LOS LÍMITES
Soy, Señor, vuestro vasallo, vos sois mi rey en la
tierra; a vos ordenar os cumple de mi vida y de mi
hacienda. Vuestro soy, vuestra es mi casa; de mi
disponed y de ella; pero no toquéis mi honra y
respetad mi conciencia”. Así hablaba el Conde de
Benavente a su emperador Carlos I de España,
según nos cuenta el Duque de Rivas en su romance
“Un castellano leal”.
El Conde de Benavente recordaba a su emperador
que en las fronteras de la conciencia debe
detenerse todo poder.
Y nos preguntamos ¿qué es la conciencia?
Según el Diccionario: “Conocimiento interior del
bien que debemos hacer y del mal que debemos
evitar”. Esta definición implica conocimiento e inclinación
hacia el bien, y conocimiento y rechazo
del mal. “Conocimiento interior”, algo que va más
allá del intelecto, que es más profundo, que penetra
en el espíritu del hombre por la vía de la inteligencia
pero invade la totalidad del ser y condiciona
su manera de proceder. Saber, no basta. Un chimpancé
bien adiestrado puede distinguir un cono de
un cilindro pero no puede distinguir el bien del mal.
Y un ser humano puede distinguir el bien del mal,
pero si no se siente más atraído por el uno que por
el otro su humanidad es sólo aparente.
El hombre ha sido creado para el bien y la conciencia
debe ser el faro que ilumine su camino, y
la ciudadela inexpugnable donde resida su libertad,
y ante cuyos muros todo poder debe detenerse.
Los enemigos de la conciencia son los
enemigos de la libertad del hombre. Son los principales,
la debilidad propia, y el poder cuando no
está limitado por la Ley. (“El amor a la libertad es
amor al prójimo, el amor al poder es amor a sí
mismo”. William Hazlitt).
La debilidad propia puede superarse. Como se
templa el acero se puede templar el carácter. Es
cierto que nacemos con un mapa genético único
e irrepetible, indeleble en cuanto atañe a los caracteres
físicos –el que nace con los ojos azules,
muere con los ojos azules– pero que no lo es
tanto en lo que se refiere a los rasgos morales. El
carácter se modela y el modelado empieza el primer
día que vemos la luz. De los principios morales
que se inculquen en la mente de los niños
depende el futuro de los pueblos.
Cuando el Poder no conoce límites es el mayor
enemigo de las conciencias, que es tanto como
decir de la libertad y dignidad humanas. Se cumple
entonces la conocida sentencia de Lord
Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto
corrompe absolutamente”. Pues todo poder absoluto
tiende al totalitarismo, de ahí la necesidad
de tres poderes independientes para que se equilibren
mutuamente, y de que Montesquieu sobreviva
al paso del tiempo pese a los que quieren
sepultarlo.
Es bien conocido el pasaje del Evangelio de
San Mateo (22, 17-21): “¿Es o no es lícito pagar
tributo al César? –Ensañadme la moneda con que
se paga el tributo– Y ellos le mostraron un denario-
Y Jesús les dijo ¿de quien es esta imagen?
–Le responden: de César– Pues dad a César lo
que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.
Lo ideal sería que en todas las escuelas del
Mundo, como complemento de la educación familiar,
se procurase inculcar a los niños los principios
morales que los convirtiesen en seres
humanos dignos de tal nombre, en personas “justas
y benéficas”, como proclamaba la Constitución
de 1812 refiriéndose a los españoles.
En la sociedad en que vivimos sería deseable que
tanto la “declaración” de Moisés –que es más
completa– como la de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, se impartieran en las escuelas, sin recortes ni añadidos –que cuando no son superfluos
son sectarios–, pues no debemos olvidar
que ambas actúan en el ámbito de las creencias,
no en el de los conocimientos, y no son, por tanto,
competencia del Estado.
La “Declaración Universal de los Derechos Humanos”
tiene, como es sabido, treinta artículos.
Me voy a permitir copiar los más relacionados
con lo escrito:
Artículo 1º. Todos los seres humanos nacen libres
e iguales en dignidad y derechos y, dotados
como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros.
Artículo 3º. Todo individuo tiene derecho a la
vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
Artículo 18º. Toda persona tiene derecho a la
libertad de pensamiento, de conciencia y de religión;
este derecho incluye la libertad de cambiar
de religión o de creencia, así como la libertad de
manifestar su religión o su
creencia, individual y
colectivamente, tanto en público como en privado,
por la enseñanza, la práctica, el
culto y las observancia.
Artículo 25º, 2. La maternidad y la infancia tienen
derecho a cuidados y asistencia especiales.
Todos
los niños nacidos de matrimonio o fuera
de matrimonio tienen derecho a igual protección
social.
Artículo 26º, 3. Los padres tendrán derecho
preferente a escoger el tipo de educación que
habrá de darse a sus hijos.
Artículo 30º. Nada en esta Declaración podrá
interpretarse en el sentido de que confiere
derecho
alguno al Estado, a un grupo o a una persona,
para emprender y desarrollar
actividades o realizar
actos que
tiendan a la supresión de cualquiera
de los derechos
y libertades proclamados en esta
Declaración.
Ahora bien, igual que el Estado debe reconocer
los límites de su
poder, el individuo debe reconocer
los de su libertad. El
equilibrio entre deberes
y derechos es el signo de
identidad de una sociedad justa.
El Conde de Benavente
acató la orden de su Emperador
–“vuestro soy, vuestra es mi casa”–, sin traicionar
su conciencia,
“a la lealtad castellana
levantando
un
monumento”.