Tres “pesos pesados” de la cinematografía estadounidense se unen aquí para crear
una comedia cuyo desarrollo en manos menos hábiles no duraría quince minutos.
Con una guionista, autora de otros éxitos, la cinta nos hace vivir la historia de un
matrimonio roto diez años atrás por la infidelidad del marido y que con ocasión de
la graduación universitaria de un hijo coincide en otra ciudad. Las circunstancias
hacen que la primera esposa se transforme en la “otra” y que se piense en una segunda
oportunidad.
Con momentos clásicos de buena comedia nos introducimos en el dilema y en la
tragedia de una pareja cuando alguien abandona a su mujer... y a tres hijos.
“Si cuando yo me marché tú tenías doce años, algo recordarás” le dice el marido
que quiere volver. Y la contestación de su hijo “No he querido recordar”.
Diez años son muchos para que el protagonista ahora arrepentido de su segundo
matrimonio, con una mujer a la que dobla la edad (¿A qué suena esto?), piense en volver a empezar.
Hay un inevitable “tercero” que mueve la situación lo suficiente para que esa magnífica actriz inolvidable
de “Memorias de África” tenga otra alternativa.
El final es una advertencia para quienes piensan que el nido que se deja abandonado le esperará eternamente.
Una guionista de cine nos da una lección que vale por muchos razonamientos.
Cuando la Iglesia... en Estados Unidos no ha sabido llevar el consuelo a quienes
han tenido un fallecimiento o pérdida cercanos ese campo ha sido tomado por otros.
Así en esta cinta encontramos a un autor de libros de autoayuda cuyo éxito le
acompaña porque llega al corazón.
“No hay que mirar constantemente por el retrovisor”. Con frases similares y conducción
del lenguaje donde las frases consoladoras llegan sin aparente esfuerzo.
El protagonista irónicamente arrastra una culpabilidad apenas desvelada que le
impide utilizar sus propios consejos. El espectador avezado intuye cuál fue el hecho
desencadenante de su contradicción permanente.
Es una comedia melodramática y por ello tras la presentación las escenas se van
decantando por una nueva relación afectiva que engancha porque el espectador se
identifica con los personajes y “vive” sus peripecias.
Siempre buscando el final feliz porque la llamada “fábrica de sueños” puede,
cuando las nuebes no impiden ver el cielo, llenar de esperanzas e ilusiones a los espectadores.
El día del estreno la sala estaba llena completamente... y, ojo, no solamente de septuagenarios sino de jóvenes
veinteañeros.
Éste debía ser el camino para quienes se autoproclaman directores y con sus fobias y mentes equivocadas
no saben llegar... a la mayoría de espectadores en España y en muchos países.