Para ello se vale de dos familiares de extracción y circunstancias semejante, repasando
con ellos los caminos vitales elegidos por los dos.
Desgraciadamente, Anochecer en Lisboa, más allá de la disquisición política o filosófica,
lo que deja patente es la fractura de la sociedad vascongada, de oscuro futuro mientras prevalece en
una parte importante de ella la mirada optimista de la excluyente, con verdadera solución.
Su escasez de puntos y aparte, tienen sin duda la conseguida intención del indigesto empacho que ha de
producir la alevosa intención de sembrar el odio a la vez que el temor y la inquietud, con la vida insegura en
cualquier ocasión, y más cuando, alguien que se siente en peligro, sin las espaldas guardadas, temiendo por
la situación en que puede encontrar a su familia cuando vuelva buscando la paz del hogar, sin seguridad ninguna
de encontrarla.
El lenguaje, moderno y atrevido, como corresponde al tiempo y al suceso, no deja de ser correcto, exacto
y apropiado, suficiente para responder a le sección narrativa, en que la editorial inserta el libro y satisfacer
al que busca la descripción de un tema hiriente, combativo, que no haga ocioso su símbolo del hacha y la
serpiente.
Arinas, es un puro novelista, más que nada, si bien licenciado en Geografía e
Historia por la Universidad del País Vasco, cuyas dos recientes novelas, ya celebradas,
son Los años infames y Gaitajolea, ambas de 2007.
En Anochecer en Lisboa, el autor hace un alarde que el lector agradece por
doble razón, la estética y la oportunidad, aunque no es la menor, el poder penetrar
en un mundo de difícil comprensión para casi todos nosotros como es el de
ETA y todos sus alrededores.
Aquí se nos plantea de forma inteligente el tema del arrepentimiento y la reinserción
en ese entorno, cosa que parece imposible, y para el novelista no lo es.
Sesenta años después, dice la presentación de este libro, “el debate sigue abierto”.
En 1931, en las Cortes Españolas dos hombres de ideología distinta se encontraron
exponiendo su visión de España, si bien ambos habían contribuido a la llegada
de la República, estaba claro que su visión de la misma y su forma de conducirla
era notoriamente distinta.
En las sesiones parlamentarias que se celebraron en aquel mes de mayo de 1932
se reflejaron dos concepciones de España defendidas con toda intensidad por dos
figuras claves de la política y la filosofía española, Azaña y Ortega, ambos oradores
brillantes y, en cierta medida, contradictorios, presentaron su tesis sobre la
realidad de la España que ellos entendían y deseaban.