espués de una azarosa travesía en el
“Villa de Madrid”, tres días mareadas
mi madre y yo, sin poder salir del camarote,
desembarcamos en el Puerto de
la Luz. Nos alojamos durante cerca de
un mes en un hotel en la playa de Las Canteras. Aquel
hotel, por lo que recuerdo, ahora sería solamente una
pensión sencillita que, no obstante, no nos podíamos
permitir. Por lo tanto, después de que mi padre solicitó
el permiso necesario, nos fuimos con él a una de
las dos baterías de costa en las que estuvo
destinado: El Roque y La Esfinge, ambas en La Isleta y con una pequeña vivienda para el oficial.
Aquello fue para mí un verdadero parque temático,
como diríamos hoy. En primer lugar su emplazamiento,
en el borde casi de unos impresionantes acantilados,
viendo desde lo alto y a una distancia que se
me antojaba inmensa, cómo rompían las olas contra
las rocas. Después, dominándolo todo, aquellos cañones
tremendamente grandes, con un interminable tubo
y un cuerpo gigantesco y que, sin embargo, los hacían
girar en su círculo de raíles con gran rapidez. Cuando
hace años se pusieron de moda las películas sobre dinosaurios,
los comparé mentalmente con el gran Tiranosaurius
Rex. Mientras viví cerca de ellos, me
parecían enormes jirafas reposando en el suelo.
Luego había una construcción muy misteriosa, situada
a más altura que los cañones, circular, de cemento
gris, con una estrecha abertura dominando la
vista del mar, con unos aparatos enfocados hacia él.
Me explicaron que aquello se llamaba ¿telémetro? y
servía para apuntar bien con los cañones.
Otro motivo de pasarlo bien y corretear era que,
siendo mi padre muy aficionado a los perros y como
también lo eran algunos soldados, reunimos creo que
cinco de distintas razas y tamaños. Todos se llevaban
muy bien y el jefe entre ellos era uno que entonces,
todavía, se conocía más como perro lobo que como
pastor alemán. Me acompañaban a todas
partes por aquellos campos de lava, limpios
y bien alimentados con las sobras
del rancho. Recuerdo el nombre del soldado
encargado de cuidarlos, se llamaba
Jacinto.
Pero referente a estas cuestiones perrunas
también recuerdo, como si hubiera
ocurrido ayer, la que se formaba
cuando desde alguna batería por la que
ya había pasado, avisaban a la nuestra
de la visita de un jefe muy mandón, que
lo revisaba todo, incluida la grasa que
debían tener los dichosos cañones, que
hay que ver como los mimaban, según
mi opinión, porque siempre había soldados
haciéndoles algo. Cómo no iban a
estar bien. El caso es que a este antipático señor no le
gustaban los perros y no los consentía en ningún sitio
bajo su mando. Así que cuando sabíamos de su visita
oía rápidamente la voz de mi padre con una orden inapelable:
¡Jacinto, los perros a la marea! La primera
vez que escuché esto, pensé. “Ya está, los van a ahogar”.
Pero no. El amigo Jacinto les colocaba con gran
maestría y celeridad todas las traíllas y se los bajaba
por los pasos rocosos que llevaban al pie de los acantilados.
Allí los dejaba sujetos, de manera que ni se escaparan
ni se les viera desde lo alto. Cuando terminaba
la molesta visita, volvía a oír la voz firme de mi padre:
“¡Jacinto, los perros!”. Y la alegre contestación de Jacinto:
“¡A la orden, mi teniente!”. Ya mismo están
aquí. Cuando llegaban los perros, aquello era una
fiesta. Pedían perentoriamente, después de casi un día
en la marea, agua, comida y amistad. Yo le tenía verdadera
tirria a aquella visita. Me parece que aún conservo
una foto de los cinco perros y yo montados a
horcajadas sobre uno de los tubos de estos cañones.
Una de las correrías con las que más disfrutaba era, cuando alguna tarde mi padre tenía tiempo para ello,
irnos de pesca. Íbamos mi padre, yo, dos o tres soldados
y algún perro. Mi padre se instalaba en alguna
roca saliente con su caña de pescar. Los soldados llevaban
un gancho y un palo y siempre encontraban
algún pulpo y varias morenas escondidos en los charcos
que dejaba la marea al ir bajando. Yo no me perdía
nada de aquellas “cacerías” con pincho y palo,
aunque me daban un poco de miedo aquellos animalitos
que tanto gustaban a los soldados. Por mi parte,
pertrechada con un cestito y una pequeña espátula, me
dedicaba a coger lapas por donde se me permitía estar,
siempre bajo la atenta mirada del resto de la expedición.
Aunque las tozudas lapas se resistían a soltarse
de las rocas, siempre conseguía bastantes. A mis padres
y a casi nadie de por allí les gustaban, pero ante
mi insistencia de querer comerlas, mi madre me preparaba
unas pocas, no recuerdo cómo, pero aunque
muy sabrosas, estaban duras y correosas. No conseguía
comer más de dos o tres, pero muy satisfecha de
mi pesca.
Antes de llevar un año viviendo en Las Palmas, atravesamos
una época muy mala. Mi madre tuvo que ser
operada de un problema en la columna vertebral, que
entonces no tenía más curación que un injerto de tibia
en la vértebra dañada y después tres meses de un reposo
absoluto en cama sobre un molde de yeso. Si
todo iba bien a los tres meses, al levantarse, le colocaban
un corsé de yeso que debía llevar varios meses.
Al no tener familia allí se nos planteó una situación
difícil. En la clínica colocaron una camita turca en la
habitación para que yo pudiera quedarme a dormir con
mi madre. Muchos días, mi padre, no recuerdo cómo
se las arreglaba, me recogía de la clínica y me llevaba
con él a la batería. Por supuesto que en esta época, de
ir al colegio nada de nada. Sin embargo, desde los
cinco y seis años, leía de carrerilla cuanto caía en mis
manos y escribía estupendamente. Bueno, pues una
vez llegados a la batería mi padre y yo, nos pasábamos
por la cocina para notificarle al cocinero que comería
allí. Éste siempre contestaba: “No se preocupe
mi teniente, que ya sé lo que come la niña”.
A la niña le preparaban un plato de arroz a la cubana
que se me antojaba gigantesco pero muy bonito. Se
componía de un molde de arroz en blanco en el centro,
un huevo frito en lo alto, varios plátanos fritos alrededor
y todo regadito con salsa de tomate. Yo creo que un
cabo de gastadores habría tenido bastante con el menú,
pero a mí, con la mitad me sobraba. De postre, muchos
días, carne de membrillo o pan de higos, que me
gustaba mucho.
Solucionado el problema de dormir y comer, quedaba
el de estudiar sin ir al colegio. Pero en esta cuestión,
mi padre ya le había echado el ojo a algún
miembro de la batería, soldado o cabo, a quien, por su
preparación y carácter se le podía encomendar la tarea
de mis clases particulares. La verdad es que siempre
acertaba, puesto que, entre que a mí me gustaba estudiar
y aprender y al “profe” nombrado le venía de primera
el estar rebajado de servicio durante las horas
dedicadas a mi estudio, se vio que aquello funcionaba
bien porque cuando me pude incorporar en Las Palmas
capital, primero a la Academia Cervantes, en el
Parque Santa Catalina y después al Liceo Severo Catalina,
en la playa de Las Canteras, no hubo ningún
problema de integración en el grupo que me correspondiera
por la edad, más bien iba sobrada de preparación.
Claro que el horario que me ponían en la
batería era completito. Toda la mañana, desde el desayuno
a la comida, en el Hogar del Soldado, decorado
estilo canario, con plantas resistentes al clima y sillas
con asientos y respaldos de cuerda, y sin escapatoria
posible. Menos mal que por las tardes estaba libre de
toda obligación escolar. Se me permitía correr, explorar,
jugar con los perros y, si había suerte, bajar a pescar
como ya he contado. Muchos días, a última hora de
la tarde, me sentaba junto a mi padre en algún punto
desde el que se dominaba totalmente la entrada de barcos
al Puerto de La Luz, y me iba enseñando a conocer
y distinguir banderas de todos los países y las
distintas formas de los barcos según a lo que se dedicaran.
Todo esto terminó cuando nos fuimos a vivir a Las
Palmas. Allí tuvimos muy buenos amigos mis padres
y yo y, sobre todo, hubo colegio, colegio y colegio.