El amor no tiene medida, pero los bienes
económicos son siempre escasos, por definición, y el amor no
puede suplirlos. El amor da la vida, pero no puede impedir la muerte; si pudiera,
los niños de Mali no morirían de hambre en brazos de sus madres.
África tiene un hambre de siglos. También en los países
occidentales hubo hambrunas y pestes, migraciones masivas a causa de las malas
cosechas, de las invasiones, de las guerras, pueblos enteros fueron exterminados.
Y no hay que remontarse a la baja Edad Media, basta con asomarse al siglo
pasado. Todavía hay muchas cicatrices sangrantes. Y las catástrofes
naturales no conocen épocas ni fronteras. Y cuando estas llegan, la
muerte siempre llama primero a la puerta de los pobres, de los débiles,
de los desamparados.
¿Por qué es ahora cuando nos preocupa la suerte de los africanos,
de algunos africanos? Porque ahora vemos de cerca sus ojos implorantes, los
vientres turgentes de las mujeres embarazadas y la sonrisa inocente de los
niños ajenos a su destino incierto. Ahora sabemos que son una realidad
trágica. Sabemos que existen. Y ellos también saben que existimos
nosotros. Saben, por la radio, la televisión y los teléfonos
móviles, que hay seres humanos que comen tres veces al día y
que para combatir la obesidad hacen grandes sacrificios y gastan mucho dinero.
También saben que hay hospitales, casas limpias, agua potable, riqueza,
opulencia, todo lo que para ellos es garantía de felicidad. Ese paraíso
está próximo, es asequible, y el deseo de llegar a él
es tan ferviente que son capaces de arriesgar su vida por alcanzarlo, afán
que se convierte en una fuente de riqueza para los profesionales del crimen
organizado cuyo volumen de negocio se calcula, por lo que respecta a España,
en unos 7.000 millones de dólares al año, pues los que emprenden
la aventura no son los más pobres, poseen algunos bienes que malvenden
con la esperanza de convertir en realidad sus sueños, son jóvenes
y fuertes, y su marcha supone una pérdida irreparable para sus países
de origen que cada vez se empobrecen más en virtud de esa dinámica
perversa.
Cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad se conmueve con
las imágenes de los asaltos a las vallas, los naufragios de las pateras
sobrecargadas, o la llegada a la playa de seres humanos -hombres, mujeres
y niños- famélicos, tiritando de frío y mirando entre
agradecidos y temerosos a los que les prestan ayuda. Pero es evidente que
la inmigración incontrolada es un caldo de cultivo para la tragedia,
y que las soluciones demagógicas son inhumanas pues el "efecto
llamada", inmediato y de gran resonancia, es un semillero de ilusiones
que nunca se verán cumplidas, un toque de clarín que pronto
se convierte en doblar de campanas.
Puesto que la inmigración incontrolada es un peligro grave es lógico
que nos preguntemos todos si es posible resolver este problema y ¿cómo?.Me
atrevería a decir que no basta la generosidad individual y las buenas
intenciones. Con el 0,7% no basta. Con el esfuerzo perseverante de la Iglesia
Católica y de algunas otras organizaciones beneméritas -no todas
las que figuran cómo tales-, no basta. La aportación de España
-en su mayor parte a través de Cáritas- es cuantiosa, la segunda
del Mundo después de EEUU, y sin embargo, no es suficiente. La generosidad
individual es importantísima pues salva cientos de vidas humanas y,
si hablásemos en términos de mercado, podríamos decir
que a un precio realmente barato. Pero no puede salvar naciones enteras. Ninguna
nación salió de la pobreza a fuerza de donativos. Y, lo que
es más grave, determinados donativos en especie hunden la producción
local del pueblo que los recibe, y, en otros casos, la ayuda contra la pobreza
se convierte en el principal apoyo de los gobiernos corruptos que son su causa.
Es obvio que el origen de la inmigración está en el desigual
reparto de la riqueza, pues el 80% de los recursos del mundo está en
manos del 20% de la población. Esto ocurrió siempre, pero ahora
los pobres, lo saben, porque ahora el mundo es un sistema de vasos comunicantes
que, de acuerdo con las leyes físicas, tienden a nivelarse. Es cierto
que el mundo desarrollado no consiguió sus riquezas


en el fondo aunque sí en la forma. Lo que antes se llamaba colonialismo
ahora se llaman "acuerdos de cooperación militar y defensa"
que apoyan a gobiernos despóticos frente a las justas demandas de
sus ciudadanos, cuando así conviene a la nación "protectora".
Por otra parte las naciones desarrolladas persisten en el trágico
error de mantener este desigual reparto de la riqueza, e incluso aumentarlo,
protegiendo con exceso su producción agrícola, en detrimento
del posible crecimiento de la agricultura de los países emergentes.
Más efectivo que donar el 0,7 -y algo se mueve en ese sentido- sería
reducir los aranceles, rebajar las cuotas impuestas a los productos procedentes
de los países pobres y suprimir las subvenciones a la exportación
de los productos agrícolas de los países desarrollados, pero
ello exigiría un mayor sacrificio a los ciudadanos de los países
prósperos. A todos los ciudadanos pues sería indispensable
arbitrar fórmulas para evitar que el coste del nuevo modelo de comercio
lo pagaran exclusivamente los agricultores y ganaderos a los que la sociedad
debe un doble beneficio; el directo de producir alimentos para satisfacer
las necesidades de humanos y animales, y el indirecto, pero no menos importante,
de procurarnos el oxígeno que respiramos, algo que unos olvidan y
otros no saben. Son las plantas que poseen clorofila, las plantas verdes,
las encargadas de regenerar el oxígeno, y son más activas
las de crecimiento rápido, que se siembran y recogen anualmente.
Una hectárea de terreno dedicada al cultivo de la modesta remolacha
produce tres veces más oxigeno que una hectárea de bosque.
¡Y ojo al toro de lidia cuyo hábitat son 300.000 hectáreas
de campo y encinares! Es de importancia vital para los países industrializados
mantener la superficie dedicada a la agricultura y la ganadería,
e incluso aumentarla, so pena de condenar a sus habitantes a morir asfixiados.
La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y
la Alimentación) calcula que los seres humanos que no disponen de
la cantidad mínima para alimentarse, que padecen hambre crónica,
son unos ochocientos cincuenta millones. A la carencia de alimentos se añade
la inexistencia de una atención sanitaria básica, de tejido
social, de derechos elementales, de instrucción, de medios para luchar
contra las catástrofes naturales lo que les impide reducir al mínimo
sus efectos. Ochocientos cincuenta millones de personas sin futuro para
las cuales cualquier apuesta es mejor que esperar la muerte en la inhóspita
tierra en que nacieron. Grandes masas humanas que no tienen nada que perder
-pues la vida, para ellos, es un bien muy precario- golpeando cada vez con
más ímpetu las puertas que les impiden el acceso al mundo
occidental.
Es fácil recurrir a la parábola del bote salvavidas. Unos
pocos estamos a bordo del bote salvavidas y vemos cientos de náufragos
alrededor del bote pugnando por subir ¿qué hacer?. Si permitimos
subir al bote a todos los que lo intentan, el bote se hunde. Usar la violencia
para impedírselo es condenarlos a muerte. ¿Hay otra alternativa?
Tal vez.
Si contemplamos el mundo en su conjunto advertimos que si se sembraran todas
las tierras cultivables, que son más del doble de las cultivadas
actualmente, con los avances científicos aplicados a la agricultura,
la producción de alimentos sería suficiente para alimentar
a una población cinco veces mayor que la actual que se calcula en
unos 6.500 millones de personas. Disponemos de alimentos ¿qué
es lo que nos falta? Infraestructuras y medios de transporte, redes de distribución,
plantas de conservación de alimentos y, lo más importante,
voluntad política y principios morales.
Lo lamentable es saber que muchos de estos países en los que la vida
de un niño, de una mujer o de un ciudadano común vale menos
que un bote de coca-cola, son potencialmente ricos, algunos riquísimos.
Debemos distinguir entre países pobres y países empobrecidos.
Resulta paradójico comprobar que algunos de los pueblos más
pobres del mundo "disfrutan" de los mandatarios más opulentos,
que suelen ser los primeros interesados en que sus ciudadanos permanezcan
indefinidamente en la indigencia física y moral en que se encuentran,
la cual, en algunos casos, ellos mismos han provocado. Y alguno de estos
países no es, precisamente, africano. La realidad es que unos y otros
necesitan ayuda aunque la forma de prestársela no pueda ser la misma
en ambos casos.
Sería de ilusos pensar que los países económicamente
fuertes -que son fuertes en todo- están dispuestos a resolver el
gravísimo problema del desequilibrio en la distribución de
la riqueza por amor al prójimo, adoptando soluciones que disgusten
a sus ciudadanos y resten votos al gobierno que tome la decisión.
En la historia de la Humanidad creo que sólo hubo una ocasión
en que los principios cristianos inspiraron la acción de un mandatario
poderoso. Fue la fecha en que Isabel I de Castilla promulgó las Leyes
de Indias.
Pero tal vez no esté lejos el día en que los países
ricos adviertan que se acerca el momento en que las murallas que protegen
su riqueza no serán capaces de soportar la presión de tantos
seres humanos dispuestos a asaltarlas y que nuestro confortable mundo corre
el riesgo de saltar hecho pedazos. El empleo de la fuerza retrasaría
la fecha pero no resolvería el problema definitivamente. Tal vez,
entonces, será el instinto de supervivencia de las naciones de Europa
-las realmente amenazadas- el que las obligue a hacer de la necesidad virtud,
adoptando una solución que exigirá grandes sacrificios pero
que, según apuntaron ya voces autorizadas parece la única
posible: transformar los inhóspitos países emisores de emigrantes
en patrias acogedoras, en las que valga la pena vivir. Tarea difícil,
ya que no se trata solamente de proporcionarles alimentos, lo que tal vez
sería posible, pero no sería suficiente, pues no basta con
saciar el hambre. Bastaría si los humanos fueran cerdos, pero no
lo son. Comer todos los días es una de sus apetencias pero no la
única. Anhelan dignidad, justicia, instrucción, una razonable
expectativa de vida, estabilidad económica y principios morales.
Alguno de cuyos bienes también escasean en Europa. ¿Podremos
proporcionar lo que no tenemos? Si las Naciones Unidas llegasen a ser algo
más que un buen deseo se podría crear una autoridad supranacional
honrada, justa y eficaz que fuese capaz de imponer su autoridad sobre aquellos
gobiernos locales que vulnerasen las normas establecidas, que crease estados
de derecho donde ahora existen tiranías, y un tejido social cimentado
en unos principios morales sólidos. Además de proporcionar
alimentos sería necesario crear instituciones. Tal vez esto sea lo
que soñó Tomás Moro en 1516 cuando publicó UTOPIA
-el lugar inalcanzable-, convencido de que "todo desorden y mal moral
es siempre fruto de una mala organización y gestión de lo
público".
La injusta situación que provoca el desigual reparto de la riqueza
es uno de los retos que los países de occidente tienen que afrontar
en el nuevo milenio, pero no es el único. Otro es la creciente hostilidad
del terrorismo islamista que ha declarado la guerra a los que no nos sometemos
a su credo. Y el tercero, y más importante para Europa, es recuperar
su identidad amenazada desde dentro. Si no gana esta batalla, lo pierde
todo. La filosofía griega, el derecho romano y los principios del
Cristianismo son los cimientos de la civilización occidental y presentan
ya profundas grietas, si se desmoronan, el edificio de la civilización
occidental se desploma y cualquiera podrá edificar en este solar
vacío.
Ignacio Martínez Eiroa