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Javier Pardo de Santayana y Coloma
Teniente General del Ejército
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Así, algo tan aparentemente banal como es el fútbol, negocio globalizado en el que se mueven millones y millones donde los jugadores son mercenarios, se convierte con la confusión de las palabras en un instrumento más para sembrar cizaña utilizando los estadios.

Y al decir esto no me invento nada. Hace poco tiempo que, con ocasión de unas elecciones a Presidente de club, veíamos como los cuatro candidatos hacían circunloquios malabares para decir que no deseaban el triunfo de nuestro equipo nacional sino el éxito de “sus” jugadores. Como siguiendo una consigna de tufillo totalitario, todos ellos mostraban su preferencia por la selección que reuniese el mayor número de futbolistas de su club. Y lo malo es que lo decían pensando que decir esto…¡les aportaría votos!

La cosa sería simplemente grotesca si no reflejara una situación lamentable. Digo que sería grotesca, porque muchas de las figuras de ese club ni siquiera son oriundas de la región a la que de forma tan cerril este club quisiera representar, sino de las Islas Canarias, Albacete o Asturias –por poner un breve ejemplo– y en su equipo hay gente de otras partes de Europa e incluso del ancho mundo. Además todos sabemos cuál es el pasaporte de estos cuatro señores tan impresentables.

Oír las evasivas que pergeñaban para no citar a España resulta algo verdaderamente patético. Uno de los personajes llegó a decir “a fuer de sincero” que la selección nacional cuyo triunfo prefería no estaba presente en el campeonato en cuestión, pero sin precisar cuál era. Desde luego, si yo hubiera sido el periodista, le habría respondido: “Supongo que usted se referirá a Botswana”.

Cosas del fútbol, podrá pensar alguno. Pero a poco que reflexionemos sobre la cuestión nos damos cuenta de que no hace mucho tiempo esos individuos no se habrían atrevido a decir algo tan ridículo y sonrojante.

O sea, que algo ha sucedido que permite y alienta este tipo de comportamientos. Y lo que ocurre es que se ha fomentado un ambiente propicio para que prosperen los lerdos y los ignorantes y para que minorías hipócritas se engallen en los foros donde debiera oírse la voz de los mejores y los mejor preparados, es decir, la voz de la sabiduría y del sentido común. De aquí que no sea de extrañar que ocurran estas cosas tan ridículas que dan vergüenza ajena. Afortunadamente, la libertad permite decir lo que a cada uno le venga en gana, y, como eso nos afecta a todos, también los demás podemos juzgar y retratar a tipos así tal como se nos muestran. Además de que a la larga la mayoría suele imponerse a la minoría, la sabiduría a la ignorancia, y el sentido común a la estupidez. Y sólo es cuestión de paciencia, porque a gente tan endeble como ésta hasta puede salirla el tiro por la culata, pero conviene el testimonio para que no nos tomen por tontos.
o sé si la gente se dará o no cuenta de la rapidez con que prenden en España algunas expresiones y gestos nuevos. Por ejemplo, lo de volvemos “en cinco minutos” para indicar que estaremos ahí de nuevo cinco minutos más tarde. Que yo recuerde, para eso los españoles solíamos decir que volveríamos “dentro de diez minutos”. Pues bien, una semana después de haber oído la nueva expresión por primera vez, aquélla que utilizamos durante siglos ya había desaparecido para siempre, y no podía encontrarse rincón de España donde no se utilizara la frasecita de moda. El problema es que, como suele ocurrir, con ésta nueva forma de hablar –importada probablemente del inglés– perdíamos precisión en el lenguaje, porque el volver “en” cinco o diez minutos, o “en” unas horas, o “en” tantos meses, depende de la velocidad con la que nos desplacemos.

Tampoco ha pasado tanto tiempo desde cuando, para reforzar el abrazo, se daban unos pequeños golpes en la espalda del amigo. Sin embargo, ahora vemos cómo todo el mundo se abraza con un acompañamiento de fregoteo de espalda practicado con la palma de la mano. Y uno se pregunta cómo pueden extenderse tan absoluta y rápidamente estas pequeñas costumbres sabiendo lo que cuesta difundir cualquier idea sin aplicar previamente las depuradas técnicas del marketing.

Algunas veces también se cuelan de esta forma errores importantes. Por ejemplo, el lenguaje ha consagrado expresiones inaceptables pero ya casi imposibles de erradicar, y así se nos habla continuamente de “comandos” y de “jefes militares” de una banda terrorista, y se acaba haciendo el juego a los objetivos de una gentuza que lo que con ello pretende es simular un remedo de estado. Evitar tal enormidad parece importante, y tragarse los mensajes terroristas algo propio de estúpidos; pero, sin embargo, la gente ya ni se da cuenta de lo que dice. Y uno se pregunta como nuestros avezados periodistas, y nuestros astutos políticos, y hasta nuestros ministros, siguen cayendo diariamente en esa trampa tan burda.

Ahora, de un día para otro hemos incorporado la costumbre de llamar “la roja” a nuestra selección nacional, conocida hasta anteayer como “selección española”, o, simplemente, “nuestra selección”.

En principio la cosa no parece mal traída: “la roja” es una expresión familiar y simpaticona que nos acerca al grupo de jóvenes que a todos nos representa en las emocionantes lides futbolísticas. Y, prescindiendo de entrada de identificarla con una ideología política, el apelativo parece referirse al color predominante de la camiseta, a la que por cierto, con los amarillos añadidos, cuadraría mejor el nombre de “rojigualda”. De todas formas no me extrañaría que la “novedosa” idea tuviera su origen en la imitación de otra –la “azurra” italiana–, de forma que lo que nos parecía original bien pudiera ser una copia de lo que otros inventaron antes.
LA ROJA
Algo tan aparentemente
banal como es el fútbol,
negocio globalizado
en el que se mueven
millones y millones
donde los jugadores son
mercenarios, se convierte
con la confusión de las
palabras en un
instrumento más para
sembrar cizaña
utilizando los estadios.
Pero si traigo esto a colación es porque lo de “la roja” nos cae cuando ya andamos bastante quemados con lo que hemos visto últimamente a nuestro alrededor, y porque da la casualidad de que al utilizar el nuevo y quizás bienintencionado nombre estamos dejando de afirmar que este equipo es, precisamente, el equipo “español”, o sea, nuestro equipo “nacional”. Además, no sería la primera vez que se pretende disfrazar la realidad suprimiendo o cambiando las palabras, ni la primera ocasión en que algunas voces que debieran mostrarse responsables van diciendo por ahí que esto de la nación es un concepto relativo. Y también da la casualidad de que cada vez se oye hablar más alto a quienes interpretan la nación a su manera. Vemos, incluso, selecciones regionales llamadas autonómicas que se tienen a sí mismas por “nacionales”. Y hay quienes, no sólo se sienten incómodos con cuanto suene a español, sino que además aprovechan todo este lío para sacar tajada.
LA ROJA