El modelo de
Hasta cuando puede inflarse un globo sin que estalle?
Toda expansión tiene su límite, cuando el límite se
rebasa el todo se convierte en pequeñas partes, casi
siempre inservibles.
Los bien intencionados redactores de la Constitución
de 1978, considerando a los españoles “justos y
benéficos”, cómo si los años transcurridos desde
1812 no hubieran pasado, redactaron una Constitución
en la que todos los españoles tuvieran acomodo,
cualquiera que fuera su lugar de nacimiento, el partido
político en el que militaran o el sindicato al que
estuvieran afiliados,
en la ingenua creencia
de que dicha Constitución
sería respetada.
Creían de buena fe en
“la indisoluble unidad
de la Nación española,
patria común e indivisible
de todos los españoles”,
también creían
que se podía reconocer
“el derecho a la autonomía
de las nacionalidades
y regiones”
sin fijar unos límites al
citado derecho y confiando
en “la solidaridad
entre todas ellas”. Y
pensaban que “los españoles
son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer
discriminación alguna por razón de nacimiento,
raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición
o circunstancia personal o social”, y que “todos
tienen derecho a la vida y a la integridad física y
moral”. Asimismo creían que “todos los españoles”
tenían “el deber de conocer y el derecho a usar” el
castellano que es “la lengua española oficial del Estado”.
Y creían que “Los poderes públicos” deben garantizar
“el derecho que asiste a los padres para que
sus hijos reciban la formación religiosa y moral que
esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Y que
“los españoles tienen el derecho y el deber de defender
a España”. Como tantos padres, “los padres de la
Constitución” eran unos padres ingenuos.
Tal vez pensaron que en España amanecía, pero en
las naciones con tantos siglos de existencia nunca
vuelve a amanecer. Ocurre, a veces, que llega el ocaso
y desaparecen en una noche sin historia.
Me voy a permitir mirar hacia el pasado. “En mi
calidad de anciano, que sobrevive, no puedo menos
de cotejar los luminosos tiempos de mi juventud, ennoblecidos
con la visión de una patria común henchida
de esperanzas, con
los sombríos tiempos
actuales, preñados de
rencores e inquietudes.
Convengamos, desde
luego –y eso nos lo
echan en cara diariamente
los extranjeros–
en que moramos en una
nación decaída, desfalleciente,
agobiada de
deudas, empequeñecida
territorial y moralmente,
en espera angustiosa de
mutilaciones irreparables.
Yo bien se que catalanes
y vascos consideran
ilusorio tamaño
peligro y hacen fervientes manifestaciones de su adhesión
y amor a España. Y no se me oculta que lo
mejor del pueblo vasco, catalán y de otras regiones
comparten tan nobles sentimientos. ¿Pero los comparten
las masas fanáticas de las mismas y los avispados
caciques que las sugestionan? Yo desearía
creer en dicho ingenuo optimismo, compartido por
algunos catalanes prestigiosos, ...empero cada día
aparecen síntomas menos tranquilizadores.
Descuellan entre ellos la catalanización de la Universidad;
los ultrajes reiterados a la sagrada bandera
española; las manifestaciones francamente antifascistas, pero en realidad francamente
separatistas con los consabidos
mueras a España, por
nadie reprimidos; el cántico retador,
aún en manifestaciones
ajenas a la política, de Els Segadors;
el hecho incuestionable de
que son o fueron separatistas los
gobernantes de la Generalidad, y
sobre todo la pérdida o progresiva
tibieza de esa cordialidad de
sentimientos fraternos, causa generadora
de suspicacias y excesos
pasionales con el menor
pretexto.
No me explico este desafecto a
España de Cataluña y Vasconia.
Si recordaran la historia y juzgaran
imparcialmente a los castellanos,
caerían en la cuenta de
que su despego carece de fundamento
moral, ni cabe explicarlo
por motivos utilitarios. Los cacareados fueros,
cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V, en pago a la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar ¡estrangulando las libertades castellanas! ...Y tampoco recuerdan estos flamantes nacionalistas que, conquistada Euzkadi por los franceses, en el Siglo XVIII, hubo que rescatarla cediendo al invasor, a guisa de honorarios, la isla de Santo Domingo.
No soy adversario, en principio,
de la concesión de privilegios
regionales, pero a condición
de que no rocen lo más mínimo
el sagrado principio de la unidad
nacional. Sean autónomas las regiones,
más sin comprometer la
hacienda del Estado. Sufráguese
el costo de los servicios cedidos,
sin menoscabo de un excedente
razonable para los inexcusables
gastos de soberanía.
La sinceridad me obliga a confesar
que este movimiento centrífugo,
es peligroso, más que en
sí mismo, en relación con la especial
psicología de los pueblos
hispanos. Preciso es recordar
–así lo proclama toda nuestra
historia– que somos incoherentes,
indisciplinados, apasionadamente
localistas, amén de
tornadizos e imprevisores. El
todo o nada es nuestra divisa.
Nos falta el culto de la patria
grande. Si España estuviera poblada
de franceses e italianos,
alemanes o britanos, mis alarmas
por el porvenir de España se disiparían;
porque estos pueblos
sensatos saben sacrificar sus pequeñas
querellas de campanario
en aras de la concordia y del provecho
común. Es menester imponer
la unidad moral de la
península, fundir las disonancias
y estridores espirituales en una
sinfonía grandiosa. Más para ello
hace falta el cirujano de hierro de que hablaba Costa”.
Mirando hacia el pasado entré
en el túnel del tiempo y me tropecé
con Don Santiago Ramón y
Cajal (1852-1934), capitán médico
del Ejército, catedrático de
Histología en las Facultades de
Medicina de Barcelona y Madrid,
premio Nobel de medicina en 1906, y nombrado doctor honoris causa por prestigiosas universidades,
el cual, en los ratos
que le dejaban libres sus estudios sobre el sistema nervioso, escribía
lo que le
En el año 1978 los responsables
de la política
española
iniciaron
un experimento ante la indiferencia
de
la gran
mayoría de los ciudadanos
(en Galicia sólo
votó el
19%
de
los
que tenían derecho al
voto;
11% a
favor y 8%
en
contra
de la autonomía. Más recientemente
sólo el 39%
de
los ciudadanos
acudieron a las
urnas
en
Cataluña para
dar su opinión con
respecto
al nuevo Estatuto). El
“Esta-
do de las Autonomías” fue
un experimento inédito a nivel
mundial. Don Santiago,
si
viviera, o
cualquier científico,
recomendaría contrastar
los
resultados
con las expectati-
vas.
¿Lo obtenido se
corresponde
con lo esperado?
¿Si el
ideal
de todo buen
político
que ejerza funciones
de gobier-
no es conseguir “el
mayor bien para
el mayor número” de
los
ciudadanos que
lo han
elegido, podemos decir
que este
ideal se ha
alcazado?
¿La Constitución
de 1978 se está res-
petando
en
todos sus términos en la totalidad
del territorio español? ¿Todos
los niños españoles tienen el mismo
concepto de
España y de su historia?
El número de preguntas que la
mayoría de los españoles nos hacemos
al respecto llenaría
varias páginas
de esta Revista.