanda y
una tercera red protegida por Uganda. Asimismo,
el informe incluía una lista de 85 compañías internacionales
conectadas en dichas redes y que,
por tanto, han contribuido de alguna manera a la
prolongación del conflicto y al “saqueo” de sus
recursos naturales.
Sin duda, la Comunicación, en este caso globalizada,
de la economía política de la guerra ha
permitido aclarar la responsabilidad de determinados
actores, africanos e internacionales, en el
origen y prolongación de las guerras africanas.
También nos ha mostrado como las elites africanas
han instrumentalizado políticamente el desorden
en su propio beneficio. Así, los señores de
la guerra han dejado de parecer seres irracionales
y salvajes movidos por odios atávicos y han pasado
a ser considerados actores racionales funcionando
con una lógica “moderna” y neoliberal:
la de obtener el máximo beneficio económico posible
al mínimo coste. Sin embargo, concluimos,
no se puede señalar como causa de la guerra la
situación generada en los ambientes africanos
centrada sólo en los intereses económicos.
Un apunte de soluciones
En definitiva los factores señalados en su conjunto
si son motivos para la generación de conflictos
más o menos violentos e injustos. Incidir
sobre estos, permitiría encontrar soluciones de
acuerdo con la verdadera esencia del África subsahariana.