Crónicas de Mari Rafa desde
las Palmas de Gran Canaria

Mª Rafaela Román Sánchez                                                    
Licenciada en Geografía e Historia y Maestra                         
Para ti
Para ti
espués de una azarosa travesía en el “Villa de Madrid”, tres días mareadas mi madre y yo, sin poder salir del camarote, desembarcamos en el Puerto de la Luz. Nos alojamos durante cerca de un mes en un hotel en la playa de Las Canteras. Aquel hotel, por lo que recuerdo, ahora sería solamente una pensión sencillita que, no obstante, no nos podíamos permitir. Por lo tanto, después de que mi padre solicitó el permiso necesario,  nos  fuimos  con  él a una de las dos baterías de costa en las que estuvo
destinado: El Roque y La Esfinge, ambas en La Isleta y con una pequeña vivienda para el oficial.

Aquello fue para mí un verdadero parque temático, como diríamos hoy. En primer lugar su emplazamiento, en el borde casi de unos impresionantes acantilados, viendo desde lo alto y a una distancia que se me antojaba inmensa, cómo rompían las olas contra las rocas. Después, dominándolo todo, aquellos cañones tremendamente grandes, con un interminable tubo y un cuerpo gigantesco y que, sin embargo, los hacían girar en su círculo de raíles con gran rapidez. Cuando hace años se pusieron de moda las películas sobre dinosaurios, los comparé mentalmente con el gran Tiranosaurius Rex. Mientras viví cerca de ellos, me parecían enormes jirafas reposando en el suelo.

Luego había una construcción muy misteriosa, situada a más altura que los cañones, circular, de cemento gris, con una estrecha abertura dominando la vista del mar, con unos aparatos enfocados hacia él. Me explicaron que aquello se llamaba ¿telémetro? y servía para apuntar bien con los cañones.

Otro motivo de pasarlo bien y corretear era que, siendo mi padre muy aficionado a los perros y como también lo eran algunos soldados, reunimos creo que cinco de distintas razas y tamaños. Todos se llevaban muy bien y el jefe entre ellos era uno que entonces, todavía, se conocía más como perro lobo que como pastor alemán. Me acompañaban a todas partes por aquellos campos de lava, limpios y bien alimentados con las sobras del rancho. Recuerdo el nombre del soldado encargado de cuidarlos, se llamaba Jacinto.

Pero referente a estas cuestiones perrunas también recuerdo, como si hubiera ocurrido ayer, la que se formaba cuando desde alguna batería por la que ya había pasado, avisaban a la nuestra de la visita de un jefe muy mandón, que lo revisaba todo, incluida la grasa que debían tener los dichosos cañones, que hay que ver como los mimaban, según mi opinión, porque siempre había soldados haciéndoles algo. Cómo no iban a estar bien. El caso es que a este antipático señor no le gustaban los perros y no los consentía en ningún sitio bajo su mando. Así que cuando sabíamos de su visita oía rápidamente la voz de mi padre con una orden inapelable: ¡Jacinto, los perros a la marea! La primera vez que escuché esto, pensé. “Ya está, los van a ahogar”. Pero no. El amigo Jacinto les colocaba con gran maestría y celeridad todas las traíllas y se los bajaba por los pasos rocosos que llevaban al pie de los acantilados. Allí los dejaba sujetos, de manera que ni se escaparan ni se les viera desde lo alto. Cuando terminaba la molesta visita, volvía a oír la voz firme de mi padre: “¡Jacinto, los perros!”. Y la alegre contestación de Jacinto: “¡A la orden, mi teniente!”. Ya mismo están aquí. Cuando llegaban los perros, aquello era una fiesta. Pedían perentoriamente, después de casi un día en la marea, agua, comida y amistad. Yo le tenía verdadera tirria a aquella visita. Me parece que aún conservo una foto de los cinco perros y yo montados a horcajadas sobre uno de los tubos de estos cañones.
Mª Rafaela Román Sánchez                                                    
Licenciada en Geografía e Historia y Maestra 
                        
D
Una de las correrías con las que más disfrutaba era, cuando alguna tarde mi padre tenía tiempo para ello, irnos de pesca. Íbamos mi padre, yo, dos o tres soldados y algún perro. Mi padre se instalaba en alguna roca saliente con su caña de pescar. Los soldados llevaban un gancho y un palo y siempre encontraban algún pulpo y varias morenas escondidos en los charcos que dejaba la marea al ir bajando. Yo no me perdía nada de aquellas “cacerías” con pincho y palo, aunque me daban un poco de miedo aquellos animalitos que tanto gustaban a los soldados. Por mi parte, pertrechada con un cestito y una pequeña espátula, me dedicaba a coger lapas por donde se me permitía estar, siempre bajo la atenta mirada del resto de la expedición. Aunque las tozudas lapas se resistían a soltarse de las rocas, siempre conseguía bastantes. A mis padres y a casi nadie de por allí les gustaban, pero ante mi insistencia de querer comerlas, mi madre me preparaba unas pocas, no recuerdo cómo, pero aunque muy sabrosas, estaban duras y correosas. No conseguía comer más de dos o tres, pero muy satisfecha de mi pesca.

Antes de llevar un año viviendo en Las Palmas, atravesamos una época muy mala. Mi madre tuvo que ser operada de un problema en la columna vertebral, que entonces no tenía más curación que un injerto de tibia en la vértebra dañada y después tres meses de un reposo absoluto en cama sobre un molde de yeso. Si todo iba bien a los tres meses, al levantarse, le colocaban un corsé de yeso que debía llevar varios meses.

Al no tener familia allí se nos planteó una situación difícil. En la clínica colocaron una camita turca en la habitación para que yo pudiera quedarme a dormir con mi madre. Muchos días, mi padre, no recuerdo cómo se las arreglaba, me recogía de la clínica y me llevaba con él a la batería. Por supuesto que en esta época, de ir al colegio nada de nada. Sin embargo, desde los cinco y seis años, leía de carrerilla cuanto caía en mis manos y escribía estupendamente. Bueno, pues una vez llegados a la batería mi padre y yo, nos pasábamos por la cocina para notificarle al cocinero que comería allí. Éste siempre contestaba: “No se preocupe mi teniente, que ya sé lo que come la niña”.

A la niña le preparaban un plato de arroz a la cubana que se me antojaba gigantesco pero muy bonito. Se componía de un molde de arroz en blanco en el centro, un huevo frito en lo alto, varios plátanos fritos alrededor y todo regadito con salsa de tomate. Yo creo que un cabo de gastadores habría tenido bastante con el menú, pero a mí, con la mitad me sobraba. De postre, muchos días, carne de membrillo o pan de higos, que me gustaba mucho.

Solucionado el problema de dormir y comer, quedaba el de estudiar sin ir al colegio. Pero en esta cuestión, mi padre ya le había echado el ojo a algún miembro de la batería, soldado o cabo, a quien, por su preparación y carácter se le podía encomendar la tarea de mis clases particulares. La verdad es que siempre acertaba, puesto que, entre que a mí me gustaba estudiar y aprender y al “profe” nombrado le venía de primera el estar rebajado de servicio durante las horas dedicadas a mi estudio, se vio que aquello funcionaba bien porque cuando me pude incorporar en Las Palmas capital, primero a la Academia Cervantes, en el Parque Santa Catalina y después al Liceo Severo Catalina, en la playa de Las Canteras, no hubo ningún problema de integración en el grupo que me correspondiera por la edad, más bien iba sobrada de preparación. Claro que el horario que me ponían en la batería era completito. Toda la mañana, desde el desayuno a la comida, en el Hogar del Soldado, decorado estilo canario, con plantas resistentes al clima y sillas con asientos y respaldos de cuerda, y sin escapatoria posible. Menos mal que por las tardes estaba libre de toda obligación escolar. Se me permitía correr, explorar, jugar con los perros y, si había suerte, bajar a pescar como ya he contado. Muchos días, a última hora de la tarde, me sentaba junto a mi padre en algún punto desde el que se dominaba totalmente la entrada de barcos al Puerto de La Luz, y me iba enseñando a conocer y distinguir banderas de todos los países y las distintas formas de los barcos según a lo que se dedicaran.

Todo esto terminó cuando nos fuimos a vivir a Las Palmas. Allí tuvimos muy buenos amigos mis padres y yo y, sobre todo, hubo colegio, colegio y colegio.