El modelo de

Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Ejército del Aire
La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo,
es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial
psicología de los pueblos hispanos.
Preciso es recordar –así
lo proclama toda nuestra historia– que somos incoherentes,
indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos
e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa.

Hasta cuando puede inflarse un globo sin que estalle? Toda expansión tiene su límite, cuando el límite se rebasa el todo se convierte en pequeñas partes, casi siempre inservibles.

Los bien intencionados redactores de la Constitución de 1978, considerando a los españoles “justos y benéficos”, cómo si los años transcurridos desde 1812 no hubieran pasado, redactaron una Constitución en la que todos los españoles tuvieran acomodo, cualquiera que fuera su lugar de nacimiento, el partido político en el que militaran o el sindicato al que estuvieran afiliados, en la ingenua creencia de que dicha Constitución sería respetada. Creían de buena fe en “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, también creían que se podía reconocer “el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones” sin fijar unos límites al citado derecho y confiando en “la solidaridad entre todas ellas”. Y pensaban que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, y que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral”. Asimismo creían que “todos los españoles” tenían “el deber de conocer y el derecho a usar” el castellano que es “la lengua española oficial del Estado”. Y creían que “Los poderes públicos” deben garantizar “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Y que “los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España”. Como tantos padres, “los padres de la Constitución” eran unos padres ingenuos.

Tal vez pensaron que en España amanecía, pero en las naciones con tantos siglos de existencia nunca vuelve a amanecer. Ocurre, a veces, que llega el ocaso y desaparecen en una noche sin historia.

Me voy a permitir mirar hacia el pasado. “En mi calidad de anciano, que sobrevive, no puedo menos de cotejar los luminosos tiempos de mi juventud, ennoblecidos con la visión de una patria común henchida de esperanzas, con los sombríos tiempos actuales, preñados de rencores e inquietudes. Convengamos, desde luego –y eso nos lo echan en cara diariamente los extranjeros– en que moramos en una nación decaída, desfalleciente, agobiada de deudas, empequeñecida territorial y moralmente, en espera angustiosa de mutilaciones irreparables.

Yo bien se que catalanes y vascos consideran ilusorio tamaño peligro y hacen fervientes manifestaciones de su adhesión y amor a España. Y no se me oculta que lo mejor del pueblo vasco, catalán y de otras regiones comparten tan nobles sentimientos. ¿Pero los comparten las masas fanáticas de las mismas y los avispados caciques que las sugestionan? Yo desearía creer en dicho ingenuo optimismo, compartido por algunos catalanes prestigiosos, ...empero cada día aparecen síntomas menos tranquilizadores.

dictaba su noble corazón –henchido de amor a España– con respecto al porvenir de su amada Patria. Lo transcrito procede de su libro “El mundo visto a los ochenta años”, editado en Madrid en mayo de 1934, pocos meses antes de su muerte.

Don Santiago no era un experto en Historia, ni en Política, era, simplemente, un español noble, inteligente, tenaz y patriota, al que se había concedido un premio Nobel por sus descubrimientos, que continúan siendo indiscutibles, acerca de La textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, y que, dada su preclara trayectoria personal y su avanzada edad, se puede asegurar que ningún interés bastardo guiaba su pluma al expresar por escrito sus sentimientos. Es cierto que, cuando no hablaba de las neuronas, podía equivocarse, y que cualquier estudiante de primero de carrera lo podría tachar de visionario, catastrofista, o agorero. Esa no es la cuestión. Con la perspectiva que dan los años y los acontecimientos históricos tendríamos que preguntarnos ¿se equivocaba o no? ¿lo que escribía en 1934 ha perdido actualidad en el 2009?

Descuellan entre ellos la catalanización de la Universidad; los ultrajes reiterados a la sagrada bandera española; las manifestaciones francamente antifascistas, pero en realidad francamente separatistas con los consabidos mueras a España, por nadie reprimidos; el cántico retador, aún en manifestaciones ajenas a la política, de Els Segadors; el hecho incuestionable de que son o fueron separatistas los gobernantes de la Generalidad, y sobre todo la pérdida o progresiva tibieza de esa cordialidad de sentimientos fraternos, causa generadora de suspicacias y excesos pasionales con el menor pretexto.

No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por motivos  utilitarios.   Los  cacareados  fueros,

ESTADO

cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V, en pago a la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar ¡estrangulando las libertades castellanas! ...Y tampoco recuerdan estos flamantes nacionalistas que, conquistada Euzkadi por los franceses, en el Siglo XVIII, hubo que rescatarla cediendo al invasor, a guisa de honorarios, la isla de Santo Domingo.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen lo más mínimo el sagrado principio de la unidad nacional. Sean autónomas las regiones, más sin comprometer la hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía.

La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo, es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la patria grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o britanos, mis alarmas por el porvenir de España se disiparían; porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común. Es menester imponer la unidad moral de la península, fundir las disonancias y estridores espirituales en una sinfonía grandiosa. Más para ello hace falta el cirujano de hierro de que hablaba Costa”.

Mirando hacia el pasado entré en el túnel del tiempo y me tropecé con Don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), capitán médico del Ejército, catedrático de Histología en las Facultades de Medicina de Barcelona y Madrid, premio Nobel de medicina en 1906, y nombrado doctor honoris causa por prestigiosas universidades, el cual, en los ratos que le dejaban libres sus estudios sobre el sistema nervioso,  escribía  lo que le

¿No sería de prudentes rectificar antes
de llegar a lo que llaman los aviadores
embarcados “el punto de chapoteo”,

alcanzado el cual ya no se puede regresar
al portaviones y al imprudente piloto sólo le
queda rezar lo que sepa antes de ser tragado
por las olas?
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En el año 1978 los responsables de la política española
iniciaron un experimento ante la indiferencia de la gran
mayoría de los ciudadanos (en Galicia sólo votó el 19%
de los que tenían derecho al voto; 11% a favor y 8% en
contra de la autonomía. Más recientemente sólo el 39%
de los ciudadanos acudieron a las urnas en Cataluña para
dar su opinión con respecto al nuevo Estatuto). El “Esta-
do de las Autonomías” fue un experimento inédito a nivel
mundial. Don Santiago, si viviera, o cualquier científico,
recomendaría contrastar los resultados con las expectati-
vas. ¿Lo obtenido se corresponde con lo esperado? ¿Si el
ideal de todo buen político que ejerza funciones de gobier-
no es conseguir “el mayor bien para el mayor número” de
los ciudadanos que lo han elegido, podemos decir que este
ideal se ha alcazado? ¿La Constitución de 1978 se está res-
petando en todos sus términos en la totalidad del territorio español? ¿Todos los niños españoles tienen el mismo concepto de España y de su historia? El número de preguntas que la mayoría de los españoles nos hacemos al respecto llenaría varias páginas de esta Revista.

Decía Don Eugenio D´Ors que los experimentos hay que hacerlos con gaseosa. Este experimento se hizo, por desgracia, con un líquido más espeso y más caro. ¿No sería de prudentes rectificar antes de llegar a lo que llaman los aviadores embarcados “el punto de chapoteo”, alcanzado el cual ya no se puede regresar al portaviones y al imprudente piloto sólo le queda rezar lo que sepa antes de ser tragado por las olas? Sin pecar de pesimistas podríamos decir que “la nave del Estado” no navega hacia la prosperidad y la concordia, y, sin pecar de optimistas, pensar que aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo, para que ningún futuro premio Nobel español tenga que lamentarse por el porvenir de su Patria.

¿No habrá llegado el momento de desinflar el globo de las autonomías y recuperar competencias en Educación, Hacienda, Interior, Exteriores, Justicia y todas las materias que definen la soberanía de un Estado? Y el momento en el que todos los españoles reconozcan una misma bandera como la de su Patria: “formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas”.
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