Retos del Ejército de Tierra en el futuro próximo

VI Jornadas de Cultura de defensa Nacional - Real Hermandad de Veteranos
CEU-Universidad Cardenal Herrera (Valencia)
21 de octubre de 2009



1. Clausewitz y el conflictivo asimétrico


Hace poco tiempo, estaba yo leyendo la revista “Ejército”, cuando tropecé con un artículo que me pareció sumamente interesante. Por lo visto, el ejército norteamericano se había dotado de un potente simulador de última generación cuyo nombre era “Millennium Challenge 2002” y había decidido someterlo a prueba con un ejercicio en el que también probaría la eficacia de los últimos conceptos doctrinales concebidos para afrontar el futuro.

El interés de la simulación era, evidentemente, extraordinario, así que, para dar la mayor credibilidad a los resultados que se obtuviesen, se decidió encomendar el mando del ejército enemigo a un jefe de reconocida tenacidad, el General de tres estrellas Paul Van Riper, del cuerpo de Marines. Se trataba de un hombre muy correoso y que, como había tenido la ocasión de demostrar repetidamente, nunca tiraría la toalla. Como botones de muestra diré que en Vietnam le habían volado el bazo y parte de los intestinos cuando asaltaba un nido de ametralladoras y que con un grupo de sólo nueve hombres había conseguido hacer frente a 121 norvietnamitas.

El ejercicio estaba planteado a partir de una situación acorde con el tipo de conflictos previsibles en el futuro; en este caso era una sublevación que tenía lugar en un país imaginario y que estaba apoyada por grupos terroristas que pretendían extenderse por toda la región. Como es de suponer, el bando propio estaba constituido por unas fuerzas organizadas y dotadas de grandes adelantos tecnológicos, mientras que el enemigo tenía que desenvolverse con medios relativamente primarios; entre ellos algunas avionetas y pequeñas embarcaciones.

El ejercicio comenzó, según lo esperado, con una ventaja arrolladora del bando propio. Sin embargo, cuando el adversario parecía empezar a dar ya las boqueadas, el General Van Riper, como resistente luchador que era, comenzó a hacer uso de ardides y añagazas con tal osadía, imaginación y destreza, que vino a poner en verdadero peligro la suerte de quien poco antes se estaba perfilando como innegable vencedor, y esto, como puede suponerse, no favorecía precisamente lo apetecido por el director del ejercicio. Así que éste, violando todo principio de ecuanimidad, empezó a introducir algunas “trampas” en el sistema de juego, resucitando muertos, reflotando embarcaciones y haciendo otras cosas por el estilo. La historia termina con un informe del General Van Riper en el que denuncia la manipulación.

Anécdotas aparte, lo interesante del hecho, y también el fruto final de la experiencia que acabo de relatar, es el debate que con tal motivo se generó sobre la naturaleza misma de la guerra. Ahí salieron a relucir, como autores de las teorías más paradigmáticas, nada menos que Jomini, que veía la guerra más como una ciencia que como un arte - puesto que para él el resultado dependía fundamentalmente de los datos del problema y de la forma como éstos se utilizaran - y el famoso Clausewitz, según el cual en el desarrollo de las guerras uno de los factores más influyentes son lo que él llamaba las “fricciones” del combate. Y aún podría recordarse la fundada opinión de aquellos tratadistas para los cuales la importancia decisiva corresponde al factor moral.

La conclusión de esta experiencia es que hemos de tomarnos en serio los nuevos riesgos y las nuevas amenazas, porque la aparente debilidad del futuro adversario, no es, en absoluto, una garantía de victoria para nosotros.


2. Conflictos pasados y conflictos futuros


Si echamos nuestra vista atrás sin ir más allá de la Guerra Fría, observaremos que ésta fue todavía una guerra convencional en el sentido de que en ella se contemplaba un enfrentamiento simétrico entre dos ejércitos regulares.

La posguerra, es decir, la situación de los años noventa, vino a alejar del panorama estratégico la perspectiva de una guerra mundial y con ello también de un conflicto nuclear. Entonces hasta llegó a hablarse del “Final de los tiempos” (Fukuyama). Se hablaba, sí, de paz - una paz protegida - pero sobre todo se hablaba de crisis y de cómo prevenirlas y controlarlas. La cuestión era evitar que en el arco de continuidad que forman paz-crisis-guerra las cosas pudieran llegar a enconarse hasta el punto de alcanzar este indeseable extremo.

Este periodo de gracia, o si quieren ustedes, esta especie de luna de miel, terminó el famoso Once de Septiembre de 2001, recién empezado el nuevo siglo y el nuevo milenio. Fue entonces cuando se reveló la gran amenaza del terrorismo en su nueva variante: el terrorismo suicida, que potencia radicalmente la capacidad perturbadora de este fenómeno que ha obligado a modificar las actitudes y los métodos que venían utilizándose para oponerse a él.


3. La sorpresa como característica de la nueva conflictividad

Una característica fundamental de los acontecimientos vividos ese día Once de Septiembre y todos los que vinieron después ha sido la sorpresa. Efectivamente, desde entonces nos estamos acostumbrando a desayunarnos con algún hecho sorprendente que nos sume en la perplejidad. Los últimos que yo recuerde son el ataque terrorista a Bombay y la caída de las grandes instituciones financieras, rematada poco más tarde por el increíble e inmenso fraude de Madoff.

¿En qué se traduce todo esto desde el punto de vista militar? Pues sencillamente en que debemos estar preparados para enfrentarnos a cualquier hipótesis por muy descabellada que pudiera parecernos. Habitualmente, los ejércitos se organizaban para estar en condiciones de enfrentarse con otros más o menos similares según el “estado del arte”. Ahora - no tanto por imperativo militar como por imperativo político, el espectro de las misiones posibles se ha ampliado y diversificado en tal medida que el soldado debe estar preparado para pasar de repartir leche en polvo a tomar las armas e incluso cabalgar sobre un carro de combate. Y cuando hablo de futuro hablo con la perspectiva de 2025 o 2030, es decir, cuando se supone que China alcanzará a los Estados Unidos.


4. Futuro papel de las Fuerzas Terrestres en el conflicto asimétrico

Llegados a este punto, y antes de seguir adelante, nos preguntaremos qué parte de la responsabilidad de la defensa recaerá sobre el Ejército de Tierra, puesto que en este ciclo otras conferencias otean el futuro de la Armada y del Ejército del Aire. Pues bien, si nos atenemos al tipo de actuaciones más frecuentes, parece claro que el Ejército de Tierra será el caballo de batalla en la mayoría de ellas, porque gran parte de las misiones actuales exigen el contacto con la población, y el contacto con la población requiere pisar el terreno, y porque el ámbito del Tercer Mundo, donde surgen la mayor parte de los riesgos y amenazas es, sobre todo, la tierra, puesto que el aire y la mar requieren medios bastante sofisticados para desplazarse, a menos que, como ocurrió en el ataque a las Torres Gemelas, se utilice la técnica del bricolaje.

Una cuestión básica que debe ser tenida en cuenta es que la mayor parte de los conflictos tendrá como característica común su carácter asimétrico. Esto quiere decir, no tanto que nos enfrentaremos a fuerzas teóricamente inferiores en medios, sino que los conflictos serán de naturaleza distinta.

En estas condiciones el enemigo intentará sacar partido de su propia debilidad - como en las artes marciales orientales - y también de las facilidades que le proporciona una sociedad abierta, avanzada y democrática. Buena parte de los conflictos a los que habremos de enfrentarnos estarán relacionados con la actuación de organizaciones terroristas o con la inestabilidad de los estados fallidos, y la mayoría de ellos tendrá el carácter de actuaciones humanitarias, de intermediación, de mantenimiento de la paz o de imposición de la paz. En algunas ocasiones habrá que poner en marcha operaciones de contrainsurgencia, como ha ocurrido en Irak y en Afganistán.

Pero cuando hablamos de futuro y observamos algunos rasgos del panorama estratégico - por ejemplo, el surgimiento de nuevas grandes potencias, la militarización de China, que ha inducido también la de Japón, o el enfrentamiento entre la India y Pakistán, ambas potencias nucleares, o el empeño de Irán por dotarse de estos medios nucleares y de poderosos vectores para amenazar a Israel y borrarlo del mapa, o la arrogancia de Corea del Norte, nos damos cuenta de que se mantiene la necesidad de estar también preparados para afrontar conflictos de carácter más “tradicional”, lo que no quiere decir que sólo en tal hipótesis nos podremos ver obligados a hacer uso de las armas y entrar en combate, puesto que el simple mantenimiento de la paz, y no digamos, la imposición de la paz, pueden ya exigirlo. Y tampoco debemos descartar que escenarios aparentemente “pacíficos” degeneren en otros más peligrosos y conflictivos.

La curiosa pretensión de suprimir las guerras o el enemigo borrando simplemente estas palabras de nuestros documentos militares responde a una actitud tiernamente infantil pero impropia de gente seria. A mí me recuerda lo que hizo el presidente de Gabón erradicando el sida por “real decreto”. En nuestro caso el tabú se ha extendido, con un desprecio total al sentido común, a todo lo que se refiera a “combatir” y al “combate”. Esto se refleja incluso en nuestras nuevas Reales Ordenanzas, y es grave, porque desarma al soldado al desfigurar su condición de combatiente, cuando la realidad nos dice que el ambiente general en el que habremos de desenvolvernos se caracterizará por la incertidumbre, las fricciones, y muchas veces, el caos, y consiguientemente habremos de estar preparados para todo evento.


5. Tendencias orgánicas transformadoras: la flexibilidad

Ante tanta variedad en la demanda, la organización del Ejército de Tierra tendrá que responder al principio de flexibilidad, que se materializará fundamentalmente en la modularización. Ésta nos permitirá, en combinación con otro concepto básico - el de organización por capacidades - componer unas fuerzas ad-hoc para cada situación en particular. La necesidad de flexibilidad implica también la capacidad de proyección de fuerza y el despliegue a grandes distancias y en escenarios muy diversos y la exigencia de mantener una fuerza in-situ durante mucho tiempo, para lo cual hay que contar con medios de transporte estratégico aéreos y navales suficientes y adecuados al tipo de recursos que hay que desplazar a los escenarios de conflicto.

6. El problema de la escasez de recursos humanos

La variedad y abundancia de misiones chocará con un hecho casi inevitable: la escasez de soldados, porque el mercado de trabajo tendrá que atender a muchos sectores distintos y la vida del soldado es sacrificada y no muy bien remunerada. Esta escasez obligará al soldado a adquirir un amplio conjunto de conocimientos y habilidades juntamente con una gran capacidad de adaptación a situaciones complejas y con la soltura necesaria para desenvolverse con acierto en el trato humano con culturas diferentes.

También será muy importante la preparación moral y psicológica para afrontar un peligro que amenaza desde cualquier lugar, y lo mismo podemos decir del conocimiento de idiomas, costumbres e incluso tabúes. Esto es lo que se conoce hoy como “conciencia cultural”. Por tanto, la formación de nuestros hombres y mujeres, como el adiestramiento de las unidades, serán muy exigentes; y, en el caso del soldado, mayor cuanto más bajo esté situado el listón para el ingreso. Por otra parte, la escasez de personal requerirá el empleo exhaustivo de simuladores y el reciclaje continuo, pues, aunque los políticos se resistan a reconocerlo, los soldados han de recuperar su condición de combatientes, sobre todo al regreso de las misiones de carácter puramente humanitario.

La escasez de recursos humanos ha de ser compensada con el desarrollo de soluciones de carácter tecnológico, ya de por sí deseables en el horizonte hacia el cual nos encaminamos. Por ejemplo, se extenderá la robotización en lo que concierne a las tareas logísticas y se evitará recargar al soldado mediante el al empleo de materiales ligeros, el uso de la miniaturización y la electrificación del campo de batalla. En el futuro, la necesidad de contar con suficiente energía para la comunicación, la vigilancia y el combate será tan grande, que obligará a utilizar vehículos híbridos y quizás a dotar a cada soldado de la capacidad de generar esa energía aprovechando, incluso, el propio movimiento de su cuerpo.

7. Tendencias transformadoras en la logística


En cuanto a los medios de vida, se buscarán soluciones de relativo confort para el descanso y la higiene, y dietas energéticas diseñadas y preparadas según el estado del arte. El aislamiento que experimentará a veces el soldado por razones de seguridad y por su alejamiento de España - y, por tanto, de su familia y su ambiente habitual - aconsejará acercar a él una gran variedad de servicios que estén a la altura de los tiempos, como el de correos, los enlaces telefónicos internacionales, Internet, etc., además de los habituales servicios religioso, sanitario y psicológico, éste último en alza.

Todo ello hará que la logística sea cada vez más compleja, y a la vez, más sencilla, porque la informática permitirá suprimir escalones intermedios y dispensar los medios de forma más directa. También la variedad de escenarios y de climas influirá en muchos aspectos, como el tipo de uniforme, la alimentación, el camuflaje o los medicamentos. La multiplicidad y complejidad de unos materiales sometidos a un uso continuo exigirá unos excelentes servicios móviles de mantenimiento, y se tenderá a que el soldado alcance una autonomía individual considerable.

8. Capacidades del soldado del futuro


La capacidad individual de vigilancia permitirá al soldado una buena visión nocturna y la identificación y localización precisa del enemigo. Lo mismo podrá decirse de la situación propia y de los compañeros, de tal forma que el soldado adquirirá una excelente visión general del escenario en que se mueve. En cuanto la capacidad de comunicación, ésta será rápida, segura y protegida, y permitirá la actuación en red con el intercambio de datos mediante mensajes en todos los niveles. Además, el soldado individual dispondrá de medios rápidos, potentes y precisos de combate.

9. El énfasis en la autoprotección

Mención aparte merece la seguridad general e individual, especialmente crítica en las operaciones “de paz”, porque el terrorismo obliga a contar con medios electrónicos muy sofisticados y medios de transporte dotados de fuertes blindajes para la autoprotección. La amenaza suicida complica considerablemente la situación y aconseja utilizar medios eficaces de inteligencia, y, entre ellos los de naturaleza humana. También obliga a utilizar una proporción de medios superior a la normal. Así, misiones de poca importancia aparente tendrán que ser montadas como verdaderas operaciones de combate.

Todo esto justifica que una buena parte de las novedades se halle en el campo de la autoprotección. Ésta recurre sobre todo a la alta tecnología, aplicando la robótica para dar seguridad al perímetro de las bases, para el reconocimiento e incluso para el asalto, y utilizando barricadas y búnkeres protectores prefabricados o introduciendo nuevos sistemas de armas que identifican al arma agresora y avisan oportunamente del ataque.


10. Tendencias transformadoras en cuanto al enfoque estratégico y operativo

En cuanto a la organización y funcionamiento del Ejército, serán aplicables algunos conceptos nuevos. Aunque los ejércitos son una de las instituciones más dinámicas (para confirmarlo bastaría enumerar la relación de programas de modernización desarrollados en España, o la reciente “Revolución en Asuntos Militares” norteamericana), conviene decir que nuestra capacidad de evolucionar ha aumentado enormemente desde que la Alianza Atlántica creó un potente “Mando de Transformación” que sustituyó al antiguo Mando del Atlántico, que antes tuvo la misión de alimentar la batalla en Europa.

Hoy el concepto estratégico clave es el llamado “enfoque integral” (“Comprehensive Approach”), que requiere tener en cuenta desde el principio del planeamiento, no sólo los factores militares, sino también todos los demás, y que es preciso establecer relación con otras organizaciones interesadas en la seguridad, como la Unión Europea o las Naciones Unidas. Se entiende que es absolutamente fundamental el incluir en el planeamiento la fase de posguerra, que se abrirá inmediatamente después de haberse alcanzado los objetivos puramente militares.

Este enfoque integral exige lógicamente la potenciación de las células de relación cívico-militar y la implicación de personal de la Policía y de la Guardia Civil. Esta última, es hoy muy valorada para las operaciones de reconstrucción y pacificación, como lo son también los Carabineros italianos y la Gendarmería francesa.

Naturalmente, la actuación del ejército español se enmarcará en un contexto de seguridad compartida y defensa colectiva que influirá tanto en los aspectos orgánicos (por ejemplo, con la multinacionalidad) como en los operativos y logísticos (como, por ejemplo, la interoperabilidad).

Por su importancia como concepto práctico de aplicación a la orgánica, también conviene señalar la aplicación universal del enfoque sistémico - el ejército como un sistema de sistemas -, que ayuda a mejorar considerablemente la funcionalidad y la operatividad. Relacionado con él está la manera de enfocar el planeamiento de las operaciones. Inicialmente se pensó en centrar este planeamiento en los efectos pretendidos, pero esto no parece adecuado para las Fuerzas Terrestres, que necesitan realismo y liderazgo y - es decir un enfoque bastante más clásico – y no un mecanicismo al estilo Jomini, aunque sí pueda ser útil, por ejemplo, para las Fuerzas Aéreas.

Naturalmente, la integración de esfuerzos y de recursos se hará en función de las capacidades necesarias. En resumen: hay que contar con las capacidades precisas, articular la Fuerza de forma modular, y combinar luego las capacidades entre sí y con recursos ajenos al ámbito militar y procedentes de otras organizaciones afines: un esquema que responde perfectamente a la flexibilidad que se necesita y al enfoque integrado del planeamiento.


11. Medios materiales y actitud política

¿Y qué podemos decir de los medios materiales? Pues que en ellos se reproduce el problema que señalé respecto al personal, y que no es otro que la habitual diferencia entre necesidades y posibilidades. Pero quizá lo más grave sea la baja prioridad que suele concederse a la defensa en los foros políticos. En ellos asistimos a un doble lenguaje: el que se utiliza en los foros internacionales, donde prepondera la preocupación por la eficacia, y el habitual en la discusión interna en el ámbito nacional, donde los asuntos sociales, que son los que dan o quitan los votos, suelen relegar a aquéllos a un segundo plano.

Sin embargo, si no queremos perder credibilidad internacional tendremos que respetar los compromisos adquiridos. España debe dejar su actitud recelosa respecto a los asuntos de la defensa, y no pensar en nuestros socios como en “ellos”: la seguridad es cosa de todos y España es una gran nación por mucho peso específico que haya perdido últimamente. Con vistas al futuro, la clave está en la Agencia Europea de Defensa, responsable de determinar y unificar las capacidades necesarias y de racionalizar los programas de fabricación y adquisición. En estos aspectos se nos abre una amplia perspectiva de perfeccionamiento, sobre todo si pretendemos acercarnos, aunque sólo sea un poco, al nivel de nuestros socios y amigos norteamericanos.


12. Los problemas de la retaguardia

La evolución tecnológica - fruto de la exigencia de eficacia en los Ejércitos y de la conveniencia de adquirir ventaja sobre el potencial adversario -, abrirá grandes expectativas en la sociedad. Pero no nos engañemos: la dureza inherente al conflicto , es decir las famosas fricciones de Clausewitz, siempre dejará campo al error, y la posibilidad de que éste se produzca ejercerá una gran presión para el ejercicio del mando que, potenciada por la opinión pública, puede poner en peligro el éxito de las operaciones militares. Pero aún no acaba ahí la cosa, porque la exigencia de “televisar” el combate hará que se produzcan bajas entre los periodistas “empotrado”, induciendo en los medios una fuerte reacción que se trasladará al seno de la población civil. Un simple 0,5 % de error en la precisión de un misil significa que cada doscientos misiles que se lancen, uno fallará el objetivo con el consiguiente riesgo de daños colaterales, y eso suponiendo que la localización haya sido exacta, porque los sistemas de detección y seguimiento tienen también, como es lógico, sus propios márgenes de error. Por otra parte, las situaciones de insurgencia y la acción terrorista difuminan la distinción física entre el enemigo y la población civil. Este es el caso, por ejemplo, de Afganistán, donde resulta sumamente difícil identificar al adversario. ¿Y quién distinguía en Gaza ente los combatientes de Hamás y los ciudadanos normales, o entre un objetivo militar y un objetivo civil?

13. La prioridad de la formación moral del soldado, como principio básico y permanente

Para el final dejo un tema de futuro que a mí me preocupa especialmente, y que es la formación moral de nuestros soldados. Porque la moral del soldado, que ha de ser firme en su condición de combatiente, debe inspirar también toda su actuación humanitaria y pacificadora.

El soldado ha de ser un hombre de espíritu, y esto está implícito en una vocación de servicio que se aplica a la defensa de un valor como la Patria, es decir, al patrimonio de todos. Esta vocación de generosidad y renuncia exige espíritu de servicio y espíritu de sacrificio.

Pero no son éstos los únicos valores que el soldado debe llevar en su mochila. Ahí están la abnegación, el valor, el compañerismo o la subordinación, que nos exige generosidad en un esfuerzo común organizado en aras de la eficacia.

Todo este conjunto de valores tiene algo en común: no está destinado a embellecer la profesión, sino que es condición necesaria para que el soldado pueda cumplir su cometido. Ahora, cuando las fronteras se diluyen y lo que el soldado defiende no es tanto el territorio como unos valores y unos principios compartidos por toda la Humanidad, una sólida formación moral es aún más necesaria.

Pero los valores no crecen en los árboles, sino que son fruto de la práctica diaria de la virtud. Tampoco podemos confiarlos a la impregnación del ambiente y al ejemplo de los mejores, por mucho que ambas cosas sean importantes y estén en la tradición militar. Por tanto deben adquirirse mediante la formación, cada vez más difícil porque la educación actual y el ambiente de nuestra sociedad la alejan cada vez más de estos objetivos. Con todo, estoy convencido de que esa sociedad se sentiría defraudada si no reconociese en la milicia un alto nivel de exigencia moral.

Aunque para algunos quizá no lo parezca, esto sí que es cosa de futuro, porque otros aspectos podrán evolucionar más o menos con el tiempo, pero siempre permanecerá la exigencia de esta base de firmeza moral. Por eso, si, imbuido del adanismo rampante que nos atenaza, algún ignorante quiere hacer experimentos en este terreno, le aconsejaré aquello de siempre: los experimentos…con gaseosa.


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