Primera batalla decisiva en
la historia de la Reconquista:
Covadonga y Don Pelayo

e está viviendo en España una época en la que parece existir un interés por la Historia, pero de un modo muy peculiar. Se habla y se escribe en muchas ocasiones tratando los hechos como si se pudiera opinar sobre si sucedieron o no, o simplemente cambiando a nuestro gusto lo que está ya perfectamente recogido por insignes investigadores y estudiosos, en las mismas fuentes o en serias tradiciones.

Alicia María de los Reyes García
María Victoria Santos de Martín Pinillos
Para ti
Para ti
Por eso, humildemente, no pretendemos en estas páginas descubrir nada nuevo, ni sentar cátedra alrededor de unos acontecimientos que sucedieron hace más de mil años y que supusieron el comienzo de una lucha larga y costosa, que culminaría con la constitución de un reino: España.

Sin duda, la batalla de Covadonga y la figura de Don Pelayo son conocidas de los lectores de “Tierra, Mar y Aire”, pero traerlas hoy al recuerdo servirá para desempolvar un poco esa memoria y, a la vez, rendir un homenaje a aquel puñado de hombres que, como recogen las más antiguas crónicas, llegaron a la victoria con su arrojo y con la ayuda de la “Santina”, Nuestra Señora de Covadonga.

Precisamente este año 2008 fue declarado por la Iglesia Año Santo Jubilar de Covadonga, y por estar aún cercana la fecha de la festividad de Santa María bajo esa advocación (el 8 de septiembre), parece más oportuno volver a rememorar los hechos que sucedieron hacia el año 755 y que unieron para siempre los nombres de Covadonga y D. Pelayo.

Las primeras noticias que recogen estos acontecimientos fueron escritas por el Albedense y Sebastián de Salamanca siglo y medio después de esa fecha, y más tarde el historiador árabe Ibn-Jhaldún dará una versión en la que cita a D. Pelayo describiéndole como uno más de los godos que sobrevivieron a la batalla de Guadalete y que se refugió en Toledo, desde donde procuró organizar una resistencia en contra del árabe invasor. Al no encontrar esa disposición en esta ciudad vuelve al Norte, donde lo sitúa don Ildefonso Lorente en sus “Recuerdos de Liébana”, demostrando que el primer héroe conocido de la Reconquista nació en la montaña, probablemente en el pueblo de Corgaya.

Sánchez Albornoz lo describe como un hombre de la guardia real de D. Rodrigo, que seguramente vivió en la comarca de Cangas, en las estribaciones occidentales de los Picos de Europa. “La fortuna iba a hacer rápidamente (escribe Sánchez Albornoz), del antiguo soldado de Rodrigo, el caudillo de un pueblo, el fundador de una monarquía, el restaurador de la cristiandad, el paladín de la civilidad europea frente a la religión y la cultura islamitas y africanas”.

Los invasores árabes respiraban desprecio en sus alusiones hacia la gente cristiana refugiada en Asturias, creyendo seguramente que en ese pequeño núcleo que pudiera existir no había peligro ninguno para ellos. Con esa confianza, siendo Emir Yusuf, el Gobernador de Gijón, Munuza, envió a su lugarteniente Alkama a luchar contra aquel pequeño grupo de resistencia formado por Pelayo y sus huestes que se refugiaban en la gruta de Covadonga.

La cueva, enclavada en un lugar de gran belleza, escarpado y agreste, en las estribaciones del macizo occidental de los Picos de Europa, la más ingente masa de la Cordillera Cantábrica, ofrecía a los cristianos un lugar perfecto para mantener su resistencia frente a los posibles ataques del incansable pueblo invasor, que ya se encaminaba hacia los Pirineos. En esta gruta y en otras excavadas por ellos mismos entre los valles estrechos y profundos, donde según la tradición se habían alimentado sólo con miel, los cristianos esperaban su oportunidad mientras los árabes conquistaban el país.

Don Pelayo y sus hombres atrajeron a los enemigos hasta el estrecho valle y les atacaron por los flancos arrojando grandes piedras desde las alturas. Los accidentes del terreno favorecían a los cristianos y desarmaban física y moralmente a los árabes, que veían cómo las armas que disparaban rebotaban en los peñascos y se volvían contra ellos. En plena batalla sobrevino una tormenta con enorme aguacero que hizo desgajar los torrentes de la montaña, desordenando a la fuerza enemiga e inclinando la desigual lucha hacia el lado cristiano. Allí murió el jefe Alkama y la mayoría de los hombres que le acompañaban, huyendo los pocos que se salvaron desordenadamente hacia Gijón.

Esta fase final de la batalla tuvo lugar justamente frente a la cueva de Covadonga, y la victoria fue atribuida a un milagro de la misma Virgen que, según cuentan, se les presentó a los cristianos en el mismo punto en el que ahora está emplazado el Santuario. La tradición recoge además, que antes de la invasión musulmana se rendía culto a la Virgen en esta gruta, que se abre en una elevada roca. De ahí que ya en la antigüedad se la conociera como “Cova Sanctae Mariae”.

La boca de la cueva mide 40 pies, y el fondo 30; su techo inclinado y desigual está formado por caprichosos dibujos de estalactitas seculares, y en uno de sus extremos se eleva la pequeña capilla consagrada a la Virgen, erigida en el reinado de Alfonso I, al mismo tiempo que el monasterio. Siglos después, en 1635, el rey Felipe V mandó fundar un colegio de canónigos regulares de San Agustín, que sustituyó a la Orden de San Benito en el cuidado del Santuario. El templo de la cueva fue pasto de las llamas en 1777 a consecuencia de la caída de un rayo, aunque sería reedificado por iniciativa de Gaspar Melchor de Jovellanos. Por debajo de la capilla parece brotar un torrente de agua que sale de la cueva precipitándose sobre el valle, y en lo más alto, como si de una cúpula se tratara, se ve la cumbre del monte Orandi completando el impresionante paisaje. A su vista, el sentimiento religioso y el patrio se unen de tal manera que, como recoge Pérez Nieva “cuando uno entra en la cueva parece se oye una voz que te dice: si crees en la Patria, arrodíllate”.

La conocida imagen de la Santina es una talla del siglo XVIII, de madera policromada, que preside la Santa Cueva. A ella se puede acceder gracias a unas  escaleras que tienen más  de cien peldaños y que
S
“La Virgen de Covadonga es pequeñita y galana.

Ni que bajara del cielo el pintor que la pintara”
en muchas ocasiones los feligreses incluso suben de rodillas con fervorosa devoción, aunque también existe un túnel excavado en la roca, en cuyo extremo se encuentran las tumbas de D. Pelayo y de Alfonso I. En cuanto al apelativo cariñoso con el que los asturianos llaman a “su” Virgen, se debe a su tamaño, un poco más reducido que el habitual en este tipo de imágenes. Una copla popular hace hincapié en ello:
Según la tradición, Pelayo fue elegido rey en el mismo campo de batalla. Pero lo que le impulsó a emprender su lucha, sería la aparición de la Virgen que, según cuentan, se les presentó a los combatientes cristianos en el mismo punto en el que ahora está emplazado el santuario. Desde entonces, los cristianos, confiando plenamente en sus capacidades y en esa ayuda especial, decidieron comenzar aquella epopeya que duraría casi ocho siglos y que culminaría con la toma de Granada en 1492.