CUALQUIERA DE ESTAS ETIQUETAS
DESDIBUJAN LA TOTALIDAD DE LAS
PERSONAS O HECHOS ETIQUETADOS
Guillermo Fernández de la Yeza
General de División
ETIQUETAS
D
Algo similar ocurre con otras etiquetas que, en sentido
figurado, se aplican a personas, organizaciones o
sus actos, ganadas por propios méritos, apropiadas
o adjudicadas. Existen en
todos los niveles.
España, por ejemplo, es
conocida en el extranjero
como el país de los toros y
el flamenco, etiqueta que
cuesta trabajo modificar.
Podríamos incluir también como tales los sobrenombres, motes o apodos. Algunos han trascendido siglos: Cid Campeador, Gran Capitán, Reyes Católicos, La Loca, El Hechizado, El Deseado... La investigación histórica ha ido descubriendo qué había de cierto, de exagerado, o de malévola falsificación en su propagación. Otras duran poco, una vida a lo sumo. Cómo no recordar los motes de quienes fueron nuestros profesores en las distintas Academias y Escuelas. Constituían una mezcla de ingenio, observación, perspicacia y un poco de guasona malicia por parte del inventor, que conseguía hacer destacar algo específico del físico o el comportamiento del receptor.
ETIQUETAS
El discurso nacionalista no implica una mentalidad
abierta. En el “barroco arsenal etnicista” puede olvidarse
en parte lo que se sabe si otros no lo notan o no
les importa, pueden añadirse cosas nuevas si el conocimiento
exacto no está disponible, puede escogerse
una variante ideológica si existen diferentes
teorías, se puede combinar y transplan- tar casi cualquier
cosa y todo son “posibles” para el discurso nacionalista
regional.
El patriotismo verdadero, auténtico, no busca la realización
a toda costa de una entidad soñada, sino el
perfecciona- miento de la comunidad en que efecti- vamente
se vive, y en último término, la convivencia
pacífica. El patriotismo verdadero, respeta la autonomía
de la persona sin imposiciones porque lo más
ETIQUETAS
esde hace algún tiempo, los productos de
determinadas marcas, no sólo de ropa y
calzado, son objeto de deseo e incluso
motivo de exigencia. Lucir sus etiquetas
es, al parecer, causa de prestigio social,
aspecto que supera en estimación hasta a las propias
calidad o estética del producto en sí. Las etiquetas
han dejado de situarse en el interior para quedar a la
vista como reclamo y ostentación. La falsificación de
esos artículos con sus etiquetas proporciona ganancias
multimillonarias. Parece, en fin, que no es la etiqueta
la que se adhiere al producto sino éste a aquélla.
OTRAS ETIQUETAS SE APLICAN
A PERSONAS, ORGANIZACIONES
O SUS ACTOS, GANADAS POR
PROPIOS MÉRITOS, APROPIADAS
O ADJUDICADAS

Durante bastante tiempo, los militares hemos sido
etiquetados con una mezcla de rígidos, inflexibles,
duros, intransigentes, rigurosos, reglamentistas... intratables.
En alguno de los puestos en que he prestado
servicio, permítanme que acuda a mi
anecdotario, tenía bastante relación con representantes
de empresas importantes, situados en la parte
alta de sus organigramas, es decir, personas de un
apreciable nivel cultural, alguno de los cuales llegó
a sincerarse: “Venía con
preocupación por cómo
transcurrirían nuestras
reuniones y me voy encantado;
pero ¿vosotros
no sois así, verdad?”. La
realidad de quiénes éramos
le desconcertaba, se
le habían caído las etiquetas
de golpe, aquello no
encajaba con su bien asentado
prejuicio. Actualmente
parece que de estas
etiquetas, la mayoría quiero pensar que adjudicadas
y no ganadas, sólo quedan algunas reticencias casi
fósiles, sustituidas por otras mucho más gratas, conseguidas,
eso sí, a pulso, e incluso a precio de sangre.
Es evidente, pues, que cualquier tipo de etiqueta,
real o figurada, puede tener influencia, a veces
grande. En la controversia política, cuando se adjudican
a otros, sus efectos pueden ser demoledores,
obligando al receptor al consumo de enormes energías
y tiempo para demostrar su falsedad, cuando
esto es factible, o para defenderse de sus efectos.
Puede suponer el empleo de equipos enteros, buscando
argumentos, planeando estrategias y actuando
para luchar contra... una simple palabra. A veces se
revuelven contra sus promotores; pero cuando ya es tarde, pues se consiguieron los objetivos deseados y
ha transcurrido el tiempo necesario para el olvido.
Basta abrir cualquier periódico para encontrarlas:
Corrupto, espía, crispador, mentiroso, etc. Actualmente
están de moda las de neoliberal, solidario, insolidario,
poderoso, rico, inútil, y algunas más con
distinta fortuna. Son paradigmáticas catalanofobia y
homofobia: Su simple adjudicación al oponente en
cualquier diálogo, debate o discusión supone la ruptura más
o menos abrupta de éstos, o el cambio de discurso
para defenderse con argumentos llenos de
remilgos y exageradas muestras de respeto.
Hay otras dos que estimo
conveniente destacar: de-
rechos
y privilegios. Es
cierto que existen unos y
otros;
pero no lo es me-
nos que cuando determi-
nadas personas
o grupos tienen u obtienen algún beneficio concreto,
éste puede ser etiquetado de derecho o de
privilegio, lo que inmediata- mente supone su blindaje
o la de- nuncia para que sea suprimido por antisocial.
Sugiero al lector una refle- xión sobre el emergente
“derecho al aborto”, que se intenta blindar, y parece
convertir en “privilegio” para el nasciturus el seguir
viviendo. Si éste no se etiqueta así es porque puede
resultar excesivo, perdón por el sarcasmo, pero la
tesis le encaja. Por cierto, si se le ocurre preguntar
“¿pero se mata o no se mata al niño?” puede ser rápidamente
etiquetado de fundamentalista o de ultracatólico.
LA MANIFESTACIÓN: Cuando escribo esto, vuelvo de
la manifestación en favor de la vida. Una auténtica satisfacción
moral. La mayoría, jóvenes. Ningún incidente.
Ninguna salida de tono. Escasísimas expresiones contra
alguien, pronto acalladas. Sonrisas. Ojos limpios. Canciones
en favor de la vida. O sea, lo que algunos denominan
ambiente festivo (Si eso quiere decir alegría interior,
sí, ambiente festivo). Había alguna asociación de izquierdas,
con su pancarta. El resto no indicaba adscripción política.
Ningún mobiliario urbano estropeado. Ninguna flor
de los arriates de Cibeles pisada. Ningún gesto de indignación
ni de odio. Una sola, veraz y fundamental etiqueta:
Vida. Y una idea clara en todos: CADA VIDA IMPORTA.
El tiempo ha
hecho evolucionar
el aprecio por algunas
etiquetas en el
campo de la política.
Antes se era orgullosamente
de derechas
de toda la vida y los
calificados como rojos
podían tener problemas;
actualmente, no se presume de
aquello sino de ser de izquierdas,
aunque no de ser rojos,
salvo algún caso concreto,
poco reiterado.
Especialmente se mantienen
algunas etiquetas de
larga duración que afectan a
los partidos políticos y que se
esgrimen o defienden como
marca propia o parecen producir
cierto escozor. Cuando
se quiere remarcar lo fundamental
de cada uno, no se
hace uso de su denominación
oficial, sino de las de progresistas, conservadores o nacionalistas, por citar
sólo a los partidos de mayor influencia. De la
misma forma se denominan sus miembros y sus
actos.
Progresista suena bien, por la componente que
tiene de búsqueda del progreso ¿qué grupo, político
o no, no desea para sí y para los demás que
haya progreso? Es fácil asimilarlo a modernidad,
avance, cambio para mejor. Desde este punto de vista
¿quienes consiguen más progreso, los autodenominados
progresistas u otros? Y es que la palabra tiene
otra acepción, la de quienes son “partidarios del
cambio o evolución rápidos y profundos en las formas
de vida colectiva” (María Moliner). Así que
estamos ante una etiqueta que resulta ambivalente
y, por tanto, ambigua. Los adversarios, políticos o
no, usan la etiqueta de progre para descalificar las
acciones dirigidas a ese cambio profundo de la sociedad,
contestadas especialmente cuando consideran
que trastornan o suprimen valores y principios
muy enraizados en ella.
Lo de conservador es más fácilmente derivable a
antiguo, reaccionario, retrógrado, cavernícola, o derecha,
derechona o ultraderecha, etiquetas asignables
a cualquier proyecto o acción cuando no se
dispone de otros argumentos de más enjundia.
Quizá por eso, los llamados conservadores prefieran
la etiqueta de centristas, que
también contiene una buena
carga de ambigüedad.
En cuanto a los nacionalistas
hay quien tiene interés en etiquetarlos
de radicales y más o menos moderados, cuando la que realmente
les encaja es la de insaciables, que vale
para todos. Sus fines son permanentes e
idénticos, varían los medios y el tiempo
para obtenerlos. Así, entre los llamados
radicales se encuentran los delincuentes
que quieren conseguir lo mismo con
odio, destrucción y muerte.
¿Y qué decir de los eufemismos tan
ampliamente utilizados hoy en día? En
cada uno, lo más edulcorado posible,
está la ocultación de la ver- dad, la media
verdad, la intención de mentir. Son
también etiquetas, a veces larguísimas,
para eludir la denominación exacta con
una sola palabra.
Y, en fin, están los que parece que
tienen la etiqueta de pertenencia,
más que adherida gra- bada a
fuego, incapaces de argumentar,
decidir o actuar en sentido distinto
de lo que otros etique- taron, aunque
en su fuero interno se les
plantee la duda o estén en contra.
Su incoherencia causa perplejidad
y rechazo.
Cualquiera de estas etiquetas desdibujan la tota- lidad
de las personas o hechos etiquetados. En el
mejor de los casos, consisten en una simplifi- cación
o caricatura verdadera, pero al destacar sólo una
parte, oculta y hace olvidar el resto de la realidad,
que suele incluir aspectos importantes de la misma.
En los casos peores, encierran manipulación, engaño
y hasta calumnia.
Y había pueblos en que todos tenían su mote o, si no, como para evitarlo, el nombre más raro del santoral del día del nacimiento. Seguramente, estos últimos eran los únicos que conseguían que sus nombres no cayeran en el olvido.
Hagan una prueba con la mayoría de nuestros queridos
“protos” ¿cómo se llamaban? O pregunten a un
estudiante actual por el nombre del Gran Capitán o
de un personaje de ficción como D. Quijote. La realidad
es que esos motes ocultaban, en parte o en
mucho, quiénes eran.
CUALQUIER TIPO DE ETIQUETA,
REAL O FIGURADA, PUEDE TENER
INFLUENCIA, A VECES GRANDE
Y todo esto ¿surge espontáneamente? No hace
falta ser muy avispado para intuir que no, que debe
de haber equipos de gente muy cualificada capaz de
crear etiquetas al igual que titulares de prensa fáciles
de asimilar. Se trata de proporcionar o sugerir
ideas lo más simplificadas posibles, que exijan el mínimo
esfuerzo en su comprensión y aceptación, y es
cierto que lo hacen muy bien. Hasta llegar a la palabra
o frase concretas emplean los mismos medios
que las marcas comerciales; pero al difundirlas se diferencian
totalmente, pues a éstas les supone un
enorme esfuerzo económico, mientras que a los partidos
les sale gratis: Sus propias estructuras y los
medios
de difusión afines hacen de correa de
transmisión, las amplifican y compiten para propagarlas
cuanto antes. El beneficio, a tan bajo coste, se
mide en votos. Como economía de medios, un auténtico
éxito.
Después de estas reflexiones, me parece que lo más conveniente es desconfiar y hasta sospechar de cualquier cosa de cierta importancia que llegue etiquetada, hasta estar seguro de que no ocultan maliciosamente algo importante ni tratan de pasar por auténtico un producto falsificado.
En el fondo, se trata de considerar la relación entre el uso del lenguaje y la verdad. Nos va mucho en ello. “Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad”. Quien lo dijo no era de izquierdas, ni de derechas, ni centrista, ni nacionalista, se llamaba Confucio. Unos siglos más tarde, Jesús fue a la esencia de este asunto cuando dijo: “La verdad os hará libres”.