o cabe duda que las vidas, conductas y posturas del
hombre moderno en la sociedad actual no son iguales
a las de épocas anteriores. Han evolucionado. El
hombre –desde los albores de la humanidad– ha pasado,
es mi opinión, de lo primitivo, material y espiritual
con todas sus variantes, paganas, cristianas,
místicas, románticas, agnósticas, creyentes…, a las
formas y posturas actuales.
Pienso en general, que bastantes hombres de hoy,
muchos hombres de las sociedades modernas, se encuentran
cómodos con cierta superficialidad que
puede influir, determinar y asfixiar sus propias creencias,
acciones y actitudes. Parece que estamos
avanzando “a galope”, hacia lo superfluo, hacia lo
falto de fundamento, hacia lo falto de profundidad,
es decir, hacia la superficialidad. A cambio, retrocedemos
en lo fundamental, en nuestras raíces cristianas,
en el pensamiento natural y trascendente, a
veces en los valores y principios fundamentales de la
persona, otras, en nuestras creencias y vida interior,
así como en el mundo del espíritu que también existe
y que en algunos parece desaparecer.
Me da la impresión que miramos y vivimos hacia
lo exterior en exceso. Las fuentes que siempre manaban
espíritu, conocimiento y moral en nuestra civilización
cristiana: Iglesia, Familia y Escuela–presionadas por el mismo hombre– “dicen los de
siempre” que manan menos que antaño. Muchos se lo creen y pasan a beber otras aguas más turbulentas
y divertidas, pero menos claras y limpias;
son las aguas de superficie, las del ruido y vulgaridad,
las de lo material e intrascendente, las
de lo sensitivo y contable.
“Al hombre moderno, al hombre de hoy, en general,
le cuesta saber de esfuerzos y compromisos,
de luchas y problemas, de sacrificios y
entregas”. Es decir, poco a poco se ve arrastrado
por la corriente de los medios, por las nuevas teorías
sobre relativismo, materialismo o hedonismo,
por las modas y alienaciones o cuando no
por la falta de personalidad y confusión interior.
Con referencia a la Iglesia, respetando a las
personas, a sus creencias y a su libertad, pienso
que en las posturas y actitudes de los cristianos de
hoy no hay uniformidad, son más, menos o nada
superficiales. Son diferentes: Unos, desde planteamientos
elementales y simples dicen, que aunque
“creen en Dios, no creen en la Iglesia o en
los curas”. Otros, con planteamientos personales,
dicen que creen, pero no tienen tiempo; el trabajo
y la familia, el estrés o el descanso dominical lo
llenan todo. Son “cristianos creyentes pero no
practicantes” (Pertenecen, con los primeros, al
68% de católicos que no asisten los domingos a
la Santa Misa).
Otros, son creyentes “espaciales”, creen en
Dios y en la Iglesia, pero dicen que no comparten
ni entienden la “cosmología del cristianismo”.
Buscan a Dios en las estrellas, lo quieren lejos,
cuando en realidad lo tienen muy cerca. Dicen de
ellos que son tibios y que son los peores. Otros en
fin, son los cristianos que humilde y llanamente intentan luchar, vivir y profundizar en sólo dos mandatos
divinos claros, concisos y concretos que nos
dieron: “Amar a Dios y Servir a los demás”. Así de
fácil y difícil.
Es obvio sentir, que la profundidad o superficialidad
de los grupos de creyentes citados es distinta en
cada uno de ellos. Pienso que la superficialidad,
unido al ruido y al estrés, al orgullo y los sentidos, a
las modas y medios mal dosificados, conducen al
hombre moderno a la alienación, a una conducta dirigida
y manipulada, como los muñecos de un guiñol,
perdiendo su autentica personalidad e independencia
humana y cristiana.
En cambio la actividad interior y el silencio, el sosiego
y la humildad, el espíritu y lo superior, las pequeñas
cosas, el amor y la templanza, es decir la
profundidad, conducen, poco a poco a lo largo de los
años, irremisiblemente a la fuente de aguas frescas y
cristalinas, a la felicidad de aquí y también, por supuesto,
a la del más allá.
Fundamentalmente la Familia son los padres y
los hijos, unidos por evidentes lazos de cohesión, de
todos conocidos. La familia es la principal fuente de
conocimiento y sabiduría, de quien mana gran cantidad
de virtudes y afectos, de solidaridad y espíritu,
de servicio y amor entre todos. El gran peligro que
corre la familia en los tiempos actuales es que se debiliten
esos lazos de unión, esa fuente de conocimientos
y formación y esas fuerzas y virtudes entre
sus miembros, quebrando su estabilidad.
Por brevedad, sólo me voy a preguntar a mi mismo
lo siguiente: ¿En la actualidad los padres dedican el
suficiente tiempo para hablar, ayudar, educar y formar
a sus hijos? ¿Los hijos disponen del tiempo necesario
para ser formados y educados como desean
sus padres? ¿El estrés, el excesivo horario laboral
y el trabajo de ambos cónyuges, son la causa principal
de la dejación parcial de derechos y deberes
que tienen para con sus hijos? ¿Cuántas horas extraescolares
dedican los niños, fuera de casa, a clases
de idiomas, natación, repaso, deberes, música o
dentro de ella, en soledad, a la televisión y video juegos?
Por último, ¿cuánto tiempo –unos y otros, padres
e hijos– comparten juntos hablando, cantando,
trabajando, jugando o rezando? ¿Estamos formando
“superhombres” o personas?
Hace unos días escuché a Amancio Prada en un
concierto de música sacra en el Desierto de las Palmas
de Castellón. Este músico gallego-leones, cantautor,
interpretó poemas y canciones de Santa
Teresa, San Juan de la Cruz y Rosalía de Castro. La
sensibilidad humana, mística y musical del artista y
la interpretación fueron sensacionales. Al final nos contaba, que desde pequeño, todo lo aprendió de sus
padres “pues oía a su padre cantar, mientras araba, y
a su madre rezar, cuando comían”. Así, unos interpretan
a Rosalía y otros “tocan bacalao”. Es la libertad,
responsabilidad y grado de superficialidad de
los padres.
Finalmente la Escuela representa la continuación
natural de la tarea formativa de la familia, y
como tal debería estar libre de todo tipo de “interferencias”.
Lamentablemente no es así y la Escuela
sufre el mismo asedio, los mismos ataques que la Familia
y la Iglesia en el cumplimiento de sus misiones.
En la actualidad en la Escuela –al menos da la
sensación– sólo se enseñan conocimientos. Antes,
los maestros eran una prolongación de los padres.
No solo enseñaban materias sino también educaban.
Ahora, todo el “mundo quiere meter mano”
en la educación de nuestros hijos y nietos. Aparece
la figura del Maestro-Estado que es una forma
clara de manipulación de valores morales o de adoctrinamiento
político, que incumben exclusivamente
solo a los padres, y por delegación contrastada a la
Comunidad Educativa. Creo, con gran convicción
que la figura del Maestro-Estado es propia, exclusivamente,
de regimenes totalitarios.
En esa manipulación, los padres por razones obvias
y conocidas, tienen dificultad en detectar elementos
de superficialidad en la enseñanza,
educación y formación de sus hijos; ¡no sólo en la
Escuela!, sino también en la calle, en los programas
de televisión, en los medios informativos, y en las
corrientes y costumbres sociales, en los que se ven
impotentes para controlar y hacerse obedecer respecto
a horarios, fines de semana, discotecas, botellones,
compañías ctc. Realmente los padres de hoy
lo tienen mucho más difícil que sus antecesores.
En una excursión de fin de curso de un colegio
concertado con niños de doce años a los Pirineos,
una de las importantes actividades programadas fue
una sesión en la discoteca del Hotel. Pienso que lo
más adecuado a esa edad hubiese sido un paseo por
el bosque o una clase sobre el firmamento, mirando
las estrellas. Por supuesto la televisión en las habitaciones
eran cadenas libres, incluidas las basura y
pornográficas. (Sin comentarios)
Me pregunto finalmente si las tres fuentes citadas:
Iglesia, Familia y Escuela siguen manando buenas
aguas en cantidad y calidad. Creo que sí. Pienso que
son las tres grandes fuentes más antiguas y más benefactoras
de la Humanidad y seguirán, pues en ellas
está Dios, los Padres y la Cultura. Otra cuestión es
que nuestra superficialidad nos separe ocasionalmente
de ellas.