EL TESORO DE
LA "MARÍA PITA"
La primera pregunta que podemos hacernos es
¿por qué era preciso servirse de niños para transportar
la vacuna? Porque el viaje era largo, unos seis
meses (en Mayo llegó a Puerto Rico), y la vacuna in
vitro perdía su efectividad en poco tiempo. Para conservarla
viva era preciso que viajara de brazo en
brazo. Y no interesaba emplear adultos porque, aún
sin saberlo, podían estar inmunizados y, por otra
parte, su docilidad y obediencia a lo largo de tan azarosa
aventura eran muy dudosas, aunque por dinero
u otras razones se hubieran prestado voluntariamente.
A principios del Siglo XIX los niños eran un bien
efímero. La mortalidad infantil era tan alta que la
muerte de los niños se aceptaba como un hecho natural.
Y la de los niños abandonados recluidos en las
instituciones estatales una simple estadística. El
abandono de los niños obedecía principalmente a dos
razones: la miseria, y la inhumana presión social que
se ejercía contra los niños nacidos fuera del matrimonio. El hambre y el deshonor segaban la vida de
miles de niños. Los tornos de los conventos o las
puertas de las casas señoriales eran, con frecuencia,
la única vía de salvación. Ya desde Alfonso X el
Sabio el abandono de niños era una preocupación de
la Corona, pero no fue hasta
a “María Pita” era una corbeta de doscientas toneladas
que el día 30 de noviembre de 1803 zarpó
del puerto de La Coruña hacia el Nuevo Continente,
al mando de Don Pedro del Barco, transportando
una carga, más preciada que el oro,
destinada a salvar millones de vidas humanas.
Aquella carga eran veintidós niños.
La aventura de la “María Pita” se había iniciado
siete años antes, en 1796, cuando el médico inglés
Edward Jenner, observando que las ordeñadoras
de vacas tenían, en las manos, pequeñas
pústulas, que apenas les producían molestias, y
que las inmunizaban contra la viruela humana –la
mortífera “peste roja”– dedujo que la viruela de
las vacas era inmunizante e inoculó a un niño de
ocho años, James Phipps, con pus extraído de la
mano ulcerada de una ordeñadora. Días después
lo inoculó con viruela humana y comprobó que la
enfermedad no se desarrollaba. Había descubierto
además de la prevención de la viruela un nuevo
sistema para erradicar enfermedades: la vacunación.
Si el avance de la ciencia médica estuviera
jalonado cómo las calzadas romanas Edward Jenner
sería uno de los jalones.
La viruela, con más de 3.000 años de antigüedad
y una tasa de mortalidad de hasta el 30% de
los infectados, había llegado a Europa desde
Oriente. La terrible peste llegó con los Cruzados
mezclada con el amargo sabor de la derrota. Varias
epidemias asolaron Europa y, descubierta
América, arribó a Méjico transportada por un soldado
de la hueste de Pánfilo de Narváez. En un
acto de justicia, Su Majestad Don Carlos IV decidió
llevar el remedio adonde siglos antes se había
llevado el mal y ordenó se organizase la “Real Expedición
Filantrópica de la Vacuna”, sufragada
con fondos públicos, y dirigida por el médico de
la corte Don Francisco Javier Balmis, que llevaba
como subdirector al cirujano Don José Salvany
Lleopart.
La idea de Su Majestad Carlos IV era hacer llegar
la vacuna contra la viruela hasta los últimos
confines del imperio español. Una idea humanitaria
que, como toda gran idea, iba encontrar enormes
obstáculos para su realización siendo uno de
ellos, y no el menor, la incomprensión humana.
Pido perdón a los historiadores por invadir su
campo, que no es el mío –suponiendo que lo sea
alguno– pero quiero romper una modesta lanza a
favor de unos niños que, sin ser consultados, fueron convertidos en mártires de la ciencia y, en algunos
casos, dieron su vida por salvar la de otros. En la ciudad
de La Coruña, en la playa del Parrote, se levanta
un sencillo monumento en memoria de estos niños.
finales del siglo XVII cuando los hospicios infantiles fueron una realidad en todas las ciudades españolas de importancia. Y, aunque ellos lo ignoraban, aquellos niños fueron, en muchas ocasiones –como es el caso que relato– valiosos colaboradores de aquella sociedad que los marginaba.
Entre otras razones de menor importancia se decidió que los niños que iban a ser protagonistas de la “Real Expedición de la Vacuna” procedieran de la Casa de Niños Expósitos de Santiago de Compostela
Empecé a escribir estas
líneas pensando en los niños.
Es indudable que las personas
mayores que tomaron
parte en esta gran aventura
fueron unos héroes y que la
humanidad contrajo con ellos
una deuda impagable, pero
eran conscientes de las
tremendas dificultades que
tendrían que superar, de los
riesgos que iban a correr.
Pusieron sus vidas en un
platillo de la balanza, en el
otro estaban las vidas de
millones de seres humanos, y
pesaban más. Su satisfacción
moral les compensaba de
todos sus padecimientos.
porque los niños acogidos en el hospicio madrileño
ya habían participado en algunas pruebas de vacunación, eran todos menores de ocho años, y
ofrecían menos garantías de soportar con vida tan
larga y penosa travesía.
Cuando el 30 de Noviembre de 1803 la corbeta
“María Pita” zarpó del puerto de La Coruña, la “Real
Expedición de la Vacuna”, bajo la dirección del Dr.
Balmis, se componía de tres médicos, dos practicantes,
cuatro enfermeros, la Rectora de la Casa de
Expósitos de La Coruña encargada del cuidado de
los niños, Doña Isabel acompañada de su hijo niño,
y veintidós niños huérfanos de edades comprendidas
entre ocho y diez años, amén de miles de ejemplares
del “Tratado práctico e histórico de la vacuna”
para información de los médicos de aquellos países
que iban a visitar.