as células vivas se multiplican y mueren de manera constante obedeciendo una ley de la naturaleza, respetando una norma, y así mantienen la armonía de las formas de los seres vivos. Cuando las células crecen desordenadamente –sin orden, sin norma– la armonía se rompe y aparece una terrible enfermedad: el cáncer.

DIAGNÓSTICO:

Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Ejército del Aire
De tantas encrucijadas decisivas
en las que España tuvo que elegir
un camino ¿en cuál nos equivocamos?
¿nos equivocamos los españoles
de a pie o nos empujaron
por el camino del infortunio los
que debían conducirnos por el
camino de la paz?

Debemos el principio de armonía a los filósofos griegos de la escuela de Mileto, concretamente a Anaximandro, siglo VI a. C., que lo definió como la relación de las partes entre sí y entre las partes y el todo. Este principio impregnó toda la antigua cultura griega, desde el Partenón a la Odisea, y también su moral y sus leyes. La armonía, la proporción, el equilibrio deben presidir toda obra o acción humana que aspire a la perfección nos dijeron los filósofos griegos. Cuando el principio de armonía se vulnera “se pierden las formas”, y con ellas la belleza, la elegancia, la bondad, el deseo de perfección; las obras se deforman y los actos se deshumanizan. El que dijo “no hay ética sin estética” estaba en lo cierto.

Tal vez sea difícil definir el concepto de nación, pero no hay duda de que es una obra humana y como tal debe ajustarse al principio de la armonía. Proporcionalidad de las partes entre sí y de las partes con el todo.

Si nos fijamos en la génesis de las naciones modernas observamos que casi todas ellas nacieron en virtud de un proceso integrador, por unión de entidades menores (ciudades-estado, condados, ducados, reinos, o pequeños estados), un proceso centrípeto originado por enlaces dinásticos o por la voluntad expresa de los habitantes de regiones pequeñas que aceptaban un destino común con el fin de garantizarse más poder y con él, mayor seguridad y bienestar. Continuaban el proceso que iniciaron los hombres de todas las Atapuercas que conocemos y los de las que aún no conocemos. El viejo adagio de la unión hace la fuerza ha sido el impulso que dio cohesión a los hombres desde el principio de los tiempos. El peligro compartido crea lazos tan fuertes como el amor.

Por ignorancia o por malicia se confunde, a veces, el concepto de nación con el de estado. La nación es una realidad histórica. El estado es un artificio creado por la nación y debe estar a su servicio. La nación es permanente, el estado, transitorio.

Si imaginamos a la nación como un gran navío que navega en el mar de la historia, el estado es el artificio que lo impulsa y lo dirige. El mismo barco puede navegar a remo, a vela, o a motor, y seguir cualquiera de los rumbos de la rosa. O ir al garete, al impulso del viento y la marea. Dice el DRAE que el estado es el conjunto de los órganos de gobierno de una nación. Órganos de gobierno que manejan los hombres, perecederos y falibles, que merecen gratitud cuando dedican su vida al servicio de la nación con acierto y desprecio cuando utilizan los medios del Estado para servirse a sí mismos, pues no todo el que sirve al Estado sirve a la Nación, en ocasiones la traiciona. Por desgracia la torpeza, la malicia, la ambición de unos pocos, incluso de uno solo, puede, en ocasiones, destruir una gran nación –hay muchos casos en la Historia– Y los hombres pasan, pero el daño permanece.

Las mismas naciones, con los mismos hombres, han tenido, a lo largo del tiempo, distintas formas de estado. Con los mismos mimbres se hacen cestos distintos según la mano del tejedor. Un caso paradigmático es el de Alemania, partida en dos por el capricho de los vencedores de la II Guerra Mundial. Una sola nación y dos estados distintos. Alemania Occidental se convirtió en una nación libre y próspera. Alemania Oriental en un pueblo oprimido y pobre.
A los largo del Siglo XIX los
españoles, militares y civiles,
combatieron durante ¡setenta
años! Sólo en el año 1896 se
libraron doscientos once
combates.

De las definiciones de nación que figuran en distintos diccionarios me quedo con esta: ”Conjunto de personas que generalmente hablan un mismo idioma, y tienen un mismo origen étnico, una tradición común, un mismo territorio y la conciencia de un destino común”. El final fue el principio: “la conciencia de un destino común”; “la unidad de destino”; “el proyecto sugestivo de vida en común”; todo lo demás vino después.

La primera vez que tras las toscas frentes de un puñado de hombres del Cuaternario alumbró la idea de que necesitaban unirse para ser fuertes se sembró la semilla de la nación. Lo demás vino después. Crearon una lengua común para poder actuar coordinadamente.

Al vivir juntos mezclaron sus sangres y crearon una raza; inventaron la jerarquía y la disciplina para aumentar su eficacia; distribuyeron las tareas según las capacidades de cada uno para mejorar el rendimiento; compartieron los éxitos y los fracasos, los triunfos y las derrotas, y surgió el espíritu de grupo; al recordar lo que habían hecho unidos, nació la tradición, la memoria colectiva. Tardaron milenios pero vieron, al fin, coronados sus esfuerzos: habían construido una nación.

CÁNCER
CÁNCER

En la trayectoria histórica de las naciones aparecen, a veces, puntos de inflexión que suponen un radical cambio de rumbo que las llevará a un destino venturoso o desdichado difícil de prever. Esos puntos de inflexión siempre están marcados por seres humanos. En ocasiones son enemigos declarados de la nación de que se trate que actúan por la fuerza. En otras, por medio de acciones insidiosas cuyos inductores permanecen en el anónimo. Y en algunas por ciudadanos de la propia nación que anteponen sus ambiciones personales al interés general.

“¿Cuándo se jodió el Perú?” –se pregunta Zavalita, el protagonista de la novela de Mario Vargas Llosa “Conversación en la Catedral”, mientras echa a andar, cabizbajo, hacia la Plaza San Martín.

DIAGNÓSTICO:
Con la perspectiva suficiente es fácil, a veces, contestar. Si la pregunta fuera ¿cuándo se jodió el Califato de Córdoba? Esta seria la respuesta: el día 11 de Agosto del año 1002 cuando Abú Ámir Muhammad, llamado Almanzor –El Victorioso– entregó su alma a Alá en el castillo de Medinaceli.
En el año 1978, se redactó, y aprobó por la gran mayoría de los españoles,
una Constitución y una serie de Leyes presididas por el espíritu de
concordia y el deseo de armonía –proporción entre las partes y el todo–,
y se creó un Estado de las Autonomías, sin parangón en ninguna nación
occidental, confiando en la buena voluntad y el recto hacer de los políticos
que iban a regir el destino de la España del Siglo XXI. Deseábamos
cambiar el trágico rumbo que siguió nuestra Patria en los dos siglos
anteriores. Dejar a nuestros nietos una herencia mejor que la que
recibimos. ¿Seremos capaces?
L
¿Podemos seguir siendo optimistas?
El paisaje también hace historia y nación
De otras grandes entidades históricas también conocemos la fecha de su ocaso. Sabemos cuándo y por qué se inició la decadencia del Imperio Romano. Y la del Imperio Otomano y la del Austro-húngaro. Y también sabemos –ya que fuimos protagonistas principales– cuándo, cómo y por qué desaparecieron, envueltos en el polvo de la historia, el gran imperio azteca y el gran imperio inca.

¿Pero qué contestaríamos si nos hiciéramos esta pregunta con respecto a nuestra Patria, España?

De tantas encrucijadas decisivas en las que España tuvo que elegir un camino ¿en cuál nos equivocamos? ¿nos equivocamos los españoles de a pie o nos empujaron por el camino del infortunio los que debían conducirnos por el camino de la paz?

¿Cuándo cesó el creador impulso centrípeto que aglutinó a los hombres de las distintas comarcas españolas para fundar una nación –la primera de Europa– y a descubrir y civilizar un continente? ¿Cuándo, quien y por qué deshermanó y convirtió en enemigos irreconciliables a hombres que habían mamado la misma leche?

Los Siglos XIX y XX han estado sembrados de cadáveres de españoles muertos a manos de otros españoles. Y muchos de los muertos habían servido fielmente a nuestra Patria, y si su vida no les hubiera sido cruelmente arrebatada habrían seguido sirviéndola.
A lo largo del Siglo XIX los españoles, militares y civiles, combatieron durante ¡setenta años! Sólo en el año 1896 se libraron doscientos once combates.

El Siglo XX no fue menos dramático. Se peleó menos tiempo pero con igual saña. Ningún rey de Europa sufrió tantos atentados como Don Alfonso XIII.

¿Qué inteligencia perversa movía los hilos de los títeres que lanzaban las bombas o disparaban las pistolas? Se conocen, con más o menos precisión, los nombres de los asesinos de los cinco Presidentes del Gobierno de España que murieron por serlo: Prim, 1870 – Cánovas, 1893 – Canalejas, 1912 – Dato, 1921 – Carrero Blanco, 1973. Pero ¿a quién estorbaban? ¿quién se benefició con su muerte? ¿y quién se beneficia con el asesinato de tantos seres humanos que siguen regando con su sangre el suelo de España? Tanta sangre derramada ¿para qué? Si el prestigio de las naciones se amasara con sangre seriamos la primera nación del mundo y, sin embargo, ¿dónde estamos?
En el año 1978, se redactó, y aprobó por la gran mayoría de los españoles, una Constitución y una serie de Leyes presididas por el espíritu de concordia y el deseo de armonía –proporción entre las partes y el todo–, y se creó un Estado de las Autonomías, sin parangón en ninguna nación occidental, confiando en la buena voluntad y el recto hacer de los políticos que iban a regir el destino de la España del Siglo XXI. Deseábamos cambiar el trágico rumbo que siguió nuestra Patria en los dos siglos anteriores. Dejar a nuestros nietos una herencia mejor que la que recibimos. ¿Seremos capaces?

A fecha de hoy –el día que nuestra Constitución cumple treinta años– la armonía se ha roto. No existe proporción entre las partes, ni entre ellas y el todo. Estamos inmersos en un proceso centrífugo inverso al de la construcción de la nación. Un proceso canceroso que, si no se frena aunando voluntades, amenaza convertir a España en un montón de ruinas amasadas con sangre.

No voy a entrar en detalles. La situación es de todos conocida, y lamentada por la mayoría de los españoles.
Sólo citaré dos casos: en un pueblo de España un hombre cae acribillado a balazos; mientras su sangre empapa la tierra que lo vio nacer, la partida continúa.

En otro pueblo un niño de cinco años está en el recreo. Tiene sed y pide agua en su idioma materno, que según el artículo 3 de la Constitución es el oficial del Estado. Sigue sediento hasta que al final de la mañana su mamá lo recoge.

En algunos pueblos de España ser español es, hoy, una profesión de alto riesgo hasta para los niños. Y cuando no se ataja, el mal se extiende.