l 3 de agosto de 1809 las tropas francesas del mariscal
Soult se apoderaban de Plasencia y diez
días más tarde parte de las mismas entraban en la
ciudad de Coria, donde inmediatamente iniciaron
una serie de indagaciones con el fin de localizar
dónde se encontraba el Obispo de esta Diócesis,
monseñor Juan Álvarez de Castro, que se había
convertido en un baluarte material y moral contra
la invasión de la Nación española por las tropas
napoleónicas. Los habitantes de la villa cacereña
de Los Hoyos, donde entonces residía el Obispo,
habían montado un servicio de espionaje y tan
pronto salía algún destacamento francés de Ciudad
Rodrigo a Coria o viceversa, los mozos más
robustos del pueblo se llevaban a hombros al anciano
Prelado y lo escondían en lugares ocultos
de la Sierra de Gata. El 29 de agosto de 1809, una
columna francesa procedente de Ciudad Rodrigo
descendía a través de la Sierra de Gata hacia Los
Hoyos. Su objetivo no era combatir a los guerrilleros
extremeños, sino dirigirse a la casa donde
residía el Prelado cauriense, cuya situación exacta
habían conocido por la delación de un español
afrancesado. Éste se encontraba en cama preso
de una alta fiebre y se había negado a ser trasladado.
Al entrar en la vivienda y sin atender los
ruegos de los familiares del Obispo y de los pocos
domésticos que le atendían y destrozando cuanto
hallaron a su paso, maltrataron despiadadamente
al Capellán y asesinaron al portero, para seguidamente
penetrar en el dormitorio de Álvarez de
Castro. Tendido en su cama y febril yacía el
Obispo y arrebatándole su pectoral comenzó la
soldadesca a pasárselo entre ellos, dándolo a besar
a cada uno y mofándose y burlándose de tan sagradas
insignias. Posteriormente lo sacaron violentamente
de la cama y tras desnudarlo lo
arrojaron al suelo boca arriba y uno de aquellos
forajidos le disparó dos veces a bocajarro, el primero
en la boca y el segundo en los testículos y
envuelto en su sangre, monseñor Álvarez de Castro
agonizó lentamente, para expirar a la una de
la tarde. Su edad era de 85 años, 7 meses y 2 días.
Juan Álvarez de Castro Muñoz había nacido en
el pueblo toledano de Mohedas de la Jara el 29
de enero de 1724, en el seno de una familia de
agricultores de educación cristiana. Aunque no se
conocen bien los orígenes de su carrera sacerdotal,
sí se sabe que ya con los doctorados en Teología
y Cánones, ganó en marzo de 1751 en
propiedad la Parroquia de Piedraescrita y diez
años más tarde la de Azután, ambas, pedanías de
Robledo del Mazo. En 1780 lograría la Parroquia
de San Justo y Pastor de Madrid, que ya figuraba
en el Fuero de 1202 y con una de las mayores feligresías
de la capital pues se extendía desde su
ubicación en la calle de San Justo hasta casi el
sur de la ciudad. Dicha iglesia, que había sido
destruida por un incendio en 1560, sería reemplazada
por un nuevo templo, que es la actual
Iglesia Pontificia de San Miguel. En Madrid dio
muestras de su virtud y ciencia y destacó notablemente
en el ejercicio de la palabra, merced a
sus grandes dotes oratorias. Ello llamaría la atención
de la Santa Sede, por lo que al estar vacante
la Silla de Coria, en 1790 y de acuerdo con el Gobierno
español, fue nombrado Obispo de dicha
ciudad, recibiendo la consagración episcopal en el Convento de Santo Tomás, hoy Parroquia madrileña
de La Santa Cruz.
En las Cortes de Cádiz, algunos diputados extremeños,
como Antonio Oliveros, canónigo de
San Isidro El Real de Plasencia, recordaron en
abril de 1810, que el Obispo Álvarez de Castro
fue bárbaramente asesinado por las tropas francesas.
Pero sería el diputado de las citadas Cortes
por Guatemala, Antonio Larrazábal Arrivillaga,
Pres- bítero y Rector de la Catedral de la capital de
su país, quien en 1814 presentase en Cádiz el más
completo y apasionado informe sobre la vida y la
muerte de este Prelado, finalizándolo con la petición
al Gobierno español que le declarase Benemérito
de la Patria. Al cumplirse el pasado 29 de
agosto del presente año 2009, los 200 años del
asesinato del Obispo de mi ciudad, considero que
la Conferencia Episcopal y la Real Academia de la
Historia debe- rían rendir público homenaje y reco- nocimiento
a Monseñor D. Juan Álvarez de
Castro por el sacrificio de su vida por la Fe, la Patria
y la Corona.
órgano principal de la Catedral, obra
del maestro Verdalonga de El Escorial y costeó la
casa del campanero. Se distinguió por su extraordinario
sentido de la caridad al volcar todos sus
esfuerzos morales y materiales en favor de los
más pobres y desvalidos. Siguiendo el Breve del
Papa Pío VI, creó una Casa de Misericordia para recoger a los niños expósitos, mereciendo
el reconocimiento del Gobierno de la Nación,
que le autorizó para nombrar directamente
al Director y Administrador de dicha
Obra, que subvencionaba con 90.000 reales
anuales. Más tarde y en coordinación con el
Corregidor de Coria, creó una Junta de Caridad,
a la que aportó una cantidad mensual
de 1.000 reales. En 1803 se conoció que la
suma que venía ya destinando cada año
entre los pueblos de su Obispado para atender
a los pobres se elevaba a 39.700 reales.
Su generosidad para los demás hizo que viviera
con gran modestia, pasando muchas
privaciones, especialmente en los cinco últimos
años de su vida. A los 81 años y con
la salud resentida y apenado por la muerte
de un familiar muy querido, se trasladó a la
villa de Hoyos, cuyo clima más seco le iba
mejor que el más húmedo del valle del río
Alagón, donde viviría con unos sobrinos.
Allí, previas las formalidades canónicas y
consulta al Consejo Real, nombró Gobernador
Eclesiástico al Arcediano de Valencia de Alcántara,
sin dejar de ocuparse diariamente de los
asuntos y problemas de su Diócesis.
Estando en su casa de Hoyos, le llegaron en la
mañana del 4 de mayo de 1808 las noticias sobre
los graves sucesos ocurridos en Madrid dos días
antes y la brutal represión francesa, conociendo
igualmente el Bando del Alcalde de Móstoles. La
traición de Napoleón hizo que se olvidase de sus
años y achaques y a pesar de estar casi ciego y
postrado, abandonó el lecho y apoyando las instrucciones
de la Junta de Badajoz, inició una intensa
actividad dictando una serie de pastorales y
circulares alentando a la ciudadanía a luchar en
defensa de la Patria, de la Religión y de la Corona,
manifestando un acendrado y fervoroso patriotismo.
Ya en 1798 y con motivo de la guerra contra
Gran Bretaña, había firmado una circular en la
que advertía que la Monarquía Española estaba
sufriendo una espantosa guerra y que para defender
con decoro a la Nación hacían falta grandes
sumas de dinero, para lo cual pedía ayuda a sus
diocesanos mediante dos tipos de suscripciones,
anticipando con su Cabildo a la Corona 500.000
reales y dos años después otros 300.000.
El 14 de junio de 1808 firmaría la primera circular
mandando rogativas públicas en las iglesias
de la Diócesis por el triunfo de las armas españolas
y la obligación de todos de defender a la Religión,
al Rey y a la Patria. Al día siguiente, dictaría
otra por la que ordenaba se entregase a la Junta Superior de Gobierno de Cáceres todos los caudales,
granos, semillas, ganados y líquidos pertenecientes
a cofradías, hermandades, santuarios,
obras pías y fábricas de iglesia del Obispado, para
mantener las tropas que se armasen en defensa del
Rey, de la Patria y de la Religión. Días después,
informado que en algunos pueblos de la Diócesis
habían ocurrido altercados contra los alistamientos
para la guerra, el 23 de junio publicaba una
tercera circular, mandando que en todas las Parroquias
los fieles realizasen un solemne juramento
ante el Divino Señor Sacramentado
expuesto, con la siguiente fórmula: “Juramos y
prometemos defender nuestra santa Religión, a
nuestro Soberano Fernando VII y las propiedades
hasta la última gota de nuestra sangre”. Conocedor
de los graves desórdenes acaecidos en
Badajoz a finales de mayo, que acabaron con la
vida del Capitán general interino, Conde de la
Torre del Fresno, firmó el 30 de junio una gran
pastoral a fin de preservar su Diócesis de tales hechos,
por lo que aconsejaba la unión de todos los
españoles frente a la pretensión de Napoleón de dividirlos
y así poder dominarlos. Pero la pastoral
más patriótica sería la promulgada el 20 de septiembre,
en la cual mandaba a todo el clero y a los
seglares dieran gracias a Dios por el triunfo de
nuestro Ejército en la Batalla de Bailén, en la que
decía: “…El Señor ha humillado a los soberbios…
y que los nombres venerables de los Jefes del Ejército
católico y todos sus soldados pasen a la remota
posteridad y que coronados de laureles
logren la palma inmortal… mandamos que en
todas las iglesias se celebren misas solemnes y Te
Deum de acción de gracias…”. Mediado el otoño
de 1808, firmó una nueva circular el 26 de noviembre,
en la que pedía se hiciesen tres días de
rogativas públicas y otras nueve privadas, por la
felicidad de nuestras armas y las necesidades de la
Monarquía y antes de finalizar el año mandaría
otra circular para informar a todos sus diocesanos
de la constitución de la Junta Central Suprema Gubernativa,
como depositaria de la soberana autoridad
del Rey. El 10 de enero de 1809 dictaría lo que
parece ser fue la última de sus circulares, pues las
tropas francesas habían comenzado una operación
tendente a su detención. En ese documento exhortaba
que en todas las Misas, en los actos sagrados
y en las calles, se recordase a los españoles el
deber de defender la Religión y la Patria de la profanación
y la esclavitud y el juramento solemne
que habían prestado “…que los destinados al servicio
de las Armas no se separen de sus Jefes, debiendo
conocer que la muerte ante el enemigo por la causa justa en que se encuentra la Nación, les
llenará de gloria, honrando con ello a sus padres,
mujeres, hijos, hermanos y deudos…”.