La ley es ley para todos, tu testigo es el mejor…”
decía a Inés de Vargas el “justiciero y valiente don
Pedro Ruiz de Alarcón”, gobernador de Toledo
cuando en Flandes aún no se había puesto el Sol y
los soldados españoles volvían de capitanes, según
nos cuenta Zorrilla en su poema “A buen juez,
mejor testigo”. Ines de Vargas
Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
En el mismo país y en el breve
espacio de tiempo en que se
suceden dos gobiernos se
modifican leyes que afectan
gravemente a los ciudadanos y
a la identidad nacional. A la escasa
distancia de una hora de
vuelo el mismo hecho es castigado
con pena de muerte o
considerado irrelevante.


tenía un buen testigo…
y mejor juez. “La ley es ley para todos, tu
testigo es el mejor, más para tales testigos no hay
más tribunal que Dios”. Inés de Vargas pidió justicia
y la obtuvo, pues apeló a un juez infalible.
El mismo juez infalible nos juzgará a todos el día
señalado, ni antes ni después. Hasta que ese día y
esa hora lleguen, no podemos esperar Justicia, que
es uno de los atributos de Dios, tenemos que conformarnos
con la Ley, que la escriben los hombres
y la aplican los jueces, hombres también. Así como
la Ley de Dios es permanente y universal la de los
hombres es transitoria y particular; cambia con los
tiempos y con los lugares. En el mismo país y en el
breve espacio de tiempo en que se suceden dos gobiernos
se modifican leyes que afectan gravemente
a los ciudadanos y a la identidad nacional. A la escasa
distancia de una hora de vuelo el mismo hecho
es castigado con pena de muerte o considerado irrelevante.
Y en los EEUU basta cruzar la frontera de
un Estado para huir del corredor de la muerte.
Aunque los instintos del hombre están embotados
y la frontera entre el bien y el mal es, a veces, imprecisa,
hay actos que la conciencia rechaza por intrínsecamente
malos. La percepción de que existen
determinados derechos que amparan a todos los
seres humanos, e incluso a los animales, –tales
como el derecho a la vida–, es anterior a todas las
creencias y a todas las formas de gobierno que las
sociedades humanas han ideado con el fin de hacer
posible la convivencia. Las distintas religiones incorporaron
a su credo –en mayor o menor grado–
dichos preceptos de derecho natural o derechos humanos. Fue el Cristianismo el que universalizó el
concepto de derechos humanos (“Id, pues, e instruid
a todas las
potencian
las minorías, la diferencia es grande e influye
en la legislación. También es apreciable la
diferencia entre el sistema inglés en el que los electores votan a las personas y el sistema español en
el que los electores votamos a los partidos. En España
se aplica la Ley D´Hont que sólo se aplicó
una vez en Bélgica, patria de su inventor.
El sistema es distinto en cada país democrático y
uno será el mejor, pues si para alcanzar la misma
meta hay varios caminos uno de ellos es, necesariamente,
el más corto y seguro. Si la finalidad de
la democracia es el buen gobierno de los pueblos, y los pueblos democráticos emplean distintos sistemas
para conseguir el mismo fin, uno de esos sistemas,
o la combinación de varios, es el mejor: ¡Encontrémoslo!
Si la Unión Europea, llegase a cristalizar algún
día en una realidad política, podría cumplirse el
sueño de que todas las democracias europeas se rigiesen
por las mismas leyes fundamentales. Seamos
optimistas, algunos sueños del hombre se han
cumplido.
Mientras llega ese día, que aún puede tardar, y
puesto que es evidente que no hay sistema perfecto,
ni legislador infalible, ni electores expertos
en todas las ciencias que afectan al gobierno de
los pueblos, y que a pesar de nuestras limitaciones
nos vemos obligados a elegir, cada cierto tiempo,
a los que van a marcar el futuro de nuestra nación,
que es nuestro futuro y, a veces, el de varias de las
generaciones que nos sucederán, debería intentarse
hacer a escala nacional lo que aún no es factible
para todo un continente: asegurar los
cimientos de la Nación, acordar unos principios
fundamentales y declararlos permanentes, poniéndolos
a salvo de los vaivenes políticos. Cada
nuevo Gobierno podría cambiar los muebles y el
color de la pintura, pero no derribar las vigas
maestras. Este sistema protegería a la Nación de
los delirios de sus gobernantes y a los ciudadanos
de sus propios errores, pues como dijo un conocido
político español, con ocasión de unas elecciones, “el pueblo, a veces, se equivoca”. Aserto
indiscutible. Los ciudadanos que en 1814 arrastraron
la carroza de Fernando VII, llamado El Deseado,
gritando “¡Vivan las cadenas!”, se
equivocaron. Y la Historia nos ofrece bastantes
ejemplos –algunos actuales– de grandes naciones
desbaratadas por la ineptitud de unos gobernantes
democráticamente elegidos.
Probablemente sería factible, en España, que, al
menos un 90% de los ciudadanos, nos pusiéramos
de acuerdo para respetar los principios permanentes
y esenciales que definen a la nación y que hacen
la convivencia posible e, incluso, placentera.
La primera de las áreas en que el gran acuerdo
nacional sería indispensable es la educación; la formación
científica y moral –educar no es sólo impartir
conocimientos– de los ciudadanos. Los
informes con respecto al nivel educativo de los estudiantes
españoles son demoledores, y los estudiantes
de hoy serán los responsables de guiar a
España a través del siglo XXI.

Fue Aristóteles el que definió
treinta y dos sistemas de
gobierno distintos. La historia
demuestra que cualquiera de
ellos puede ejercerse para el
bien de los ciudadanos o para
su mal.
naciones, bautizándolas, en el nombre
del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” Mateo, 28-
19) y que los incorporó a su doctrina pues es irrefutable
que los Diez Mandamientos son una norma de
convivencia perfecta aún para aquellos que niegan
la existencia de Dios. Y también lo son para el gobierno
de los pueblos, actividad que, como Calderón esperaba de la milicia, debería ser “una religión de
hombres honrados”.
Creo que fue Aristóteles el que definió treinta y
dos sistemas de gobierno distintos. La historia demuestra
que cualquiera de ellos puede ejercerse
para el bien de los ciudadanos o para su mal.
A la luz de la historia cabría pensar que la mejor
forma de gobierno es el imperio pues al de Octavio Augusto
debemos la denominación de “paz octaviana”
que define el Diccionario como “Quietud
y sosiego generales como se gozaban en el imperio
romano en la época de Octavio Augusto”. También
debemos a su imperio el primer padrón que
se confeccionó en el mundo, inicio de una nueva
Era, pues en el se inscribió Jesús de Nazaret.
EN LAS OLAS
Antes de Octavio Augusto, Pericles, el ateniense
(siglo II a.C), había puesto ya la piedra angular de
un nuevo sistema de gobierno, –la democracia–,
al afirmar que “nadie está por encima de la Ley”.
Del mayor o menor rigor en el cumplimiento de
este precepto depende la salud de la democracia
que, como creación humana que es, nunca puede
alcanzar la perfección. En las naciones con representación
en la ONU las democracias están en minoría
pero son los países en los que el respeto por
los derechos humanos alcanza mayor nivel, aunque
con apreciables diferencias entre ellos.
Fue Churchill el que dijo que la democracia es
el menos malo de los sistemas de gobierno. Pero
vemos que no todas las democracias son iguales, y
siguiendo la idea de Churchill podemos decir que
hay unas menos malas que otras. Entre el sistema
francés, centralista y a dos vueltas, con lo cual se
favorecen los partidos mayoritarios, y el español,
descentralizado y a una vuelta, con lo cual se
،
Legislar sin educar es escribir
en las olas. Nunca se
ha legislado tanto acerca de
la violencia doméstica, y, sin
embargo, el número de mujeres
asesinadas por sus parejas
aumenta cada año (en
el año 2007 murieron asesinadas
72 mujeres). Y es una
realidad lamentable que la
bien intencionada Ley del
Menor ha multiplicado el
número de menores delincuentes.
Si nuestros sabios no quisieran
estrujarse el cerebro
tal vez bastaría con aplicar
en España los programas
educativos de la nación mejor
calificada en el informe
PISA.
La solución no parece difícil:
imitemos a Finlandia.
Sería factible, en España, que,
al menos un 90% de los
ciudadanos, nos pusiéramos
de acuerdo para respetar los
principios permanentes y
esenciales que definen a
la nación y que hacen la
convivencia posible e, incluso,
placentera.
،
Camino a otros mundos.
Parlamento igual a leyes.