Esto de incluir el “shock sistémico”
entre los factores que habremos
de tener en cuenta en nuestras
previsiones me lleva a pensar que,
sin darnos casi cuenta de ello, nos
estamos acostumbrando a incluir
los sustos en nuestros vaticinios.


El shock
     sistémico

Javier Pardo de Santayana y Coloma
Teniente General del Ejército
L
Esto de incluir el “shock sistémico” entre los factores que habremos de tener en cuenta en nuestras previsiones me lleva a pensar que, sin darnos casi cuenta de ello, nos es- tamos acostumbrando a incluir los sustos en nuestros va- ticinios. O sea, que predecimos a posterori, como los eco- nomistas, que explican tan bien todo lo que ya ha suce- dido y no tiene remedio. Ahora, los estudiosos se refieren a esto de los sustos como una novedad interesante que se nos muestra como un signo de los tiempos y factor de conflicto, y lo llaman “shock sistémico” porque se trata de un hecho totalmente sorprendente que surge cuando menos se espera, poniendo en entredicho un sistema apa- rentemente afianzado. El cambio generado dará lugar a un “antes” y un después”.
El shock
     sistémico
El estudio donde encontré acuñada esta expresión del “shock sistémico” se refiere a Europa y a sus ambiciones cuando miramos al horizonte del año 2020. Como ejemplo, el documento propone dos grandes sucesos de eco mundial: la caída del muro de Berlín y el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001. Yo añadiría la caída del sistema financiero, que tampoco es moco de pavo, porque ha destrozado uno de los más firmes pilares de nuestra seguridad y, por extrapolación, pone en duda todo nuestro sistema político y social. Se trata, creo yo, de un “shock sistémico” verdaderamente paradigmático, sobre todo si le añadimos el monumental timo de Madoff, que no sé cómo pudo colar con tanta facilidad.

Cuando la caída del muro yo estaba en Mons, donde veía diariamente a mi colega germano, al que se suponía habitualmente bien informado. Pues bien, la misma víspera éste todavía creía que quedaba tiempo por delante para que se produjera la deseada reunificación alemana. Según parece, a última hora todo se precipitó como por casualidad en un desenlace impredecible en su rapidez. De lo del 11 de septiembre me enteré en Londres, nada más llegar, cuando el ataque se estaba produciendo, al encender el televisor de mi habitación de la Residencia. O sea, junto a Chatham House, sancta sanctorum de la política exterior británica, donde  tampoco tenían  la menor  idea de que pudiera suce-
Pero lo verdaderamente patético
de la cuestión es constatar cómo
algunas veces somos nosotros
mismos quienes contribuimos a
que se produzcan tan indeseables
situaciones. Acuérdense del
barco que reventó en el mar y
dio lugar a una impresionante
demostración de solidaridad
nacional, de eficacia en la
reacción y de capacidad
técnológica. No se regatearon
esfuerzos, se limpiaron arenas y
rocas hasta agotar la paciencia,
y hasta se extrajo el crudo del
fondo del mar succionándolo en
una operación sin precedentes.

Desde luego, si ya empiezan a hablarnos de esto y en estos términos unos señores que saben mucho de la cuestión y no se andan habitualmente con demasiadas bromas, digo yo que no podremos tomarnos la cuestión a beneficio de inventario, sobre todo porque uno lo oye y se le ponen los pelos de punta.
o de “shock sistémico” debía andar rondando por ahí hace algún tiempo, pero hasta hace poco no me enteré de que existía. Me llamó la atención, como me ocurrió con lo del “barrilete cósmico”. Esto del barrilete cósmico salió en televisión recién conocido el fraude de Madoff. Intenté averiguar a qué venía aquello, y descubrí que era simplemente un fondo de depósito ofrecido por una de las cajas españolas. Yo pensé entonces: ¡pues sí que estamos ahora para bromas!

Lo de poner nombres raros a las cosas debe haberse convertido últimamente en moda. Por ejemplo, a uno de los posibles escenarios de conflictividad para el 2030 le han bautizado con el siniestro nombre de “El lado oscuro de la exclusividad”. No me digan que no parece que, en vez de hablarnos de algo serio, no nos están anunciando el cuarto capítulo de “La guerra de las galaxias”. Yo creo que con esta extraña moda de los nombres raros no se hace sino añadir aún más niebla a nuestro ya de por sí inquietante futuro. Claro que en esto de las galaxias también se puede ver el lado cómico, que lo tiene. En el libro de mi promoción de la Escuela de Mando y Estado Mayor norteamericana publicamos la foto de los malos de la famosa película, con su nombres y todo, intercaladas entre las de los profesores.
der algo como aquello. Pensé yo entonces en la cara que se les habría puesto a los expertos de la Rand Corporation viendo la escena desde aquel ambiente de ordenadores y modelos aleatorios con los que pretendían imaginar el futuro.

De todo esto se deduce que poco puede fiarse uno de las predicciones, aunque haya que hacerlas, que de eso no cabe la menor duda. Para mí, el cambio fundamental de meter en baza los llamados “shocks sistémicos” es que ahora tendremos en cuenta en nuestros estudios, con toda naturalidad y sin temor a que nos tachen de siniestros, la posibilidad cierta de cataclismos impredecibles en los sistemas, que se sumarán a otros factores terroríficos de los que hasta hace relativamente poco nadie hablaba a la hora de tratar el tema de la seguridad, como es el caso del cambio climático, que nos evoca la imagen de ciudades sepultadas por las aguas y gente muriendo de hambre por la gran sequía; de las pandemias, con los servicios médicos desbordados y montones de cadáveres hacinados por los pasillos; y de las grandes catástrofes naturales, con los orgullosos rascacielos humillados entre los escombros. Según parece, en estos patéticos escenarios incluiremos también ahora unos “shocks sistémicos” que nos amargarán los desayunos y nos harán lamentar el terrible mundo en que vivimos. Todo lo cual tiene, por cierto, repercusión directa en nuestra sensación de inseguridad, desposeída ya de casi todos sus anclajes.

Pero lo verdaderamente patético de la cuestión es constatar cómo algunas veces somos nosotros mismos quienes contribuimos a que se produzcan tan indeseables situaciones. Acuérdense del barco que reventó en el mar y dio lugar a una impresionante demostración de solidaridad nacional, de eficacia en la reacción y de capacidad técnológica. No se regatearon esfuerzos, se limpiaron arenas y rocas hasta agotar la paciencia, y hasta se extrajo el crudo del fondo del mar succionándolo en una operación sin precedentes. Al final, todo quedó restablecido con un mínimo de daño para la naturaleza y para las personas. Luego la justicia habló, y dictaminó que todo se había hecho correctamente.

Uno piensa: ¡Qué gran ocasión para aumentar el prestigio de España! Pues, a pesar de todo, ya saben ustedes la que se armó. La tragedia fue convertida en motivo de desprestigio y de división para la nación, y además, pronto se le cogió el tranquillo, de forma que en la tragedia siguiente –que ya tenía como antecedente el 11S– sacaron de ella un “shock sistémico” que puso a España patas arriba, con su “antes” y su “después”. Y eso a pesar del “nunca mais”. Aún lo estamos pagando, y de lo que pagaremos todavía, ni se sabe.

Así que el hombre de hoy anda con miedo a un futuro impredecible y a lo que nosotros podamos añadir para mayor emoción.