reo que fue el gran torero
Belmonte el que
dijo que ser valiente “es
tener miedo y no correr”.
Dice el Diccionario de la
Real Academia Española que valor
es “la cualidad del ánimo, que
mueve a acometer resueltamente
grandes empresas y a arrostrar peligros”.
Pidiendo perdón a los doctos
académicos me atrevería
Ignacio Martínez Eiroa
Teniente General del Aire
Puesto que poner en riesgo la vida sólo se justifica
en beneficio de un bien superior o que, al menos,
valga tanto como ella, debemos tener claro cuáles
son estos bienes.
a añadir “con espíritu de servicio”. Pues ¿qué mérito tiene hacer “una hombrada”
por simple vanidad? Con
ciertas reservas me quedo con la
definición de Juan Belmonte pues él se refería al hecho concreto de
cumplir un compromiso con aquellos
que habían pagado para ver
cómo se jugaba la vida.
De la definición del Diccionario
me atrevo a decir, con todo respeto,
que lo único que me parece preciso
es que “el valor es una cualidad del ánimo”. Pues ¿quién puede definir
lo que es “una gran empresa” y
hasta que punto es de valientes “arrostrar peligros”?
La decisión o el impulso de “arrostrar
peligros” puede tener múltiples moti-
frecuencia,
y vestimos miles de pieles diversas
a lo largo de nuestra vida. La que nunca volvemos a vestir, cuando la
perdemos, es la túnica maravillosa
que envuelve nuestra alma de niño
“madura de leyendas, con el gorro
de plumas y el sable de madera”
–decía el poeta–, con la inocencia,
el candor, la ternura, la espera ilusionada
de cada nueva hora, y la
fascinante capacidad de sorpresa
que es el atributo mágico de la
mente infantil. ¡Dichosas las almas
escogidas que nunca la pierden!
Si repasamos la historia con la
mente libre de prejuicios ¿cuántas
grandes empresas nos encontramos?
Ninguna acción que atente contra
los derechos fundamentales de la
persona humana puede ser considerada
una “gran empresa”. Entonces, ¿de las grandes batallas que, con indudable
heroísmo individual en muchos
casos, los hombres libraron
unos contra otros, cuantas podemos
considerar grandes empresas? Lo
son, indudablemente, las que se dieron
para garantizar la libertad, la
justicia, la seguridad y la dignidad
de los pueblos –los compo- nentes de
la paz– pero, objetivamente, éstas
son escasas.
Si clasificáramos las actividades
humanas en relación con el valor
personal podríamos llegar a la conclusión
gratuita de que el solar de
los valientes es la guerra, pues es
en el campo de batalla donde la
muerte se muestra más diligente.
Dicha conclusión sería acertada si
el mayor acto de valor fuera la entrega
pronta de la vida.
Pero no lo es. Es heroico dar la
vida por un ideal o por otra persona,
pero no es menos heroico
conservarla para ella o continuar
viviendo en pos del ideal. A veces
se precisa más valor para conservar
la vida que para perderla.
Si dichas actividades las clasificáramos
en relación con el progreso
de la Humanidad hacia un
futuro mejor, la conclusión sería,
necesariamente, distinta. Desde el
punto de vista del progreso humano
los conceptos “valor” y “servicio”
son inseparables. Vale él que sirve. El más valioso es el que
presta mejor servicio a los demás.
No el que tiene más hombres a su
servicio sino el que sirve a más
hombres. Se puede argüir que es
posible servir a nuestro prójimo sin “arrostrar peligros”. Es cierto que el
peligro de muerte fulminante es, casi
siempre, muy remoto, salvo en combate.
Pero, si morir por otros es dar
la vida por ellos ¿qué es más difícil,
entregarla en un instante o darla
gota a gota transfundiendo vida a
costa de perderla? Velar por la vida
es oficio de valientes;
por la ajena y por la
propia. Una entereza
heroica ante la desgracia
es un modelo de
valor que puede salvar
muchas vidas, pues los
humanos, en circunstancias
críticas, nos dejamos arrastrar
fácilmente por el ejemplo.

Mejorar las condiciones de vida de los hombres
y acercarlos a la verdad son, en consecuencia,
las mayores pruebas de heroísmo.
Los mayores tesoros del ser humano
son la vida y el conocimiento
(“Sólo el que sabe es libre, y más
libre el que más sabe”). Mejorar las
condiciones de vida de los hombres
y acercarlos a la verdad son, en consecuencia,
las mayores pruebas de
heroísmo. Un heroísmo sin espadas
desenvainadas ni caballos al galope;
un heroísmo que no tiene
sexo, raza, ni pasaporte. Un heroísmo
compuesto de amor, entrega,
esfuerzo y sacrificio. Si contemplamos
la historia de la humanidad con
una perspectiva amplia veremos
que los grandes artífices del progreso
humano tal vez no han tenido
un minuto de heroísmo pero han
sido valientes todo el tiempo. Dieron
su vida por un ideal.
Desgraciadamente la naturaleza
humana está hecha de cumbres y
simas; es capaz de alzarse hasta alcanzar
las mayores virtudes y de
hundirse en abismos de infamia y crueldad. Y por eso son necesarios,
también, los héroes que empuñan
armas y sufren heridas, mutilaciones
y muerte. Son necesarios los
héroes que visten uniforme de
campaña y, siempre a su pesar,
siembran el dolor y la desolación,
para que los que visten batas blancas,
americana y corbata, togas,
uniformes de trabajo y hábitos
puedan hacer su tarea en los laboratorios,
los hospitales, las fábricas, las escuelas, las salas de justicia y
los templos. Por desdicha y para
vergüenza nuestra, la Humanidad
aún no es capaz de avanzar sin la
protección de los guerreros.
Por eso quiero dejar a salvo a los
héroes, obligados a combatir en
todas las batallas libradas desde el
principio de la Historia, y que dan
lo mejor de si mismos por lo que
consideran una buena causa. El
hecho de que una guerra o cualquier
acción humana colectiva sea
injusta, arbitraria o infame, no resta
valor ni mérito a los que participan
en ella de buena fe, ignorantes del
fin último que pretenden conseguir los que provocaron el conflicto o no
supieron resolverlo por medios incruentos,
y que invocando siempre
la defensa de los grandes principios
sólo defienden, en ocasiones, sus
propios privilegios. Los muertos
siempre son héroes, y en toda contienda
humana hay héroes en
ambos bandos, aunque, en el mejor
de los casos, sólo en uno de ellos se
luche por una causa justa.
DEL VALOR
vaciones: inconsciencia, vanidad, ignorancia, imprudencia, insensatez,
ambición, odio, pasión, desesperación,
amor al riesgo, incluso
pánico insuperable, y también valor.
Pero el verdadero valiente tiene conciencia
del peligro, valora los riesgos,
ama a la vida –la propia y la ajena– y,
puesto que la vida es el mayor bien
que el hombre posee, sólo la pone
sobre el tapete cuando lo que está en
juego es un bien superior, y no hay
otro medio de conseguirlo. La ruleta
rusa no es un juego de valientes,
y alcanzar la cima del Everest
es una prueba admirable del
triunfo de la voluntad sobre la naturaleza
humana, un desafío a la
propia persona, pero no es una
prueba de valor si aceptamos que
la vida sólo debe arriesgarse por
algo que valga tanto o más que
ella. Algunas grandes proezas tienen
una gran dosis de vanidad, de
brindis al respetable en espera de
una ovación.
Puesto que poner en riesgo la
vida sólo se justifica en beneficio de
un bien superior o que, al menos,
valga tanto como ella, debemos
tener claro cuales son estos bienes.
Von Herder, un filósofo alemán
discípulo de Kant, dejó escrito: “es
un noble héroe el que lucha por la
patria; más noble quien lucha por
el bienestar de su país natal, pero
más noble el que lucha por la humanidad”.
El Diccionario nos habla de “gran empresa”. Pero este concep- to
cambia. Cambia con los hombres,
con las épocas de la his- toria, con
los distintos pueblos –lo que es una
gran empresa para un bosquimano
puede no serlo para un samurai, y
lo que era una gran empresa para
Lenin no lo fue para los campesinos
rusos– y cambia con las distintas
etapas de la vida de una
misma persona –el concepto de
gran empresa que tiene un an- ciano
no es el mismo que tenía cuando
era niño–. Las ser- pientes cambian de piel todos los años, nosotros, los
humanos, también. Y nuestras mudanzas
son más profundas, pues
las serpientes cambian la piel de su
cuerpo, una vez al año, por otra
idéntica, y nosotros cambiamos la
piel del alma, con harta
C
Es cierto que en una guerra justa –no hay guerras santas, pero hay
motivos que justifican algunas
guerras– se lucha por defender unos principios en beneficio de
todo un pueblo. Los que combaten
o, simplemente, disuaden al agresor
con su presencia, están sirviendo.
La colectividad en la que se pronuncia
o escribe más veces la palabra “servicio” es en los ejércitos. En
nuestras Reales Ordenanzas figura
en dieciséis artículos. Empieza en
el artículo veintisiete: “Tendrá presente
que el valor, prontitud en la
obediencia y grande exactitud en
el servicio son objetos a los que
nunca ha de faltar, aunque exijan
sacrificios y aún la misma vida en
defensa de la Patria”. Y termina en
el doscientos veintiuno: “El militar
de carrera en situación de actividad
estará en disponibilidad
permanente para el servicio”.
Otras actividades humanas carecen
de una norma moral escrita, tal
como las Reales Ordenanzas –cuyo
antecedente más antiguo se remonta
a los reyes godos–, a pesar de lo
cual el espíritu de servicio tiene que
regir toda actividad humana que
tienda al bien del hombre.
En las Hojas de Servicio de los
militares existen, como todos sabemos,
tres apartados: “Valor, se le
supone”, “Valor, acreditado” y
“Valor, heroico”. En las “Hojas de
Servicio” de los civiles, que cada
uno lleva archivada en su conciencia,
también existen esos apartados,
y nunca están en blanco. A
veces, lo escrito permanece oculto,
otras es bien visible.
Los que hemos vivido lo suficiente
hemos tenido más de una
ocasión de comprobarlo. Yo he tenido
varias. Las recuerdo todas.
Una me afectó especialmente por
su protagonista. Era “mi pequeño
pasajero”. Una vez conté su historia;
volveré a contarla. Mi pequeño
pasajero tenía entonces once años.
Se lanzó al mar en una playa del
Cantábrico cuando se retiraba la ola,
se estrelló contra el fondo y quedó parapléjico. Lo trasladamos
en helicóptero
al hospital de Parapléjicos
de Toledo –un centro modelo–,
pues era una de las
misiones que mi Escuadrón
tenía asignadas.
Pasados unos meses volé otra
vez al Hospital. El primero que acudió a saludarnos, cuando tomamos
tierra, fue mi pequeño pasajero conduciendo
una sillita con motor. Hablé con él. Había madurado prematuramente.
Ya no era un niño. Era mucho
lo que había perdido, y él, lo sabía,
pero conservaba la ilusión, la esencia
de la vida. Cuando miró mis
ojos empañados por la pena que no
pude disimular me confortó con
una sonrisa abierta y una mirada
luminosa y alegre que me dieron la
verdadera medida del valor.
Los muertos siempre son héroes, y en toda
contienda humana hay héroes en ambos
bandos, aunque en el mejor de los casos, sólo
en uno de ellos se luche por una causa justa.