EL TESORO DE
LA "MARÍA PITA"

Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
La idea de Su Majestad
Carlos IV era hacer llegar la
vacuna contra la viruela hasta
los últimos confines del
imperio español. Una idea
humanitaria que, como toda
gran idea, iba encontrar
enormes obstáculos para su
realización siendo uno de
ellos, y no el menor, la
incomprensión humana.

La primera pregunta que podemos hacernos es ¿por qué era preciso servirse de niños para transportar la vacuna? Porque el viaje era largo, unos seis meses (en Mayo llegó a Puerto Rico), y la vacuna in vitro perdía su efectividad en poco tiempo. Para conservarla viva era preciso que viajara de brazo en brazo. Y no interesaba emplear adultos porque, aún sin saberlo, podían estar inmunizados y, por otra parte, su docilidad y obediencia a lo largo de tan azarosa aventura eran muy dudosas, aunque por dinero u otras razones se hubieran prestado voluntariamente.

A principios del Siglo XIX los niños eran un bien efímero. La mortalidad infantil era tan alta que la muerte de los niños se aceptaba como un hecho natural. Y la de los niños abandonados recluidos en las instituciones estatales una simple estadística. El abandono de los niños obedecía principalmente a dos razones: la miseria, y la inhumana presión social que se ejercía contra los niños nacidos fuera del matrimonio. El hambre y el deshonor segaban la vida de miles de niños. Los tornos de los conventos o las puertas de las casas señoriales eran, con frecuencia, la única vía de salvación. Ya desde Alfonso X el Sabio el abandono de niños era una preocupación de la Corona, pero no fue hasta

A cualquier adolescente español le suena el nombre de Búfalo Bill, el exterminador de indios; dudo mucho que a uno de cada mil le suenen los nombres de los doctores Balmis y Salvany. Frente a la leyenda heroica del “Far West”, que consistió esencialmente en eliminar las razas aborígenes, España soportó durante siglos, y aún soporta, el injusto estigma de la leyenda negra, que esgrimen como una daga emponzoñada los caudillos populistas de aquellos pueblos que el imperio español salvó de la desaparición, pues es fácil comprobar que en Hispanoamérica (no Latinoamérica) la actual población de pura sangre indígena es mucho mayor que la que existía cuando Colón arribó a aquellas playas..., sin contar los millones de mestizos.

Empecé a escribir estas líneas pensando en los niños. Es indudable que las personas mayores que tomaron parte en esta gran aventura fueron unos héroes y que la humanidad contrajo con ellos una deuda impagable, pero eran conscientes de las tremendas dificultades que tendrían que superar, de los riesgos que iban a correr. Pusieron sus vidas en un platillo de la balanza, en el otro estaban las vidas de millones de seres humanos, y pesaban más. Su satisfacción moral les compen- saba de todos sus padecimientos.

a “María Pita” era una corbeta de doscientas toneladas que el día 30 de noviembre de 1803 zarpó del puerto de La Coruña hacia el Nuevo Continente, al mando de Don Pedro del Barco, transportando una carga, más preciada que el oro, destinada a salvar millones de vidas humanas. Aquella carga eran veintidós niños.

La aventura de la “María Pita” se había iniciado siete años antes, en 1796, cuando el médico inglés Edward Jenner, observando que las ordeñadoras de vacas tenían, en las manos, pequeñas pústulas, que apenas les producían molestias, y que las inmunizaban contra la viruela humana –la mortífera “peste roja”– dedujo que la viruela de las vacas era inmunizante e inoculó a un niño de ocho años, James Phipps, con pus extraído de la mano ulcerada de una ordeñadora. Días después lo inoculó con viruela humana y comprobó que la enfermedad no se desarrollaba. Había descubierto además de la prevención de la viruela un nuevo sistema para erradicar enfermedades: la vacunación. Si el avance de la ciencia médica estuviera jalonado cómo las calzadas romanas Edward Jenner sería uno de los jalones.

La viruela, con más de 3.000 años de antigüedad y una tasa de mortalidad de hasta el 30% de los infectados, había llegado a Europa desde Oriente. La terrible peste llegó con los Cruzados mezclada con el amargo sabor de la derrota. Varias epidemias asolaron Europa y, descubierta América, arribó a Méjico transportada por un soldado de la hueste de Pánfilo de Narváez. En un acto de justicia, Su Majestad Don Carlos IV decidió llevar el remedio adonde siglos antes se había llevado el mal y ordenó se organizase la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, sufragada con fondos públicos, y dirigida por el médico de la corte Don Francisco Javier Balmis, que llevaba como subdirector al cirujano Don José Salvany Lleopart.

La idea de Su Majestad Carlos IV era hacer llegar la vacuna contra la viruela hasta los últimos confines del imperio español. Una idea humanitaria que, como toda gran idea, iba encontrar enormes obstáculos para su realización siendo uno de ellos, y no el menor, la incomprensión humana.

Pido perdón a los historiadores por invadir su campo, que no es el mío –suponiendo que lo sea alguno– pero quiero romper una modesta lanza a favor de unos niños que, sin ser consultados, fueron convertidos en mártires de la ciencia y, en algunos casos, dieron su vida por salvar la de otros. En la ciudad de La Coruña, en la playa del Parrote, se levanta un sencillo monumento en memoria de estos niños.

finales del siglo XVII cuando los hospicios infantiles fueron una realidad en todas las ciudades españolas de importancia. Y, aunque ellos lo ignoraban, aquellos niños fueron, en muchas ocasiones –como es el caso que relato– valiosos colaboradores de aquella sociedad que los marginaba.

Entre otras razones de menor importancia se decidió que los niños que iban a ser protagonistas de la “Real  Expedición  de  la  Vacuna” procedieran de la Casa de Niños Expósitos de Santiago de Compostela

Empecé a escribir estas
líneas pensando en los niños.
Es indudable que las personas
mayores que tomaron
parte en esta gran aventura
fueron unos héroes y que la
humanidad contrajo con ellos
una deuda impagable, pero
eran conscientes de las
tremendas dificultades que
tendrían que superar, de los
riesgos que iban a correr.
Pusieron sus vidas en un
platillo de la balanza, en el
otro estaban las vidas de
millones de seres humanos, y
pesaban más. Su satisfacción
moral les compensaba de
todos sus padecimientos.

L

porque los niños acogidos en el hospicio madrileño ya habían participado en algunas pruebas de vacunación, eran todos menores de ocho años, y ofrecían menos garantías de soportar con vida tan larga y penosa travesía.

Cuando el 30 de Noviembre de 1803 la corbeta “María Pita” zarpó del puerto de La Coruña, la “Real Expedición de la Vacuna”, bajo la dirección del Dr. Balmis, se componía de tres médicos, dos practicantes, cuatro enfermeros, la Rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña encargada del cuidado de los niños, Doña Isabel acompañada de su hijo niño, y veintidós niños huérfanos de edades comprendidas entre ocho y diez años, amén de miles de ejemplares del “Tratado práctico e histórico de la vacuna” para información de los médicos de aquellos países que iban a visitar.

Los niños ignoraban la razón de sus padecimientos. Eran recogidos de los orfanatos y embarcados sin saber adonde iban. Dóciles e inermes se dejaban conducir pasivamente. Nadie les explicó el enorme valor de su sacrificio y, de todas formas, eran tan pequeños que no podrían comprenderlo. Y su futuro, una vez utilizados, era muy incierto. ¿Qué fue de aquellos niños? ¿Alguno de ellos fue, al fin, afortunado o les tocó siempre bailar con la más fea? Se sabe el número de los que murieron en la empresa; las vidas de los otros fueron gotas de agua perdidas en aquel inmenso mar que era, entonces, el imperio español. No tenemos noticias de que se cumplieran las humanitarias previsiones del Dr. Balmis que, antes de la salida de la expedición, dirigió a la Real Cancillería un escrito en el que exponía su preocupación en los siguientes términos:

      “En cuanto el destino de los niños españoles en       su arribo a América y concluidas las       vacunaciones me parece más preferible       regresarles a España en el primer buque que se       presente de la Real Armada y podrán ser más       felices si la piedad del Rey les señala cinco o seis       reales diarios hasta que lleguen a ser aptos para       ser empleados…”

Nadie más merecedor que aquellos niños del elogio que Edward Jenner dirigió a los expedicionarios:

      “No puedo imaginar que en los anales de la       Historia se proporcione un ejemplo de       filantropía más noble y más amplio que éste”.
L
EL TESORO DE
LA "MARÍA PITA"
La “María Pita” con su filantrópica carga visitó Canarias, Puerto Rico y Venezuela, donde la expedición, una vez cumplida su tarea en aquella región, se dividió. Un grupo dirigido por el Dr. Balmis visitó Cuba, y el Virreinato de la Nueva España –Méjico y América Central–, efectuando más de 100.000 vacunaciones, para dirigirse posteriormente a Manila, embarcando en el “Magallanes”, el 8 de Febrero de 1805, con seis ayudantes y veintiséis niños. Una vez efectuadas las vacunaciones en Manila, el incansable Dr. Balmis, acompañado de un ayudante y tres niños, se dirigió a Macao, embarcando el 3 de Septiembre de 1805, en la fragata “Diligencia”, que fue desarbolada por un tifón a mitad de la travesía; tragedia que describió así el Dr. Balmis:

“En pocas horas desmanteló la fragata, con pérdida del palo de mesana, las jarcias, tres anclas, el bote, la lancha y veinte hombres extraviados; no había uno entre nosotros que no esperase por momentos ser sepultado entre las olas del mar… la conservación de la vacuna y el implorar la misericordia divina fue todo mi empeño, sin que el hallarme solo para toda clase de asistencia de los tres niños, ni mi falta de fuerzas fuera capaz de postrarme… llegó por fin el día dieciséis en que empezó a serenarse el tiempo y en el momento, arrostrando los eminentes riesgos de los piratas chinos que inundan estos mares, verifiqué mi desembarco en una pequeña canoa llevando en mis brazos a los tres niños, con lo que aseguramos nuestras vidas y la preciosa vacuna”
Cumplida su misión en Macao se dirigió a Cantón con la intención de que la vacuna llegase a China, pero su tenacidad se estrelló contra la resistencia de las autoridades chinas, y sólo consiguió vacunar a veinte personas.

Ante la imposibilidad de llevar más lejos la vacuna, el Dr. Balmis decidió regresar a España y gracias a un préstamo de 2.500 pesos que le hizo el agente de la Real Compañía Filipina pudo embarcar en el barco portugués “Bom Jesús de Alem” y partir hacia Lisboa en Febrero de 1806 llevando consigo, además de la satisfacción de haber realizado una labor humanitaria excepcional cumpliendo los deseos de su Rey, grandes conocimientos de la medicina, la cirugía y la farmacia chinas, el arte chino, cientos de dibujos y diez grandes cajas con muestras de la flora asiática.

Al dividirse la expedición, el Dr. Salvany Lleopart con algunos ayudantes y parte de los niños se dirigió a la actual Colombia, visitando Cartagena de Indias, Barranquilla y Bogotá. Marchó después a Quito, y, posteriormente pasó a Chile y el Perú. La expedición tuvo que vencer inmensas dificultades y sufrió penalidades sin cuento, incluyendo naufragios, ataques
de las tribus indígenas, travesías de la selva, el cruce de los Andes, graves enfermedades, temperaturas extremas. El Dr, Salvany perdió un ojo en su viaje a Quito, después una pierna y, finalmente, la vida. Tenía 34 años.