Por eso, humildemente, no pretendemos en estas páginas
descubrir nada nuevo, ni sentar cátedra alrededor
de unos acontecimientos que sucedieron hace más de
mil años y que supusieron el comienzo de una lucha
larga y costosa, que culminaría con la constitución de
un reino: España.
Sin duda, la batalla de Covadonga y la figura de Don
Pelayo son conocidas de los lectores de “Tierra, Mar y
Aire”, pero traerlas hoy al recuerdo servirá para desempolvar
un poco esa memoria y, a la vez, rendir un
homenaje a aquel puñado de hombres que, como recogen
las más antiguas crónicas, llegaron a la victoria con
su arrojo y con la ayuda de la “Santina”, Nuestra Señora
de Covadonga.
Precisamente este año 2008 fue declarado por la Iglesia
Año Santo Jubilar de Covadonga, y por estar aún
cercana la fecha de la festividad de Santa María bajo
esa advocación (el 8 de septiembre), parece más oportuno
volver a rememorar los hechos que sucedieron
hacia el año 755 y que unieron para siempre los nombres
de Covadonga y D. Pelayo.
Las primeras noticias que recogen estos acontecimientos
fueron escritas por el Albedense y Sebastián de
Salamanca siglo y medio después de esa fecha, y más
tarde el historiador árabe Ibn-Jhaldún dará una versión
en la que cita a D. Pelayo describiéndole como uno más
de los godos que sobrevivieron a la batalla de Guadalete
y que se refugió en Toledo, desde donde procuró organizar
una resistencia en contra del árabe invasor. Al no
encontrar esa disposición en esta ciudad vuelve al
Norte, donde lo sitúa don Ildefonso Lorente en sus “Recuerdos
de Liébana”, demostrando que el primer héroe
conocido de la Reconquista nació en la montaña, probablemente
en el pueblo de Corgaya.
Sánchez Albornoz lo describe como un hombre de la
guardia real de D. Rodrigo, que seguramente vivió en la
comarca de Cangas, en las estribaciones occidentales
de los Picos de Europa. “La fortuna iba a hacer rápidamente
(escribe Sánchez Albornoz), del antiguo soldado
de Rodrigo, el caudillo de un pueblo, el fundador de
una monarquía, el restaurador de la cristiandad, el paladín
de la civilidad europea frente a la religión y la cultura
islamitas y africanas”.
Los invasores árabes respiraban desprecio en sus alusiones
hacia la gente cristiana refugiada en Asturias,
creyendo seguramente que en ese pequeño núcleo que
pudiera existir no había peligro ninguno para ellos. Con
esa confianza, siendo Emir Yusuf, el Gobernador de
Gijón, Munuza, envió a su lugarteniente Alkama a luchar
contra aquel pequeño grupo de resistencia formado
por Pelayo y sus huestes que se refugiaban en la
gruta de Covadonga.
La cueva, enclavada en un lugar de gran belleza, escarpado
y agreste, en las estribaciones del macizo occidental
de los Picos de Europa, la más ingente masa de la Cordillera
Cantábrica, ofrecía a los cristianos un lugar perfecto
para mantener su resistencia frente a los posibles ataques
del incansable pueblo invasor, que ya se encaminaba hacia
los Pirineos. En esta gruta y en otras excavadas por ellos
mismos entre los valles
estrechos y profundos,
donde según la tradición
se habían alimentado
sólo con miel, los cristianos
esperaban su oportunidad
mientras los árabes
conquistaban el país.
Don Pelayo y sus hombres
atrajeron a los enemigos
hasta el estrecho
valle y les atacaron por los
flancos arrojando grandes
piedras desde las alturas.
Los accidentes del terreno
favorecían a los cristianos
y desarmaban física y
moralmente a los árabes,
que veían cómo las armas que disparaban rebotaban en
los peñascos y se volvían contra ellos. En plena batalla
sobrevino una tormenta con enorme aguacero que hizo
desgajar los torrentes de la montaña, desordenando a la
fuerza enemiga e inclinando la desigual lucha hacia el
lado cristiano. Allí murió el jefe Alkama y la mayoría de
los hombres que le acompañaban, huyendo los pocos que
se salvaron desordenadamente hacia Gijón.
Esta fase final de la batalla tuvo lugar justamente
frente a la cueva de Covadonga, y la victoria fue atribuida
a un milagro de la misma Virgen que, según
cuentan, se les presentó a los cristianos en el mismo
punto en el que ahora está emplazado el Santuario. La
tradición recoge además, que antes de la invasión musulmana
se rendía culto a la Virgen en esta gruta, que se
abre en una elevada roca. De ahí que ya en la antigüedad
se la conociera como “Cova Sanctae Mariae”.
La boca de la cueva mide 40 pies, y el fondo 30; su
techo inclinado y desigual está formado por caprichosos
dibujos de estalactitas seculares, y en uno de sus
extremos se eleva la pequeña capilla consagrada a la
Virgen, erigida en el reinado de Alfonso I, al mismo
tiempo que el monasterio. Siglos después, en 1635, el
rey Felipe V mandó fundar un colegio de canónigos regulares
de San Agustín, que sustituyó a la Orden de San
Benito en el cuidado del Santuario. El templo de la
cueva fue pasto de las llamas en 1777 a consecuencia
de la caída de un rayo, aunque sería reedificado por iniciativa
de Gaspar Melchor de Jovellanos. Por debajo
de la capilla parece brotar un torrente de agua que sale
de la cueva precipitándose sobre el valle, y en lo más
alto, como si de una cúpula se tratara, se ve la cumbre
del monte Orandi completando el impresionante paisaje.
A su vista, el sentimiento religioso y el patrio se
unen de tal manera que, como recoge Pérez Nieva “cuando uno entra en la cueva parece se oye una voz
que te dice: si crees en la
Patria, arrodíllate”.
La conocida imagen de
la Santina es una talla del
siglo XVIII, de madera
policromada, que preside
la Santa Cueva. A ella se
puede acceder gracias a
unas escaleras que tienen
más de cien peldaños y que
Según la tradición, Pelayo fue elegido rey en el mismo
campo de batalla. Pero lo que le impulsó a emprender su
lucha, sería la aparición de la Virgen que, según cuentan,
se les presentó a los combatientes cristianos en el
mismo punto en el que ahora está emplazado el santuario.
Desde entonces, los cristianos, confiando plenamente
en sus capacidades y en esa ayuda especial,
decidieron comenzar aquella epopeya que duraría casi
ocho siglos y que culminaría con la toma de Granada en
1492.