Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
LA PAZ, COMO SÓLO IGNORAN LOS QUE
QUIEREN IGNORARLO, NO ES LA AUSENCIA
DE GUERRA ES LA AUSENCIA DE VIOLENCIA,
Y LA VIOLENCIA ES CONNATURAL A LA
ESPECIE HUMANA PUES EL BIEN Y EL MAL
FORMAN PARTE DE NUESTRA NATURALEZA
Y NUESTRO PASO POR LA VIDA ES UN
COMBATE PERMANENTE ENTRE AMBOS.
No es preciso ojear las páginas de la Historia
para comprobar que cada bando contendiente en
un conflicto bélico, lo ve bajo distinto prisma. El
conflicto que nos atañe directamente a los españoles
es, hoy, el que se libra en Afganistán. Un
conflicto con múltiples variables.
En el diario ABC del lunes 10 de Octubre decía
la entrevistada, doña Carme Chacón, Ministra de
Defensa, refiriéndose a la misión internacional en
Afganistán: “Ahora bien, esa tarea se desarrolla
en un escenario que no es de guerra convencional
pero sí de violencia generalizada, de gran
riesgo, de ataques frecuentes de la insurgencia”.
La situación en Afganistán no es, en efecto,
de guerra convencional, con dos ejércitos enfrenta- dos
que respetan ambos los convenios
internacio- nales, pero tampoco es, evidentemente,
un estado de paz. Es un modelo típico
de “nueva guerra”. Podríamos decir que es
una acción armada contra elementos hostiles
a la civilización occidental, con la intención
de pacificar un territorio y crear un modelo de
Estado democrático (en la inteligencia de que
en ningún país la democracia es una reali- dad,
ni lo ha sido nunca, ni siquiera en la Atenas
de Pericles; es una encomiable aspiración, un
ideal, al que unos países se aproximan más
que otros).
La enfermedad y la muerte alteran el equilibrio
inestable que es el estado de salud el cual siempre
deseamos pero alcanzamos rara vez. Dicen
mis paisanos que “en Galicia este año, el verano
cayó en jueves”. Parodiándolos cualquiera podría
decir “este año me tocó estar sano un lunes”. Gracias
a que la ciencia avanza, a pesar de los ecologistas,
la enfermedad se cura, el dolor se mitiga,
y la vida se prolonga. Pero, amanece un nuevo
día, y otra enfermedad nos aqueja, un nuevo
dolor nos atormenta y el inevitable final está más
próximo. Como toda situación de equilibrio inestable
el estado de salud es un hecho fortuito
(DRAE: “que sucede inopinada y casualmente”)
y efímero.
Otro tanto podría decirse del “estado de paz”.
Al igual que la salud, no basta desear la paz para
tenerla, es preciso conquistarla y mantenerla.
La paz, como sólo ignoran los que quieren ignorarlo,
no es la ausencia de guerra es la ausencia
de violencia, y la violencia es connatural a la
especie humana pues el bien y el mal forman
parte de nuestra naturaleza y nuestro paso por la
vida es un combate permanente entre ambos. Las
personas buenas son aquellas cuya tendencia al
bien triunfa, casi siempre, sobre la inclinación al
mal. Las personas malas, perversas, son aquellas
en que, con más frecuencia, ocurre lo contrario,
pues ni el bien ni el mal absolutos son patrimonio
del hombre. Aunque hay casos de bondad y maldad
que se aproximan bastante.
La paz es consecuencia de la guerra como nos
demuestran todos los tratados de paz. Y la guerra
es consecuencia de la diferencia de criterios y de
intereses entre los distintos pueblos o
naciones. Cuando la diferencia de criterios
es entre personas la solución
puede variar desde el apretón de
manos al asesinato; cuando es entre
tribus, naciones o imperios desde la
firma de convenios a la guerra.
Son muchos, hoy y a lo largo de la
historia, los grupos humanos, y las
personas, que proclaman su deseo de
paz, pero, casi siempre, la paz a la que
aspiran es la paz diseñada por ellos
mismos, una paz a medida de sus deseos,
que suelen estar en contradicción
con los de otros grupos humanos.
La paz será universal el día en que
cada uno de nosotros esté en paz consigo
mismo, lo cual no ocurrirá nunca.
Los que se preocupan de la guerra del
Congo y hacen la vida imposible a su
comunidad de vecinos son genocidas
frustrados.
LA GUERRA CONVENCIONAL, QUE SE INICIABA
CON LA “DECLARACIÓN DE GUERRA” DE
UN “ESTADO SOBERANO” A OTRO “ESTADO
SOBERANO” NO ES ACTUAL, YA QUE HOY LOS
AGRESORES NO SON, GENERALMENTE, UN
ESTADO SOBERANO, NI SIQUIERA UN ESTADO,
SON COMBATIENTES ANÓNIMOS, SIN
UNIFORME, SIN NOMBRE NI BANDERA, QUE NO
OCUPAN UN TERRITORIO DEFINIDO, Y CUYO
OBJETIVO FINAL ES TAN AMBICIOSO COMO LO
FUE EN EL SIGLO VII.
N
Al igual que el hombre nace para la muerte, nace
para la lucha. Lo más que podemos esperar es que
la muerte sea digna y la lucha noble. Los que, con
ingenuidad en unos casos y con malicia en otros,
gritan: “¡No a la guerra!”, podrían gritar con el
mismo entusiasmo “¡No al dolor!” o “¡No a la
muerte!”, salvo si se están refiriendo a una guerra
en concreto, en cuyo caso debían decirnos cuál es
y la razón por la cual reprueban esa guerra entre
los cerca de cien conflictos armados que ensangrientan
hoy el mundo.
Si aceptamos, tal como nos demuestra la realidad,
que la guerra es un fenómeno social
inevitable, lo que deben hacer los hombres
responsables de los gobiernos de las naciones
es impedirla, cuando esto sea posible, y el
único medio para ello es fortalecer a la nación,
material y moralmente.
Humanizarla, ajustando la acción de guerra
a la Carta de las Naciones Unidas, a los Convenios
y Protocolos de Ginebra y al Catecismo
de la Iglesia, cuyos artículos 2312,
2313 y 2314, me voy a permitir transcribir:
o es mi pretensión competir con el
conde León Tolstoi, pues soy consciente
de que no doy la talla. Sólo pretendo
comentar las ideas de Marx, no
de Karl sino de Groucho pues creo que fue el que
dijo que “la paz y la salud son dos estados anormales
que no presagian nada bueno”. Pienso
que, como en todas sus máximas, hay en ésta un
fondo de razón. La paz y la salud son dos situaciones
de equilibrio inestable, puesto que el
hombre, un ser imperfecto, nace para la muerte
y para la lucha.
GUERRA Y PAZ
La guerra tiene muchos apellidos –convencional, atómica, subversiva, de guerrillas, química,
bacteriológica, a muerte, sin cuartel, civil, fría,
“santa”, etc.–, pero un solo nombre: guerra. Recientemente
apareció el concepto de “nuevas
guerras”. La guerra convencional, que se iniciaba
con la “declaración de guerra” de un “estado soberano”
a otro “estado soberano” no es actual, ya
que hoy los agresores no son, generalmente, un
estado soberano, ni siquiera un estado, son combatientes
anónimos, sin uniforme, sin nombre ni
bandera, que no ocupan un territorio definido, y
cuyo objetivo final es tan ambicioso como lo fue
en el Siglo VII.
Parece bastante evidente que la destrucción de
las Torres Gemelas fue un acto de guerra. La nación
agredida eran los Estados Unidos de América,
pero no había una nación agresora a la que
pudiera declararse la guerra. El enemigo se concretó
en un hombre Osama bin Laden, a quien
los EEUU acusan de ser responsable directo de
la acción, y una organización Al-Qaeda encargada
de la ejecución. Acabar con el hombre parece
difícil, pero no imposible. Pero la
organización, Al-Qaeda, no es una nación, ni un
ejército, son hombres y mujeres enfervorizados
por una idea, una doctrina, que prende en la
mente de los seguidores del Islam como una
llama en un pajar, y los anima a la guerra. Grupos
de fanáticos cuya arma secreta más efectiva es el
desprecio a la vida, y cuya doctrina no se puede
derrotar sólo con cañones.
La misión de nuestras unidades es prestar ayuda a la población civil de un país en el cual los combatientes están mezclados con dicha población y la dominan, los que tienen la fuerza rechazan la ayuda y tratan de impedirla empleando la acción armada, y el modelo de Estado que se quiere implantar, la democracia, está en absoluta oposición con el modelo de gobierno tradicional de los países del Islam desde el citado Siglo VII, la teocracia, que, con mayor o menor rigor, todo musulmán respeta y, lo que es más grave, trata de imponer al resto del mundo.
El conflicto de Afganistán no es más que un
ejemplo de lo difícil que es la conquista de la
paz aún para los hombres de buena voluntad,
como lo son todos los españoles allí desplazados.
Ahora bien, en Afganistán están en curso
dos operaciones, una militar denominada “Libertad
duradera”, liderada por los Estados
Unidos con el apoyo de la ONU, en la que no
participa España, y una operación de ayuda al
país realizada por ISAF (Fuerza Internacional
de Ayuda a la Seguridad), coordinada por la
OTAN, en la que España está integrada.
Concretando, podríamos decir que la misión
de las unidades armadas españolas destacadas
en Afganistán no es combatir, es
según la “vox pópuli”, “repartir bocadillos”,
entendiendo esta expresión en el amplio sentido
de prestar todo tipo de ayuda a la población
civil, pero tendríamos que puntualizar
que no están repartiendo bocadillos en el patio
del colegio, lo están haciendo en el infierno
–“en un escenario de violencia generalizada,
de gran riesgo, de ataques frecuentes de la insurgencia”–
y en un infierno en el que los diablos
no quieren bocadillos.

Nadie con uso de razón ignora que la paz eterna y universal no es más que un buen deseo, una utopía inalcanzable y, en el peor de los casos, una “milonga”, según dicen los castizos. Nací entre dos guerras mundiales. En la lejana fecha en que vi la primera luz las ásperas laderas del monte Gurugú estaban empapadas en sangre de españoles, y a lo largo de los años de mi vida no ha habido ni un solo día de paz en el mundo. Sin embargo, me considero un hombre afortunado pues nunca tuve que empuñar las armas contra mis semejantes.
Y, cuando, desgraciadamente, sea inevitable,
ganar- la, pues, si bien la guerra
es un cúmulo de males, el mayor de
todos, si se emprende, es perderla.
Art. 2312: “La Iglesia y la razón humana
declaran la validez permanente de
la ley moral durante los conflictos armados;
una vez estallada, desgracia- damente,
la guerra, no todo es lícito entre
los contendientes”
Art. 2313: “Es preciso tratar con humanidad
a los no combatientes, a los heridos
y a los prisioneros. Las acciones
deliberadamente contrarias al derecho
de gentes y a los principios universales,
como asimismo, las disposiciones
que las ordenan, son
crímenes”.
Art. 2314: “Toda acción
bélica que tiende indiscriminadamente
a la destrucción
de ciudades enteras o
de amplias regiones con sus
habitantes, es un crimen
contra Dios y contra el
hombre mismo, que hay
que condenar con firmeza y
sin vacilaciones”.
SI ACEPTAMOS, TAL COMO NOS
DEMUESTRA LA REALIDAD, QUE LA
GUERRA ES UN FENÓMENO SOCIAL
INEVITABLE, LO QUE DEBEN HACER
LOS HOMBRES RESPONSABLES DE LOS
GOBIERNOS DE LAS NACIONES ES
IMPEDIRLA, CUANDO ESTO SEA POSIBLE,
Y EL ÚNICO MEDIO PARA ELLO ES
FORTALECER A LA NACIÓN, MATERIAL Y
MORALMENTE.