n la sociedad actual, muchos pensamos que no
está claro expresar con firmeza y sinceridad nuestros
pensamientos y convicciones; como si nos
costara decir sí o no a respuestas y opiniones importantes.
Con frecuencia, o somos excesivamente
sumisos, guardando silencio ante hechos
reales que nos imponen los demás y que por respeto
humano ocultamos nuestra opinión. Otras
veces, a menudo, admitimos distintas interpretaciones
de un hecho para dar la sensación –sin
quererlo– de disimulación, incertidumbre o ambigüedad,
ocultando nuestras verdaderas creencias;
o finalmente adoptamos la peor postura, la
cómoda y fácil del pasotismo o la indiferencia, la
más grave si se trata de decidir sobre principios
y valores. Debemos saber elegir y expresar nuestras
respuestas, no dejando que otros lo hagan por
nosotros, pues las decisiones vienen de dentro a
fuera y no al revés. Tenemos y debemos mostrar
nuestra personalidad, postura y defensa, tal cual
es, ante los problemas de nuestro tiempo.
Los dirigentes, por regla general, nos intentan
educar, legislar y adoctrinar con leyes que con
frecuencia son el resultado de la ideología del
partido que representan. Para ellos, los intereses
generales del Estado, a veces cuentan poco o
nada. Temas importantes como la educación, la
economía, la justicia, las creencias o la unidad
de España –que a todos nos afectan– pasan años
y legislaturas sin una solución duradera y consensuada.
Pensamos, no obstante, que nuestros
dirigentes son claros, concisos y concretos en
todas sus decisiones, pocas veces ambiguos; sus
determinaciones son coherentes, consecuencia
lógica de su ideario político; es decir, para el
buen entendedor, “el peral da peras, y el manzano
manzanas”. Otra cuestión es que a todos
nos gusten las peras y las manzanas, sobre todo
si son de baja calidad, o si algunas veces nos las
venden podridas, o nos obligan a comerlas.
La única y gran ventaja, “aparente”, que nos
dejan al “pueblo soberano”, es la capacidad relativa de elegir y seleccionar. De nosotros depende
exclusivamente seguir ambiguos y sumisos para
hacerlo –como los rebaños ante su pastor– haciendo
solo lo fácil y cómodo, como es moda, de
criticar al gobierno de turno, a la oposición, a los
empresarios, a los sindicatos, a los obispos…de la
situación actual. No cabe duda que la crítica es necesaria,
pero siempre que sea alternativa a otras
posiciones dinámicas y constructivas. Muchos nos
preguntamos qué hacemos real, personal e individualmente
ante los problemas que nos abruman,
de crisis, paro, familia, aborto, educación… ¿Indiferencia,
sumisión, ambigüedad…silencio,
nada? ¿Sólo crítica? O, ¿seguimos esperando
–como de costumbre– a que otros hagan nuestros
deberes, tomando decisiones que sólo a nosotros,
exclusivamente, compiten y corresponden?
Somos un pueblo con una dilatada e importante
historia, difícil de igualar. En ella, encontramos
hechos que nos pueden servir de ejemplo para recuperar
y reforzar nuestras decisiones, nuestros
valores, principios e ideales, lamentablemente debilitados
en amplios sectores; ideales muy necesarios
e importantes para la sociedad actual; son
como “faros” que iluminan nuestros caminos
cuando estos se pierden en la oscuridad de la
noche, o como “campanas” que se oyen en el silencio
de nuestros pueblos, ya que en las grandes
ciudades, con el ruido de los “estadios”, los “macroconciertos”,
las “discotecas”, las “litronas” y el
trajín diario, parece que ya no se oyen.
Alonso Pérez de Guzmán, nombrado alcalde de
la ciudad de Tarifa por el rey Sancho IV en 1294,
defendió la plaza fuerte frente al infante Don Juan,
hermano del rey y aliado de los benimerines, el cual
capturó a su hijo y le intimidó a rendirse bajo amenaza
de muerte. Guzmán prefirió la ejecución de su
hijo a la entrega de la plaza, hecho que al ser conocido
por el rey le valió el título de “el Bueno” por el
que es conocido en la historia hasta nuestros días.
Don Alonso Pérez de Guzmán, “el Bueno”, tenía las
ideas muy claras, desconocía la ambigüedad, la indiferencia
y la sumisión, defendió sus ideas con
honor y decisión. Hizo también bueno –cuatrocientos
años antes– aquel artículo de las Ordenanzas de
Oficiales, aunque él no era militar, de “quien recibiera
la orden de conservar su puesto a toda costa
lo hará”.
Todo hombre, por humilde que sea su trabajo, por
pequeña e insignificante que parezca su responsabilidad,
por la poca o nula trascendencia que piense
que puedan afectar sus actos y sus silencios sobre
los demás; tiene que saber que su personalidad y decisiones,
por pequeñas que sean, inciden de forma
muy directa e importante sobre su familia, sus amigos,
sobre la sociedad. En los tiempos actuales y
ante tantos problemas que afectan gravemente a
nuestra convivencia, no podemos ni debemos ser
sumisos con el poder, indiferentes
ante la defensa de
nuestros valores, y ambiguos
ante nuestras raíces y
creencias. Debemos salir,
con urgencia, de la postura
fácil y cómoda, de que