Recuerdos
 del Capitán Lucas
 Recuerdos
 del Capitán Lucas
Manuel Serrano Herrero
Coronel Ingeniero Aeronáutico
 E
ra de noche. El Capitán Lucas era simplemente Lucas y tenía seis años. Su ciudad estaba sometida a un gran asedio. Los aviones enemigos atacaban sañudamente. De repente se despierta y oye tiros. Una bala entra en su casa. Se pone a llorar del terror que invade su pequeño corazón. No se atreve a llamar por miedo a que la persona que acuda sufra algún percance. Se pasa en vela el resto de la noche sobresaltado con los ruidos de la ciudad que le sorprenden.
Al anochecer, y desde la terraza, contempló fuegos en su ciudad. Eran templos que ardían porque ciertas personas lo hacían para protestar de la religión que imperaba en la ciudad. Lucas no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

Un día se entera de que a su padre lo perseguían. Era miembro de las Fuerzas Armadas que años anteriores habían combatido brillantemente con- quistando territorios para su país. Lo detuvieron en plena calle y le pidieron enseñara sus manos. Eran callosas y duras. Aquello lo salvó.

Eres de los nuestros, le dijeron. Y no le hicieron nada. En otro momento lo detienen y le dicen: “Mi capitán, ¿qué hace Vd. en la calle? Lo buscan, así es que refúgiese Vd. en una embajada”.

Así es que el padre del Capitán Lucas pidió asilo político en la Embajada del país que más posibilidades tenía de guardar su vida. Sin embargo un día se corrió el rumor de que iban a asaltar las Embajadas por lo que pidieron a la madre del Capitán Lucas que recogiera las pistolas que cada uno de los refugiados tenía en su casa. La buena señora así lo hizo, y llegó andando a la Embajada y allí la recibió el Canciller que le indicó con toda dulzura un cartel que rezaba: “PROHIBIDAS LAS VISITAS”. Efectivamente sé que no puedo visitar a mi marido – dijo – pero es que les traigo las pistolas que me han solicitado.
Por la mañana descubre que en la terraza de su casa (vivía en el piso de sus abuelos paternos que era un bello ático de la ciudad) hay un agujero en el suelo, lo que le permite jugar a las canicas, juego que estaba de moda en aquél entonces, sin necesidad de bajar a la calle, que era peligroso en esos momentos y a sus padres no les hacía ni pizca de gracia, y que el perchero de la casa, sito en el hall de entrada, ostentaba una señal de bala que terminó su trayectoria en la puerta de entrada del piso.
Al descender del tren Lucas fue atendido por la Cruz Roja donde le dieron un jersey calentito que le hizo una ilusión enorme. Ya no pasaría el espantoso frío que había tenido que soportar.

Dentro de lo que cabe tuvieron suerte pues el día era muy bueno. La bandera perseguida de donde venían, ondeaba con sus bellos colores al viento agradable que soplaba levemente. El abuelo de Lucas fue acogido con todos los honores de su empleo y el policía uniformado cuadrándose ante él le dijo: “A la orden de Vuecencia, mi general, le estábamos esperando” Lucas nunca vio llorar a su abuelo como aquel día.

Terminaron aquél horrible y al mismo tiempo feliz viaje en la ciudad donde residía el Mando. Tenían que presentarse todos los militares que conseguían pasar del otro bando a éste.

Un día Lucas y toda su familia que había podido salir del otro bando y llegar a éste se reunió en un restaurante a comer. Se sentaron alrededor de una mesa grande, y la camarera al pasar puso una bandeja de pan blanco en medio de la misma. Todos se miraron y en un santiamén desapareció todo aquel apetitoso pan. Al volver la camarera se asombró y preguntó “No he dejado antes una bandeja de pan? “Sí, le contestaron, pero es que venimos del otro lado y…” La camarera no quiso saber más, llenó la mesa de pan y de otras viandas a cuál más apetitosa de forma que el pobre Lucas se empachó de forma tal que se le declaró una acetona terrible. Su sorpresa fue enorme al oír al médico recetarle… pasteles, tantos y de la clase que prefiriera. Desde entonces se hizo golosillo.

Lucas pensaba mucho, era hijo único y tenía que entretenerse él solo, y se hacía muchas preguntas. Su familia era católica. Su país era oficialmente católico. No había relaciones con otras religiones. Entonces si la señal de ser discípulos de Cristo era amarse los unos a los otros, ¿cómo era posible que se mataran entre sí tan sañudamente?
Por fin llegaron a otro puerto. Desembarcaron y fueron llevados como ganado a la estación del tren donde fueron embarcados en vagones para ganado. Una vez todos a bordo precintaron los vagones. ¡Qué sensación de impotencia! Pero tras muchas, muchísimas horas en aquel infecto ferrocarril, llegamos a la frontera del país donde íbamos, que no era otro que aquel del que salimos, pero en el otro bando.
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Si los mayores no podían mentir, así se lo habían enseñado sus padres, ¿cómo era que lo hacían? ¿Era posible decir una cosa y hacer otra? Y pensando y pensando llegó a la conclusión que aquel catolicismo no era bueno. Tendría que existir uno que realmente cumpliera lo que el Evangelio nos dice. “Amaras a tu prójimo como a ti mismo” Siendo nuestro prójimo toda la humanidad.

Amigo lector, ¿amamos realmente a nuestros enemigos? O simplemente los ignoramos. Lucas, hasta que se hizo mayor, no comprendió la dualidad que nos llena. ¿Es tan difícil ser cristiano?
¿No será en esta preciosa cajita de bombones que Vd. trae? Dijo el Canciller tomándolas de sus manos. Al peso descomunal de la mentada “cajita” cayósele de las manos y mirándola embobado la dijo Señora Vd. no puede salir ya de aquí.

Pero la respuesta fue tajante: Sin mi hijo no me encierro aquí. Por lo que el Canciller le puso un coche oficial a su disposición, que sirvió para recoger las pequeñas cosas particulares y a su hijo, esto es al futuro Capitán Lucas.

Durante la estancia del Capitán Lucas, entonces Lucas a secas, en la Embajada hubo de todo. Dos episodios se pueden señalar. El primero fue cuando mataron a la vaca que les daba la leche diaria. Cuando Lucas se lo comentó a sus padres les aseguró que había visto el “departamento” de la leche y después se quedó pensando y afirmó: Pero no he visto el del café.

El segundo ocurrió en el gran hall de entrada de la Embajada, donde estaban unos colchones para poder dormir todo el personal que se había refugiado allí. Jugando en uno de ellos resbaló y salió proyectado contra la barandilla de la escalera que era enorme y de mármol. La nariz de Lucas fue lo primero que chocó contra la barandilla produciendo verdaderos surtidores de sangre lo que dio lugar a que a su madre la dijeran “Ve a la enfermería porque creo que tu hijo se ha matado”. Dulce amiga aquella.

Pero llegó un día que les comunicaron que los iban a trasladar a otro país, sacándoles de la capital donde tanto sufrimiento habían pasado. Entre noticias positivas y negativas, por fin una madrugada los metieron en autobuses desvencijados y separando hombres de mujeres emprendieron ruta al puerto de mar más cercano. De la familia directa de Lucas iban en aquel viaje, su abuelo paterno, su padre y su madre.

Llegaron allí por la tarde después de sufrir dos ataques aéreos que afortunadamente no hirieron a nadie. Pero el susto si que lo dieron. Lucas se acordaba de ver a sus padres tirados en tierra, después lo vio en películas y oía el comentario de la gente “Qué exagerados. Eso no es real.”

En aquella ciudad marítima los llevaron al puerto y los embarcaron en un buque extranjero. Lucas se acordaba horrorizado de los tratos vejatorios que recibían a manos de aquella extraña tripulación que les hablaba en algo que él desconocía.