Elogio de la
Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
No somos iguales, pero aún
siendo distintos una sociedad
bien constituida ha de procurar
que
todos los humanos
tengamos los mismos
derechos e iguales deberes.
A pesar de que las variaciones
de la materia tienen límites,
aún buscando en todos los
jardines del mundo no
encontraríamos dos rosas
idénticas.
Y entre todos los
billones de astros del Universo
no existen dos iguales
.

Las leyes que tratan de forzar una igualdad inexistente con propuestas tan pintorescas que, de ser aceptadas, harían las delicias de Groucho Marx que así podría distinguir entre “miembros” y “miembras” o “futbolistas” y, futbolistos” me recuerdan “el lecho de Procusto”. (Para las víctimas de la Logse, si hay alguna que me lea, lo cual dudo, aclararé que el tal Procusto era un bandido mitológico que asaltaba a los viajeros y los acostaba en una cama de hierro a la que los adaptaba estirándoles los miembros o cortándoselos. El simpático Procusto pasó a mejor vida a manos de Teseo). Por cierto, la Logse y leyes similares siempre han tratado de igualar acortando, y lo han conseguido, hasta el punto de que entre las ciento cincuenta mejores universidades del mundo no hay ninguna española, y que el informe Pisa nos haga ruborizar.

Decían los romanos “summun ius, summa iniuria” que, traducido libremente, quiere decir que tratar igual a los desiguales es la mayor de las injusticias, y que la justicia no es dar a todos lo mismo sino dar a cada uno lo que se merece. Y el que se merece un premio debe ser premiado, y castigado el que merece castigo. No hay que eliminar los privilegios, hay que suprimir los privilegios injustos.

Luz y obscuridad. Calor y frío. Norte y Sur. Electrón y positrón. Estruendo y silencio. Movimiento y reposo. Blanco y negro. Dolor y placer. Alegría y tristeza. Amor y odio. Polo positivo y polo negativo.

Y a pesar de que las variaciones de la materia tienen límites, aún buscando en todos los jardines del mundo no encontraríamos dos rosas idénticas. Y entre todos los billones de astros del Universo no existen dos iguales. El científico japonés Uchikiro Nakaya demostró en 1932 que todos los cristales de hielo de la Antártida son distintos.

Y si en el ordenamiento y mecánica de la materia –que tiene límites– rige el principio de la desigualdad cuánto más no regirá en el ordenamiento y dinámica del espíritu, que no los tiene, y cuyas manifestaciones son infinitas.

Los seres humanos somos cuerpo y alma, materia y espíritu. Y, no somos una excepción en el Cosmos, nuestra actividad, nuestra vida terrena, está también regida por el principio de la desigualdad, como lo está todo lo creado. No hay dos seres humanos idénticos. Cada uno de nosotros es único e irrepetible e ignorarlo es ir contra las leyes de la Naturaleza que nunca perdona. Debemos aceptar nuestra desigualdad y a pesar de ella, o tal vez por ella, amarnos.

Desde que se formaron las primeras sociedades humanas la desigualdad entre los distintos seres que las componían se puso de manifiesto. No es cierto que “todos los hombres han sido creados iguales…” como dice la Declaración de independencia de los EEUU. La inteligencia, la fuerza, la belleza, la bondad, son dones de la Naturaleza, privilegios que se nos conceden al nacer, a unos en mayor grado que otros. Y se nos conceden para el bien.

Al perfeccionarse dichas sociedades se procuró que todos los humanos tuvieran los mismos derechos y los mismos deberes, no que fueran iguales, pues esa pretensión es irracional y vulnera el principio de la vida que tiene su origen en la desigualdad de dos células… No es la igualdad lo que importa, es la justicia. Que seamos pesados en la misma balanza y medidos con la misma vara.

Desigualdad
Desgraciadamente, en la actual sociedad española la ley no es única y universal. Existen diecisiete varas de medir y diecisiete balanzas santificadas por la Constitución. Se da la paradoja de que, al mismo tiempo que existe un Ministerio de Igualdad, las Comunidades Autónomas tienen competencias legislativas en materias importantísimas para la vida ciudadana, tales como educación, hacienda, sanidad, seguridad interior, justicia, hasta el punto de que en unos años un ciudadano de Sabadell, otro de Calahorra y uno tercero de Bermeo, pongo por caso, no tendrán en común ni el carnet de identidad. (Iba a escribir “si Dios no lo remedia”, pero Dios no se mete en política, tendremos que arreglarlo nosotros… si nos da tiempo).
E
Desigualdad
l Universo se rige por el principio de la desigualdad. Todos los fenómenos meteorológicos se producen por diferencias de presión y temperatura. La Ley de la Gravedad obedece a diferencia de masas. La actividad eléctrica a diferencias de potencial. Los fenómenos electro-magnéticos a cambios de polaridad. Las distintas longitudes de onda del espectro visible dan origen a los colores. La distinta frecuencia de las vibraciones mecánicas produce los sonidos. Toda energía es consecuencia de una desigualdad. La Naturaleza rechaza la igualdad. Decía Heráclito que en el Universo nada ocurre dos veces, que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, pues cada fracción de segundo el río fluye y la persona cambia. Nada es igual, todo es diferente. La vida es una eterna evolución.
Elogio de la
Cid, al no encontrar en su escarcela una moneda para dar al leproso, le dijo, quitándose el guante: “hermano, te ofrezco la desnuda limosna de mi mano”).

De los lemas de la Revolución Francesa –Libertad, Igualdad, Fraternidad– de los cuales los revolucionarios no cumplieron ninguno, como ocurre en casi todas las revoluciones, el más importante es el tercero, pues si este se aplica los otros dos se dan por añadidura. Si algún día –en un futuro lejano– todos los habitantes del planeta llegasen a comprender que todos los humanos son hermanos suyos no se preocuparían de ser iguales, intentarían ser mejores.

Es evidente que el progreso de la humanidad se lo debemos a unos pocos, a los más “desiguales”, tal vez una docena por siglo; menos de medio millar desde el nacimiento de Cristo –el más “desigual” de todos. Deberíamos grabar sus nombres en las paredes de todos los colegios y universidades de España, y en los rótulos de las calles, y respetar su memoria. Y ponerlos como ejemplo a imitar. Ellos son los que señalan el camino. Un camino que aunque no lo sigamos, está ahí.

No somos iguales, pero aún siendo distintos una sociedad bien constituida ha de procurar
que todos los humanos tengamos los
mismos derechos e iguales deberes.

Que nos midan con la misma
vara y nos pesen con la mis-
ma balanza. Para ello es in-
dispensable que la ley sea
general y universal. Entre
la democracia perfecta y
la más pura dictadura
–dos formas de gobierno
extremas– la diferencia es-
tá en que en la primera to-
dos los ciudadanos tienen los
mismos derechos y los mismos
deberes, mientras que en la segun-
da un hombre o una casta tienen to-
dos los derechos y ningún deber y el
resto de los ciudadanos sólo tiene deberes.

Crear una sociedad perfecta es un imposible, pero debemos intentarlo. Igual que cultivamos los campos más fértiles debemos promocionar a los mejores, y no centrarnos exclusivamente en la inteligencia sino en todas las cualidades humanas. (Seguro que Teresa de Calcuta no era la más lista de su clase). Fomentar la compe- tencia es bueno siempre que se empiece por fomentar la nobleza, el juego limpio, la palabra justa, la mano tendida.  (Cuenta la leyenda que el
Fomentar la competencia es
bueno siempre que se empiece
por
fomentar la nobleza, el
juego limpio, la palabra justa,
la mano tendida.