De cuando
el servicio militar
era obligatorio
ra costumbre, que se pierde allá en
los tiempos, que por la Cuaresma
entrara en el programa de Formación
de la tropa charlas del Pater,
para facilitar el cumplimiento Pascual
de cuantos soldados quisieran. Como la religión
más común –por no decir única– era la
católica, al tiempo de aprovechar los mandos,
para integrarnos gustosos al mismo “cumplimiento”,
solíamos ayudar al Pater en la medida
de nuestras posibilidades con teóricas si no religiosas,
sí complementarias, al recio estilo
cuarte-
Entraron “ellas”. Disfraces “apañados sobre
la marcha”, sí despertaron alguna carcajada.
Pero concluidas, el silencio se hizo sepulcral.
Comenzó la actuación. Creo que alguno de mis
auxiliares, “se enjaretó” algún tintorro de más,
porque lo ensayado fue nada comparado con la
actuación en vivo y en directo. Exagerado, pero
sirvió a “todos” los efectos. Las muy tunantas…
cumplieron más que a la perfección su
comprometedor cometido. Vamos, que se pasaron
siete pueblos. Risas incontenidas e incontenibles.
Ambiente propicio. El deseado para
los fines propuestos. Y reacciones diversas
–éstas sí, bien ensayadas y no improvisadas–
de los diferentes “acosados”. Desabrochada la
guerrera de “las pendones actuantes” con protuberancias
semidescubiertas, se llevaron a alguno
de los auxiliares a lo más profundo de la
nave-dormitorio, que, recogidas tablas, bípodes
(¿cómo se llamaban?) y jergones de borra,
hacía las veces de
Carlos de Bustamante Alonso
Coronel de Infantería
Mutilado Absoluto en acto de servicio
De cuando
el servicio militar
era obligatorio
“salón de conferencias”. Otros, como más serenos…, rechazaron con energía, no exenta de cortesía, el compromiso
que se les ofrecía de forma tan exagerada como a
propósito muy burda. Terminaron la actuación
entre aplausos enfervorizados de la juventud que
contemplaba intrigada la representación. Tampoco
caminaban ellos (los “acosados”) con muy
buena pinta: enjarrillados cuasi al límite (esto
también ensayado pero ahora muy real): guerrera
descolocada, gorro semicaído… En fin, en verdadero
“traje de faena”. A mis preguntas para explotar
el éxito inicial, hubo respuestas de lo más
variadas y variopintas, que el buen decoro no me permite transcribir textuales. Expresiones recias,
con las que nadie, claro, se rasgó las vestiduras…
A la pregunta sobre quién hizo bien, mejor, o quién mal, las respuestas fueron realmente curiosas
y que me comprenderán si no transcribo íntegras,
porque lo que relato fue real. Sin pirueta
literaria. Como la vida misma, por lo menos
“ayer”. Ganaron por goleada los que estaban a
favor de aprovechar lo que se las habían puesto
como las perdices a Felipe II. Sólo unos pocos,
callaron (¿luego también otorgaron?). Sin arrobamientos
clericales, el teniente instructor (también
servidor de ustedes), les explicó primero el
respeto debido al uniforme en lugares públicos.
No convencí. Pero lo oyeron. Y lo recordarían
siempre. Luego, les conté la anécdota (real) de
Pater africano, que tras los cánticos de la tenientada
en su tienda del campamento, a mi pregunta
de si le gustaban las “napolitanas” (quise decir y
no dije, “canciones”), me contestó muy serio:
“hombre, gustarme, Carlos, claro que me gustan,
¡¡pero me aguanto”!! Se hizo el silencio. Lo aproveché,
para sin remilgos pero con francas palabras
no todas propias para escribir, decirle cuál
era en mi opinión el mayor signo de hombría…
Lo demás, sin ocultarlo, pero sin suplantar a
quien le correspondía, dije poco.
Entró el Pater. Se ganó primero al personal (la
tropa), “arreándose un lingotazo” en el bar improvisado
de padre y muy señor mío. Luego, ni
idea lo que les dijo. Sé que les habló de confesiones.
Al siguiente día, vinieron “una tropa de Páteres”
para las confesiones. Un soldado, recio él,
franco él y timorato él, me dijo si podía hablar
conmigo. No sin cierta extrañeza por las circunstancias,
porque siempre estuve abierto a todos
mis soldados escuché con asombro: “ Es que, mi
teniente (¡ay que hace 1200 años!), yo quiero
confesarme con usted que conozco y no con el
Pater que ni idea”. No me reí, no, que la cosa
tenía pelendengues…Charlamos. No le confesé,
claro. Pero charlamos. Timorato él, “nos acercamos
donde estaban los curas… Me miraba, les
miraba… sudando a mares… “es que mi teniente,
sólo me confesé en el pueblo cuando hice
la primera comunión y ya no sé ni cómo se hace”.
Ahora más brevemente, pero volvimos a charlar.
“Que si quieres arroz Catalina”…les miraba, me
miraba… Tomé la iniciativa. Me confesé primero.
Cuando salía del confesionario improvisado,
vi, sin mirar, cómo se arrodillaba ante el
“temeroso Pater”. Salió feliz. En el Hogar del soldado,
fuimos ahora nosotros los que nos arreamos
los lingotazos. Saludo marcial y un ¡gracias
mi teniente!, que le salió del alma.
lero. Y servían, ¡vaya que si servían! Lo
verán.
Siempre preocupados todos los mandos, cada
uno en la medida de su vocación al Servicio de
España, complementaba el que suscribe al
Pater, con charlas más apropiadas por el contenido,
al oficial instructor que al “imprescindible
cura castrense”.
Les decía a mis soldados cómo comportarse
en lugares públicos: bares, cafeterías, incluso
lugares de alterne (que alguno –aunque muy
pocos– sí había), a los que pudieran aterrizar en
ellos más o menos queriendo u obligados por
alguna circunstancia. Aclarado primero el error
de éste “verse obligados”, escenifiqué con auxiliares
(veteranos previamente preparados
para la importante misión educativa puramente
militar, sin yo excluir ninguna otra), escenifiqué,
digo, un caso de soldados comprometidos…
por alguna pobre mujer de no muy buena
nota. Bar con mostrador a modo de “barra”.
Mesas con cacahuetes (el presupuesto no daba
para más), y algún vaso de vino peleón (por
idem de idem), y auxiliares de uniforme, sentados
en alegre camaradería. La atención era
tal, que salvo alguna risa contenida de los más
experimentados, podía oírse el vuelo de una
mosca…
E